¿Y cómo sigue la vida después de un robo? Aún no lo sé, y menos cuando es la segunda experiencia en nueve meses. Sí, nueve meses, dos celulares. Por eso escribo esta columna, con la intención de que mi historia pueda ayudar a otras personas a no pasar por lo mismo.
Ocurrió un viernes 13 de marzo, y para mí fue como vivir mi propia película de terror. Estoy segura de que fue en la Boulevard San Juan, a la altura de Independencia, camino a las paradas de colectivo. Entre conversaciones, risas y mucho ruido, a las 18.30 sentí que alguien detrás de mí me pisó el pantalón. Y esto fue lo único.
El primer error fue caminar por esa calle abarrotada de gente con la mochila en la espalda, y no adelante. Cuando me subí al colectivo para buscar la Sube, ¿dónde estaba mi celular? Ya no estaba. Tenía la mochila abierta, con todo, menos lo más caro, mi iPhone 14.
Respiré hondo, me dije a mi misma “está pasando de nuevo”. Al llegar a casa, medio en shock y sin creer en lo que pasaba, empecé a actuar.
El sistema de seguridad de los iPhone es bastante bueno y rápido. Gracias a iCloud, es posible activar el modo perdido y ver la localización del celular de forma rápida y sencilla.
Fueron horas en un operativo frustrado de seguir la localización y llamar a la Policía. Si bien vinieron y me acompañaron, no pudieron dar con el ladrón que llevaba mi celular a diferentes partes de la ciudad de Córdoba en pocos minutos. Me rendí, hasta el punto de que denunciar ya ni siquiera me parecía útil.
El sábado viví mi duelo del celular robado mientras trataba de distraerme pensando en otras cosas, sobre todo que estos acontecimientos no nos pueden desmotivar, pese a lo difícil que es.
Aún me faltan palabras para describir esa sensación de impotencia y tristeza, de que alguien te saque de las manos (o de la mochila) un bien material conquistado con mucho esfuerzo.
Sin embargo, al final, es algo material y siempre existe la posibilidad de volver a conseguir o comprar lo que fue robado. En esos momentos en que parece que no hay luz al final del túnel, conviene recordar que no fue un robo violento y que lo más importante es seguir bien y con vida, a diferencia de tantas otras personas que terminan formando parte de las estadísticas de robos seguidos de muerte.
Pero lo que no sabía en ese momento era que la historia no terminaba ahí.
El domingo, dos días después del robo, me hackearon y consiguieron acceder a mis redes sociales y a mi correo electrónico. Y es aquí donde quiero advertir de que, a veces, las cosas pueden empeorar aún más.
Si alguien les roba el celular, lo primero que deben hacer es dar de baja a la línea. Es muy simple y se puede realizar en la operadora o por llamada telefónica. Solo te van a pedir el DNI y el número de la línea que quieres desactivar.
Esto es clave para evitar que alguien pueda acceder a tus datos y redes sociales usando tu propio número de teléfono. Muchas veces, plataformas como Facebook, Instagram o el correo electrónico piden añadir un número por seguridad. Sin embargo, si tu celular fue robado y ya no tenés control sobre ese número, puede convertirse en un problema muy serio.
Como mencioné antes, los smartphones actuales cuentan con buenos sistemas de bloqueo y seguridad. Sin embargo, todo cambia si la línea telefónica sigue activa y alguien introduce tu tarjeta SIM en otro dispositivo. En ese caso, podrían acceder a tus redes sociales —ya que, con tu número, es posible usar la opción de “olvidé mi contraseña” y recibir códigos de recuperación— e incluso a WhatsApp.
Eso fue lo que me pasó, y por un momento pensé que todo estaba perdido. Darme cuenta de que tenía la sesión abierta en un dispositivo desconocido fue clave. Esto se puede chequear fácilmente en Instagram y Facebook, dentro de la configuración de seguridad, donde aparece la lista de dispositivos con sesiones activas. Desde ahí podés cerrar cualquier sesión que no reconozcas y proteger tu cuenta antes de que sea demasiado tarde.
Pero una vez que ya han entrado, hay que actuar rápido, incluso más rápido que el hacker.
Lo primero es cambiar todas tus contraseñas y crear nuevas que sean seguras (largas, con mayúsculas, números y símbolos, como las que sugieren las propias plataformas). Después, activa la verificación en dos pasos en todas tus cuentas. También es clave desvincular el número del celular robado; si todavía no diste de baja la línea, hacelo ya. Revisa los dispositivos con sesiones abiertas y cerra cualquier acceso que no reconozcas. Por último, hay que comprobar que no hayan cambiado tus datos de recuperación (correo electrónico o teléfono) y corregirlos si hace falta.
Hay que tener en cuenta que, con el sistema de Meta, si alguien consigue tu contraseña de Instagram, por ejemplo, también puede acceder a Facebook. Por eso, algo que muchos hacen —usar contraseñas parecidas en todas las redes— es un grave error. Lo mejor es tener claves distintas y seguras, evitando cosas obvias como el nombre de tu mascota o fechas. En su lugar, conviene usar combinaciones largas, sin sentido aparente, que sean difíciles de adivinar (pero que vos puedas recordar). Y un consejo importante: anotarlas, pero no en el celular. Como antes, es más seguro tenerlas en un cuaderno o agenda que guardes en tu casa.
Esta experiencia deja algo claro: hoy, perder un celular no es solo perder un objeto, sino también una puerta de acceso a gran parte de nuestra vida digital. Me tocó pasar por esto dos veces en menos de un año. No es solo bronca, también es aprendizaje. Y si algo bueno puede salir de todo esto, es poder contarlo para que otros estén un poco más preparados. Porque no siempre está en nuestras manos evitar el robo, pero sí reducir sus consecuencias.
