La inestabilidad económica actual provocó la pérdida de numerosas fuentes de trabajo, y en ese escenario aparecieron los desocupados de más de 50 años que decidieron no rendirse. Profesionales de diversos sectores, desde mandos medios hasta técnicos de rubros hoy deprimidos, iniciaron un camino de reconversión hacia actividades con demanda inmediata. En lugar de esperar una oportunidad que no llegaba, muchos encontraron en la mecánica, la electricidad, la plomería o la albañilería una forma concreta de retomar el control de su economía.
Esta migración hacia los saberes técnicos respondió a una necesidad práctica: el mercado demanda soluciones rápidas y manos calificadas que el sistema tradicional ya no provee con facilidad. Distintos centros de formación técnica inicial o básica recibieron a estos nuevos estudiantes que aportaron la seriedad y el compromiso propios de su trayectoria. En las aulas, la experiencia previa en gestión o atención al público se sumó a la destreza manual, generando un perfil de trabajador muy valorado por el cliente particular.
Eduardo Piccardo tiene 59 años y es una de las más de 200.000 personas que se quedaron sin trabajo en los últimos dos años. Ya sea porque cerraron las empresas donde trabajaban o porque fueron echados por falta de venta o de productividad, Eduardo se sumó a esa legión de desocupados.
“Lo que me empujó a tomar esta decisión fue, básicamente, el cachetazo de quedar fuera del sistema laboral en relación de dependencia. Estuve ahí metido prácticamente toda mi vida, con la seguridad de un sueldo, y de golpe te encontrás con que tenés que buscar una herramienta para poder seguir. En esta situación económica, si te quedás quieto te comen los piojos. No hay mucha vuelta que darle. Mi experiencia, en cierta forma, me sirvió de base para este aprendizaje. Toda la vida hice electricidad, al oficio lo tenía en las manos, pero lo que se me complicó fue volver a sentarme a estudiar. Recuperar esa mecánica, esa gimnasia de quemarse las pestañas con los libros, era algo que no hacía desde hacía muchísimo tiempo. Fue un desafío mental volver a ser alumno a esta edad”, le cuenta Eduardo a Hoy Día Córdoba.
“A veces me pregunto si los clientes me eligen por los años que tengo, pero creo que no es solo un tema de edad. Lo que ellos buscan es seriedad y compromiso, y eso te lo da una particularidad personal que solo se cocina con la experiencia: ese ‘saber cómo tratar’ al que viene a buscarte. A mis 59 años, siento que esto es un objetivo logrado, un gusto que me doy porque es algo que siempre quise hacer de manera formal. Sé que es muy complicado introducirse de nuevo en el mercado laboral, y más todavía cuando querés arrancar de forma particular, por tu cuenta. Pero bueno, uno ya sabe cómo es esto: uno nunca claudica y siempre va para adelante”, agrega Eduardo y sin quererlo se convierte en ejemplo, no sólo para sus tres hijos (dos mujeres y un varón), sino para sus nietos y su entorno en general.
Muchos de estos nuevos especialistas se volcaron al cuentapropismo como una salida digna y rentable. Con la certificación en mano, dejaron de depender de las búsquedas laborales externas para gestionar sus propias agendas de mantenimiento o reparaciones. La madurez les otorgó una ventaja estratégica: la capacidad de resolver imprevistos con una templanza que solo brindan los años de rodaje en el mundo del trabajo.
El fenómeno puso de manifiesto un cambio en la valoración social de las profesiones manuales. Para quien enfrenta el desafío de reinsertarse a los sesenta años, la capacitación técnica representó mucho más que un nuevo conocimiento. Significó la posibilidad de proyectar una actividad independiente, donde la herramienta y el saber propio se transformaron en el sustento de una estabilidad que el empleo en relación de dependencia dejó de garantizar.
