Seis de cada diez argentinos tienen tatuajes, pero tres de cada cuatro perciben prejuicios laborales

Un estudio de la UADE revela que la práctica dejó de ser “contracultural” para volverse masiva. Las mujeres se tatúan más que los hombres y el arrepentimiento es casi nulo.

Tatuajes en Argentina

Tatuajes en Argentina.

Lo que hace dos décadas era considerado un gesto «subterráneo» o de rebeldía, hoy se consolidó como una marca identitaria masiva en la sociedad argentina. Un nuevo informe privado revela que 6 de cada 10 argentinos tienen al menos un tatuaje, aunque la aceptación social todavía encuentra un límite duro: el ámbito laboral.

El estudio «Radiografía del Tatuaje en Argentina», elaborado por el Centro de Investigaciones Sociales (CIS) de la UADE, confirma que el fenómeno dejó de ser una moda pasajera para convertirse en una parte integral de la vida cotidiana, especialmente entre los jóvenes y las mujeres.

Ellas se tatúan más

El relevamiento, realizado sobre más de 2.000 casos, expone una brecha de género curiosa: las mujeres tienen, en promedio, un 50% más de tatuajes que los varones (3 diseños contra 2). Además, quienes deciden entintarse la piel rara vez se detienen en el primer diseño: entre los tatuados, el 32% posee más de seis tatuajes, convirtiendo al cuerpo en un «archivo» de experiencias.

El informe derriba el mito del arrepentimiento: menos de 1 de cada 10 personas (apenas el 15%) lamenta haberse tatuado. La razón principal para hacerlo ya no es la estética (7%), sino una búsqueda simbólica o personal (41%), desplazando al diseño por el significado.

La barrera laboral y las profesiones «ink-friendly»

A pesar de la masividad, los prejuicios persisten. El 75% de los encuestados señala al ámbito laboral como el espacio donde la sociedad mantiene las miradas más críticas hacia los tatuajes.

El estudio traza una línea divisoria clara según la ocupación:

De cara al futuro, el optimismo gana la pulseada: el 49% de los encuestados imagina que sentirá «orgullo» por sus tatuajes dentro de 30 años, consolidando la idea de que la tinta es una narrativa biográfica permanente y no un error de juventud.

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