Ser adolescente hoy es, en gran parte, estar buscando quién sos mientras todo el tiempo alguien está mirando, opinando o juzgando. Si tuviera que describir cómo nos sentimos los chicos hoy, diría que muchos estamos intentando construir nuestra identidad en un contexto donde constantemente se habla del otro: qué hizo, qué dijo, cómo se vistió.
Eso hace que muchas veces, en lugar de ser uno mismo, se busque la aceptación del grupo para encajar en lo que se considera “estar bien” o ser “cool”. Hoy los grupos funcionan de una manera muy clara: te eligen con el dedo. Hay una selección constante de quién pertenece y quién no. Y si no pertenecés, no entrás. Así de simple. No hay mucho espacio para quedar en el medio, y esa exclusión, aunque a veces no se diga en voz alta, se siente.
La violencia está bastante presente, aunque muchas veces se la disfraza de juego. Es común ver a chicos que “juegan” a golpearse o molestarse, pero no todos la pasan bien en esas situaciones. A veces parece algo normal, pero no lo es para todos. Muchas veces, la agresión aparece cuando alguien se cansó de que lo molesten o de que lo “boludeen”.
Las redes sociales influyen muchísimo. Una persona sube algo y enseguida empiezan los comentarios, las capturas, los mensajes en grupos. Se opina todo el tiempo. Todo se mira, todo se juzga. Y eso genera una presión constante, porque nada pasa desapercibido.
Detrás de muchas situaciones de agresión hay angustia o emociones que se fueron acumulando durante mucho tiempo. No siempre el que agrede está bien: muchas veces está expresando algo que no sabe decir de otra manera.
Entre nosotros se habla mucho del otro, pero poco de lo que sentimos. Se comenta lo que alguien hizo o cómo se mostró, pero no lo que nos pasa de verdad. Y eso también influye en cómo se generan los conflictos.
A veces los adultos no ven lo que está pasando. No porque no quieran, sino porque muchas de estas situaciones ocurren cuando no están mirando: mientras un profesor explica o cuando cada uno parece estar en lo suyo. Y recién se hace visible cuando alguien explota.
Tampoco es fácil pedir ayuda. Muchas veces, si alguien cuenta algo, termina sabiéndose quién fue. Y eso genera más exposición y más miedo. Por eso, estaría bueno que existieran espacios donde se pueda hablar sin sentirse expuesto.
Igualmente, no todo depende de los adultos. Para que las cosas cambien, también es importante que nosotros revisemos nuestras actitudes. Muchas veces se hacen comentarios “en chiste”, o alguien dice “yo no se lo digo a él”, pero igual eso circula, llega, se escucha. Y ahí es cuando alguien la pasa mal.
Capaz para algunos es una broma, pero para otros no lo es.
Si los adultos pudieran entender algo, sería que no todo lo que pasa se ve. Y si nosotros pudiéramos cambiar algo, sería empezar a pensar más en el otro, incluso cuando creemos que es solo un chiste.
CD, adolescente cordobesa, 15 años.
