Cada 4 de marzo se conmemora el Día Mundial de la Obesidad, una fecha que busca visibilizar una problemática que dejó de ser individual para transformarse en un desafío estructural. La Organización Mundial de la Salud la definió como la “epidemia del siglo XXI”.
En Argentina, 6 de cada 10 personas adultas presentan exceso de peso: el 25,3% vive con obesidad y el 36,3% con sobrepeso, según la última Encuesta Nacional de Factores de Riesgo. En las últimas dos décadas, la obesidad creció al menos un 72%. El escenario es aún más delicado si se considera que el país figura entre los que presentan mayores tasas de Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA), una combinación que revela la relación conflictiva y dolorosa con el cuerpo y la comida que tenemos en nuestro país.
Una transición sanitaria que cambió el mapa de la enfermedad
Durante gran parte del siglo XX, los principales problemas de salud en Argentina estaban asociados a enfermedades infecciosas, carencias nutricionales severas y condiciones sanitarias deficientes. La mortalidad era el indicador central para evaluar la situación sanitaria.
Sin embargo, en las últimas décadas el país atravesó lo que la literatura especializada denomina transición epidemiológica, concepto desarrollado por el demógrafo Abdel Omran en 1971, que describe el pasaje desde un predominio de enfermedades transmisibles hacia patologías crónicas no transmisibles.
Datos de la Organización Mundial de la Salud y de la Organización Panamericana de la Salud señalan que el aumento de la esperanza de vida y el envejecimiento poblacional modificaron el perfil de enfermedad en América Latina.
En Argentina, esta transformación también se refleja en los informes del Ministerio de Salud de la Nación y en los resultados de la Encuesta Nacional de Factores de Riesgo (ENFR), que evidencian el crecimiento sostenido de enfermedades crónicas como la obesidad, la diabetes y la hipertensión.
Asimismo, investigaciones académicas en economía de la salud y epidemiología, como los trabajos de Karina L. Temporelli y Carolina A. Miotto (Universidad Nacional del Sur – IIESS CONICET), analizan cómo los procesos de urbanización, industrialización y cambios en los estilos de vida contribuyen a este nuevo mapa sanitario, caracterizado por sedentarismo, mayor consumo de alimentos ultraprocesados y modificaciones en los patrones laborales y de ocio.
En este contexto, la obesidad se inscribe como una de las principales expresiones de esta transición sanitaria, no solo por su prevalencia creciente sino por su vínculo con otras enfermedades crónicas no transmisibles, consolidándose como uno de los mayores desafíos de salud pública del siglo XXI.
Radiografía argentina: cifras que interpelan
Los datos nacionales e internacionales más recientes confirman que la obesidad y el sobrepeso en Argentina continúan siendo un problema de salud pública de gran magnitud.
Según el World Obesity Atlas 2025, elaborado por la Federación Mundial de Obesidad con datos del Instituto de Métricas de Salud y la Organización Mundial de la Salud, cerca del 73 % de los adultos argentinos tiene un IMC elevado (sobrepeso u obesidad) en 2025, y aproximadamente el 39 % de la población adulta vive con obesidad. Esto coloca al país entre los de mayor prevalencia en la región sudamericana.
Más allá de la adultez, los datos también evidencian que el problema es transversal:
El 41,1 % de niños, niñas y adolescentes de entre 5 y 17 años tienen sobrepeso u obesidad, de acuerdo con estimaciones oficiales más recientes.
Entre los menores de 5 años, el exceso de peso afecta aproximadamente al 13,6 %, lo que representa un crecimiento sostenido en la primera infancia.
Estas prevalencias elevadas no solo son números en una gráfica: implican un aumento de las personas en riesgo de desarrollar enfermedades como diabetes tipo 2, patologías cardiovasculares y complicaciones metabólicas con impactos en los sistemas de salud, la economía y la calidad de vida general de la población.
El riesgo de que un niño con sobrepeso se convierta en un adulto obeso es elevado, lo que anticipa un escenario sanitario complejo para los próximos años.
¿Por qué ocurre?
Comprender por qué la obesidad crece en Argentina y no se trata de un fenómeno aislado ni de decisiones individuales desconectadas del contexto. La Organización Mundial de la Salud y la Organización Panamericana de la Salud coinciden en que la obesidad es multifactorial.
Diversos estudios señalan que su origen responde aproximadamente a un 50% de susceptibilidad genética y un 50% de factores ambientales. Esto significa que puede existir predisposición biológica, pero el entorno determina en gran medida si esa predisposición se expresa o no.
Especialistas del Hospital de Clínicas de la UBA advierten que el aumento de la obesidad infantil anticipa una mayor prevalencia en la adultez. Niños con menos espacios seguros para jugar, mayor exposición a pantallas y acceso frecuente a alimentos de baja calidad nutricional presentan mayor riesgo de desarrollar obesidad en etapas posteriores.
Pero el impacto no es solo físico. La estigmatización, el bullying y la presión social generan estrés psicológico, que también influye en la relación con la comida y el cuerpo.
Así, las causas principales del aumento de la obesidad se encuentran los cambios profundos en el estilo de vida: trabajos cada vez más sedentarios, mayor dependencia del transporte motorizado y formas de ocio centradas en pantallas que reducen el movimiento diario.
A esto se suma un entorno alimentario que favorece el consumo de comidas fuera del hogar, delivery y productos ultraprocesados, más económicos y fuertemente promocionados, incluso a través de estrategias dirigidas a niños, mientras disminuyen los espacios seguros para la actividad física, especialmente en la infancia.
Además es preciso tener en cuenta que en Argentina el sector vulnerable es cada vez mas amplio, debido a que, según datos del Indec, la pobreza afecta a 7 de cada 10 niños, niñas y adolescentes. Esta realidad agrava y aparece como una de las razones más fundantes, la dificultad en el acceso a alimentos de calidad, generando la llamada “doble carga de enfermedad”, donde conviven exceso de calorías y déficit de nutrientes.
Aclaremos mitos y verdades
- Mito: “Es solo una cuestión de voluntad”
La obesidad es una enfermedad crónica y compleja. Reducirla a falta de disciplina desconoce factores biológicos, psicológicos y sociales. - Mito: “La genética lo determina todo”
La predisposición genética existe, pero los hábitos saludables pueden evitar que se exprese. - Mito: “Con una dieta estricta alcanza»
Los descensos abruptos suelen ser difíciles de sostener y no contemplan la diversidad de metabolismos. - Verdad: “El abordaje debe ser integral” y “Si no se ven resultados rápidos, es porque no funciona”
Alimentación adaptada a cada persona, actividad física prescrita individualmente y seguimiento médico son pilares fundamentales. - Verdad: “La estigmatización también enferma”
El impacto psicológico, bullying, discriminación, vergüenza corporal, puede ser tan dañino como las complicaciones físicas. - Verdad: “El acompañamiento médico es clave”
Controles de glucemia, presión arterial y seguimiento interdisciplinario son fundamentales para prevenir complicaciones.
¿Qué se puede hacer?
Combatir esta epidemia exige políticas públicas sostenidas: regulación de la industria alimentaria, limitación de la publicidad dirigida a niños, educación nutricional efectiva y garantía de acceso a alimentos saludables.
En esa línea, el Ministerio de Salud impulsa campañas de detección y prevención abiertas a la comunidad, con controles de presión, glucemia e IMC, y orientación personalizada. Sus especialistas advierten que el crecimiento de la obesidad infantil anticipa un aumento de adultos con la enfermedad en los próximos años.
El mandato argentino de bajar de peso “a cualquier costo”
En un país atravesado por altos índices de Trastornos de la Conducta Alimentaria, el mensaje social suele ser contradictorio: se condena la obesidad mientras se exalta un ideal de delgadez inalcanzable. Se promueve “cuidarse y quererse”, pero podes ser despreciable si la dieta que hiciste no tiene los resultados «esperables».
Si el resultado no llega en el tiempo que el entorno considera adecuado, la sentencia es rápida: “no te esforzaste”, “no te cuidás”, “fracasaste”. Sin embargo, detrás de cada cuerpo hay historias invisibles, procesos metabólicos distintos, contextos económicos y luchas internas que no se reflejan en una balanza.
Hay personas que hacen dietas, modifican hábitos, intentan, perseveran, y aun así los cambios no son inmediatos o visibles. Para las personas con obesidad o sobrepeso, el proceso de intentar bajar de peso es complejo y singular, donde el cuerpo no responde al ritmo de las expectativas sociales.
Combatir la epidemia no implica instalar culpa. Implica construir políticas públicas sólidas, educación, acceso a alimentos saludables y acompañamiento profesional. Pero también exige algo menos medible y más urgente: respeto y empatía. Porque la salud no debería medirse en términos de valor moral.
