«La dislexia tiene historia, no es falta de inteligencia»

En el Día Internacional de la Dislexia, la licenciada en psicopedagogía Silvia Castro advierte que detrás de la dificultad para leer y escribir hay una historia con un entorno, y que los rótulos apresurados pueden limitar y condicionar más que ayudar.

"La dislexia tiene historia, no es falta de inteligencia"

Cada 8 de octubre se conmemora el Día Internacional de la Dislexia, una fecha para revisar los prejuicios y escuchar la historia detrás de la dificultad para leer y escribir.

Cada 8 de octubre se conmemora el Día Internacional de la Dislexia, una fecha pensada para visibilizar una dificultad que atraviesa a miles de niños, adolescentes y adultos, y que durante décadas estuvo rodeada de prejuicios. Para entender por qué hoy se insiste tanto en revisar las miradas sobre el tema, conviene volver al origen del concepto.

La historia del término

El concepto de dislexia surgió en el ámbito médico, en Gran Bretaña, y más precisamente en el campo de la oftalmología. En 1895, el oftalmólogo James Hinshelwood escribió en la prestigiosa revista The Lancet sobre varios de sus pacientes que presentaban dificultades para aprender a leer.

Un año más tarde, Morgan, un médico general, describió en un artículo el caso de un chico de 14 años que, a pesar de ser inteligente, no lograba aprender a leer ni a escribir. Ambos acuñaron el término «ceguera de palabras congénita», y lo atribuyeron a alteraciones congénitas en las áreas cerebrales de la memoria visual para las palabras.

Desde entonces, el interés se fue ampliando de manera progresiva a distintas disciplinas, y cada una intentó ubicar las causas y describir los síntomas: la oftalmología, la neurología, la psicología, la sociología, la educación, la logopedia, y la psiquiatría.

Las teorías sobre el origen de la dislexia fueron de lo más variadas: problemas visuales, de memoria, defectos en la estructura o en el funcionamiento del cerebro, factores ambientales adversos, dominancia incorrecta de un hemisferio cerebral (la llamada lateralidad cruzada), problemas emocionales o neuróticos, dificultades fonológicas o dificultades en los movimientos oculares.

Tras más de un siglo de recorrido, puede considerarse a la dislexia como un fenómeno multifactorial en el que se interesaron diversos campos del saber. No hay acuerdo sobre sus causas ni sobre los tratamientos posibles, pero hay un punto de coincidencia entre todas las disciplinas: la dislexia puede recuperarse.

¿Qué distingue a la psicopedagogía desde el psicoanálisis lacaniano a la hora de tratar la dislexia?

Con motivo de esta fecha, la licenciada Silvia Castro, psicopedagoga con orientación en el psicoanálisis lacaniano, dialogó con Hoy Día Córdoba y aportó una perspectiva que se aparta de la mirada puramente neurocientífica.

La licenciada sostiene que la dislexia es, básicamente, «una alteración en la adquisición de los procesos de lectura y por ende de la escritura». Pero enseguida marcó el eje de su enfoque. Según explicó, quienes presentan estos síntomas se ven afectados psicológicamente, y también se ve afectada la trama familiar. Además, sufren emocionalmente y en lo social, no solo dentro del aula sino también fuera de la escuela.

Por eso, afirmó, el abordaje no toma el síntoma como un déficit neurobiológico, una falla cognitiva o un trastorno de decodificación fonoaudiológico, ni tampoco como un rótulo o una etiqueta a tratar. «Más bien se trata de ahondar en lo que sufre este sujeto», sostuvo, e intentar conocer su estructura subjetiva y su relación con el lenguaje.

De esta manera, nos explica «Se trata de una dificultad para aprender a leer, y por tanto, a escribir. Es la manifestación de un rechazo o un impedimento para introducirse en un lenguaje codificado, es decir, una dificultad para consentir esa inserción.» «De ahí que la especialista insista en distinguir entre los conocimientos y el querer saber. Los primeros tienen que ver con las leyes gramaticales, las letras y lo que imparte la escuela. El segundo suele estar ligado a la historia familiar del sujeto, a su deseo y a su falta.»

Por eso, ante un caso de dislexia, Silvia considera que hay que escuchar la historia del niño, trabajar con los padres, ver cómo comenzó la dificultad y cómo es su entorno, y en sus propias palabras, «apostar a que vuelva a conectarse con el deseo de aprender y de querer saber.» En esa misma línea, entiende a «la dislexia como un detonante que revela que se produjo una inhibición en el circuito del saber.»

Dislexia y déficit de atención

Frecuentemente se confunden la dislexia y el déficit de atención. Para la licenciada, se trata de «dos formas distintas en que el sujeto reacciona, de manera inconsciente, frente a su entorno, a su historia y a aquello que lo marcó. En la dislexia, el sujeto se defiende bloqueando su capacidad de descifrar el lenguaje escrito, negándose a querer saber. En el déficit de atención, en cambio, muestra «un cuerpo indómito», difícil de controlar, doblegar o disciplinar desde a las exigencias del entorno.»

Los rótulos

Consultada sobre el rol de los docentes, Castro aclaró que no es partidaria de dar recetas. Considera que los docentes deberían ser muy prudentes y cuidadosos a la hora de poner un rótulo o intentar anticipar un diagnóstico. «No deberían apresurarse a etiquetar a nadie», dijo, sino acompañar a la familia para que consulte con un profesional, sin adelantarse con etiquetas sobre lo que el niño podría tener, porque eso podría afectarlo aún más, condicionarlo y limitarlo.

Lo urgente

Más allá de las diferencias entre enfoques, hay algo que resulta crítico aclarar. La dislexia no es sinónimo de falta de inteligencia ni de pereza. Ya en 1896, el caso descripto por Morgan hablaba de un adolescente inteligente que no lograba leer ni escribir, y esa observación sigue vigente más de un siglo después. Un niño que «lee mal», que «es lento» o que «no presta atención» no está necesariamente desinteresado ni es menos capaz. Repetirle esas frases, en la escuela o en casa, puede dejar marcas profundas en su autoestima y en su vínculo con el aprendizaje, y convertirse en un obstáculo mayor que la dificultad misma.

La dislexia puede recuperarse. Una persona con esta dificultad puede aprender de una manera completamente común al resto, e incluso desarrollar su propia forma de aprender, siempre que cuente con el acompañamiento de un profesional. Idealmente, el primer paso es consultar con un psicopedagogo, el especialista que se ocupa precisamente de los problemas de aprendizaje.

Y hay un punto en el que coinciden las distintas corrientes de la psicopedagogía. Ningún abordaje serio puede prescindir del historial del entorno que rodea al sujeto, tanto en la escuela como en el hogar.  Mirar esa historia, y no solo el síntoma, es lo que permite acompañar de verdad.

En una fecha dedicada a la concientización, el mensaje que deja esta mirada es claro, antes de preguntarse qué es lo que un niño no puede hacer, vale la pena preguntarse qué necesita para aprender y quién está dispuesto a escucharlo.

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