No es fácil ni lindo hablar de la muerte, y menos del suicidio, que es la muerte provocada intencionalmente por una depresión, situación desesperante u otras circunstancias apremiantes. Por eso es entendible el “reflejo” de negar y ocultar lo que nos angustia. Sin embargo… ¿Cómo podemos resolver cualquier problema si no nos hacemos cargo y lo enfrentamos? Por supuesto que a la hora de buscar causas nos encontramos con la predisposición genética, enfermedades orgánicas, aprendizajes y modelos familiares, padecimientos emocionales, hechos conmocionantes, difíciles de aceptar y muchas otras. Es más, quienes investigan sobre el suicidio habitualmente se refieren a su origen multicausal.
La ex vicedecana de la Facultad de Psicología de la U.N.C, la licenciada Alejandra Rossi, tiene una vastísima trayectoria en el trabajo, la investigación y la docencia sobre el suicidio. Vale entonces mucho la pena, consultarla sobre esta conducta repleta de mitos, desconocimiento y negación.
¿Qué es lo primero que nos puede y quiere decir sobre el suicidio?
Lo primero es perder el miedo a hablar sobre el suicidio. Durante muchos años predominó la idea de que nombrarlo podía inducir a una persona a quitarse la vida. Hoy la evidencia científica demuestra exactamente lo contrario: hablar del suicidio de manera responsable, respetuosa y profesional abre una oportunidad para detectar el sufrimiento, acompañar y ofrecer ayuda. La otra cuestión fundamental es que detrás de la mayoría de las conductas suicidas no existe un verdadero deseo de morir, sino un profundo deseo de dejar de sufrir. La persona no encuentra otra salida posible al dolor que está atravesando. Cuando ese sufrimiento se vuelve insoportable y la esperanza desaparece, el suicidio puede aparecer como una alternativa, aunque en realidad no sea una elección libre sino la consecuencia de una percepción extremadamente limitada por el sufrimiento. Por eso insisto en que la conducta suicida debe entenderse como un problema complejo, multicausal y profundamente humano. Hay factores biológicos, psicológicos, familiares, sociales, culturales y también circunstancias vitales y circunstanciales, como una crisis, que, en un momento determinado, pueden superar los recursos de afrontamiento de una persona. Hablar del suicidio implica, ante todo, hablar del sufrimiento humano. Y cuando hablamos del sufrimiento con respeto y sin prejuicios, siempre estamos más cerca de la prevención.
¿Cuáles son los principales mitos y versiones confusas y erradas sobre esta conducta?
Existen muchos mitos que dificultan la prevención. Uno de los más frecuentes es creer que quien habla de suicidio o hace un intento, «solo quiere llamar la atención». En realidad, cuando una persona expresa deseos de morir, de desaparecer o de no seguir viviendo, está comunicando un enorme nivel de sufrimiento y esa manifestación debe ser tomada siempre con seriedad. Otro mito muy extendido sostiene que preguntar directamente si alguien está pensando en suicidarse puede inducirlo a hacerlo. Esto no es cierto. Formular la pregunta con sensibilidad, sin juzgar y con una verdadera disposición para escuchar no aumenta el riesgo; por el contrario, muchas veces representa un enorme alivio para quien llevaba ese sufrimiento en silencio y tal vez la única posibilidad de poder expresarlo y recibir ayuda. También es falso pensar que quien realmente quiere suicidarse no da señales. La mayoría de las personas manifiestan cambios en su conducta, en su estado de ánimo o verbalizan de diferentes maneras su desesperanza. El problema es que muchas veces quienes las rodean no saben reconocer esas señales o las minimizan. Otro error consiste en creer que el suicidio ocurre de manera completamente impulsiva e impredecible. Si bien existen situaciones donde se podría presumir impulsividad, en muchos casos hay un proceso previo (como un trastorno en la impulsividad o la existencia de consumo de sustancias), durante el cual es posible intervenir. Finalmente, me parece importante desterrar una idea muy dañina: creer que las personas con conducta suicida son egoístas, cobardes o débiles. Esa mirada solo aumenta el estigma. Estamos hablando de personas que atraviesan un sufrimiento intenso y que necesitan comprensión, escucha y atención profesional, no juicios.
¿Es verdad que es posible prevenir suicidios?
No sólo es posible, sino que constituye una responsabilidad colectiva. Hoy contamos con abundante evidencia científica que demuestra que muchas muertes por suicidio pueden evitarse mediante estrategias coordinadas de salud pública. La prevención comienza mucho antes de una crisis con la promoción de la salud mental, fortaleciendo los vínculos familiares y comunitarios, enseñando habilidades para afrontar las dificultades, reduciendo el estigma y facilitando el acceso oportuno a la atención especializada.
También me parece importante hacer una distinción entre los términos previsible y prevenible, porque representan conceptos diferentes. La previsibilidad responde a la pregunta: ¿podíamos anticipar que existía un riesgo?, y la prevenibilidad responde a otra pregunta: ¿era posible modificar el curso de los acontecimientos mediante una intervención adecuada? El suicidio es prevenible pero no previsible. Por eso saber escuchar sin juzgar, tomar en serio el sufrimiento del otro, permanecer cerca y ayudar a que esa persona llegue a un profesional pueden convertirse en acciones que salven una vida. Me gusta decir que la prevención del suicidio empieza cuando alguien siente que no está solo. A veces una conversación, una escucha genuina o una presencia sostenida son el primer paso para recuperar la esperanza. Hay momentos en los que una persona no puede creer que su vida vuelva a tener sentido. Y justo en esa situación, nuestra tarea no es convencerla, sino cuidar esa esperanza hasta que pueda volver a hacerla propia. Por eso el mensaje más importante que quisiera transmitir es este: el suicidio puede prevenirse, y cada uno de nosotros puede formar parte de esa prevención. Como sociedad necesitamos hablar más, escuchar mejor y construir comunidades capaces de sostener a quienes atraviesan el dolor antes de que sea demasiado tarde.
¿Le sorprende el aumento de suicidios en Argentina registrado durante el año pasado?
Siempre debemos tomar los datos con mucha seriedad. Venimos de varios años atravesados por la pandemia, el deterioro económico, el aumento de la incertidumbre, la fragmentación de los vínculos sociales y un incremento de los problemas de salud mental, especialmente entre adolescentes y adultos jóvenes. Todo ello configura un escenario de mayor vulnerabilidad para muchas personas. También creo que podemos revertir esta tendencia si logramos desarrollar políticas públicas sostenidas, fortalecer la prevención en escuelas, universidades, lugares de trabajo y comunidades, capacitar a los equipos de salud, mejorar el acceso oportuno a la atención y reducir el estigma, será posible mejorar. La prevención requiere planificación, continuidad y una fuerte articulación entre salud, educación, desarrollo social, medios de comunicación y la comunidad. Por lo tanto, el desafío no es únicamente mejorar la respuesta cuando aparece una crisis, sino construir comunidades capaces de reconocer el dolor mucho antes.
¿Cómo podemos hablar sobre el suicidio con nuestros hijos y seres queridos sin asustarnos y de manera madura?
Aceptando que hablar del suicidio no provoca conductas suicidas ni “instala” la idea en la mente de una persona. Por el contrario, cuando la conversación se desarrolla con sensibilidad, serenidad y responsabilidad, puede disminuir el aislamiento y abrir una puerta para pedir ayuda. El problema no es hablar: el problema es el silencio, el juicio o la manera inadecuada de hacerlo.
Con nuestros hijos debemos usar palabras claras, sencillas y adecuadas para su edad. No es necesario brindar detalles sobre métodos ni exponerlos a información que no pueden procesar, pero tampoco conviene recurrir a explicaciones falsas o evasivas. Además la conversación no debe convertirse en un interrogatorio ni en una conferencia de los adultos. Antes que explicar demasiado, debemos aprender a escuchar. Podemos preguntarles qué saben, qué han visto en las redes, qué piensan, qué sienten o si alguna vez ellos o algún amigo se han sentido profundamente desesperanzados. Y cuando existe una preocupación concreta, es necesario preguntar directamente y con serenidad:
“¿Alguna vez has pensado que no vale la pena seguir viviendo?”
“¿Has pensado en hacerte daño?”
“¿Estás pensando en suicidarte?”
Preguntar con claridad no aumenta el riesgo. Puede producir alivio, porque la persona advierte que alguien está dispuesto a escuchar aquello que quizá no se animaba a contar. La Organización Mundial de la Salud y las estrategias oficiales de prevención recomiendan escuchar sin juzgar, acompañar y facilitar el acceso a la atención adecuada. Debemos evitar respuestas como “no digas tonterías, tenés todo para ser feliz, hay personas que están peor o eso lo decís para llamar la atención”. Aunque surjan del miedo o de la necesidad de tranquilizarnos, esas frases minimizan el sufrimiento y pueden hacer que la persona se cierre. Hablar de manera madura significa poder tolerar lo que el otro nos cuenta sin reaccionar con escándalo, enojo o desesperación. No quiere decir que no sintamos miedo, sino que procuramos que nuestro miedo no ocupe todo el espacio de la conversación. Podemos decir:
“Gracias por contármelo.”
“No tenés que atravesar esto solo.”
“Lo que te pasa es importante para mí.”
“Vamos a buscar ayuda juntos.”
Si una persona expresa ideas suicidas, no debemos dejarla sola, prometer guardar el secreto ni asumir nosotros toda la responsabilidad. Es necesario involucrar a otros adultos responsables y buscar atención profesional. En niñas, niños y adolescentes, la presencia de vínculos estables, afectuosos y disponibles constituye un factor protector fundamental para su salud mental. Finalmente, no deberíamos hablar del suicidio solamente después de una tragedia. Podemos conversar habitualmente sobre las emociones, la frustración, las pérdidas, el pedido de ayuda y las maneras de afrontar los problemas. Cuando en una familia se puede hablar de la tristeza, del miedo y de la desesperanza, también resulta más posible hablar antes de que el sufrimiento se transforme en una crisis. La madurez no consiste en tener todas las respuestas. Consiste en animarnos a preguntar, escuchar sin juzgar y permanecer cerca. Nuestros hijos no necesitan padres que nunca se asusten; necesitan adultos capaces de atravesar ese miedo para poder acompañarlos.
Finalmente… ¿Qué le diría a un eventual lector que hoy está sufriendo intensamente o que piensa en el suicidio como una forma de dejar de sufrir?
Lo primero es que lamento profundamente el dolor que está atravesando. No sé cuál es su historia ni todo lo que ha vivido para llegar hasta este momento, pero sí sé algo: nadie piensa en el suicidio porque quiera morir sin más. Generalmente, las personas llegan a ese punto porque sienten que ya no pueden seguir sosteniendo un sufrimiento que parece no tener salida. Generalmente es aquí donde aparece una de las mayores trampas del sufrimiento intenso: nos hace creer que el presente será eterno. Nos convence de que nada va a cambiar, de que nadie podrá comprendernos y de que ya no hay alternativas. Pero el sufrimiento modifica nuestra manera de pensar, de sentir y hasta de imaginar el futuro. Por eso le pediría algo muy sencillo: no tome una decisión definitiva mientras está atravesando un momento que, por intenso que sea, puede cambiar. No cargue solo con ese dolor. Cuénteselo a alguien en quien confíe. Si hoy siente que no tiene a nadie, busque un profesional, acérquese a un servicio de salud, llame a una línea de ayuda o permita que otra persona lo acompañe a dar ese primer paso. Pedir ayuda no es una muestra de debilidad; es una decisión profundamente valiente. Y si en este momento le resulta imposible creer que las cosas puedan mejorar, permítame creerlo por usted durante un tiempo.
A lo largo de mi vida profesional he conocido a muchas personas que estaban convencidas de que no había salida y que habían perdido toda esperanza. Sin embargo, con tratamiento, acompañamiento y tiempo, pudieron volver a encontrar motivos para vivir que en aquel momento eran incapaces de imaginar. No puedo prometerle que los problemas desaparecerán rápidamente. Sería irresponsable hacerlo. Pero sí puedo decirle que el sufrimiento cambia, que existen tratamientos eficaces, que las crisis pasan y que muchas personas que un día quisieron morir hoy agradecen profundamente haber recibido ayuda a tiempo. Tal vez hoy usted no pueda ver un horizonte. A veces, cuando una persona ha perdido toda esperanza, necesita que alguien la sostenga por un tiempo. Déjese acompañar. Permita que otros le presten esa esperanza hasta que pueda volver a hacerla propia. Porque su vida tiene un valor que hoy quizá usted no alcanza a reconocer, pero que sigue existiendo. Y porque, aunque hoy no lo parezca, este momento no tiene por qué ser el final de su historia.
