Educación emocional, una materia pendiente para contrarrestar las formas de violencia

Especialistas advierten que las habilidades emocionales se pueden aprender y que la escuela ocupa un lugar central para desarrollarlas. En Córdoba, el desafío pasa por transformar el discurso en políticas sostenidas, con formación docente y recursos.

Educación emocional, una materia pendiente para contrarrestar las formas de violencia

La educación emocional requiere formación docente, continuidad, recursos y un trabajo articulado entre escuela y familia.

Durante años, hablar de educación en las escuelas estuvo asociado principalmente a la incorporación de conocimientos en matemática, lengua, ciencias, historia o geografía. Pero frente a los desafíos que atraviesan hoy los niños y adolescentes, y teniendo en cuenta los hechos recientes, cada vez más comunes y lamentables de violencia, existe otra dimensión que hay que enseñar con urgencia: la educación emocional, para aprender a reconocer, comprender y gestionar las propias emociones y relacionarse con los demás.

Las habilidades emocionales no son necesariamente innatas pero pueden aprenderse y desarrollarse. Y la escuela, por su alcance, aparece como uno de los principales espacios para hacerlo, en conjunto con las familias.

Para analizar el lugar que ocupa, y el que debería ocupar la educación emocional en las escuelas, Hoy Día Córdoba abrió el debate con tres especialistas que aportaron sus miradas desde distintos ámbitos. Lucas Malaisi, presidente de la Fundación Educación Emocional y autor de la Ley de Educación Emocional aprobada en distintas provincias, María Molina, diplomada en educación emocional, mentora social y acompañante en gestión de las emociones y Mariana Savid, psicopedagoga especialista en Neuroeducación, Mediación y Convivencia, brindan tres miradas que coinciden en un punto central: para que la educación emocional sea efectiva no alcanza con mencionarla en el discurso educativo; requiere formación docente, continuidad, recursos y un trabajo articulado entre escuela y familia.

Aprender a reconocer lo que pasa

Para Lucas Malaisi, la escuela tiene un papel estratégico porque es el lugar por el que transita prácticamente toda la población, y plantea que existe una relación entre el desarrollo de recursos emocionales y distintos comportamientos que afectan la vida cotidiana. “A mayor inteligencia emocional, menor conducta sintomática”, afirma, y menciona entre esas problemáticas las depresiones, los suicidios, la violencia, las adicciones, la delincuencia, el abandono escolar y los trastornos de la alimentación.

Pero, desde su perspectiva, el objetivo no debería limitarse a reducir situaciones de sufrimiento y vincula el desarrollo de habilidades emocionales con una mejora en la calidad de vida, el rendimiento escolar, la socialización y las conductas prosociales. “Entonces, no solo disminuye el malestar, sino que aumenta el bienestar”, explica.

Pero, ¿qué significa realmente educar sobre las emociones? Una de las primeras respuestas que aparece es una capacidad aparentemente básica: identificar lo que uno siente. Malaisi enumera cinco grandes habilidades: autoconocimiento, autorregulación, automotivación, empatía y habilidades sociales o de relación. A ellas suma, desde determinados enfoques, la autoestima.

Lucas Malaisi, presidente de la Fundación Educación Emocional y autor de la Ley de Educación Emocional.

En esto coincide María Molina, y destaca la importancia de colocar el autoconocimiento en el centro: “Creo que lo más importante que debemos aprender todos los seres humanos es a conocernos, el autoconocimiento es fundamental para luego poder gestionar las emociones, saber qué nos pasa y qué hacer con eso que nos pasa”.

También destaca el valor de enseñar empatía, aunque aclara que empatizar no significa aceptar cualquier comportamiento. “Poner límites sanos y claros (sin agresiones) evitaría muchos hechos de violencia que están tan en boga en estos tiempos”, sostiene.

La autoestima ocupa un lugar relevante, sobre lo que explica: “El saberse con capacidades, con dificultades, saber que puedo equivocarme, que puedo aprender y sigo siendo valioso hace que construya una sana autoestima”. A esto suma una dimensión particularmente importante durante la adolescencia: el propósito. “Un adolescente necesita averiguar quién es, qué cosas le importan, qué clase de persona quiere ser, para qué quiere vivir”, plantea.

María Molina, diplomada en educación emocional, mentora social y acompañante en gestión de las emociones

La psicopedagoga Mariana Savid propone una mirada similar, aunque pone el acento en evitar que la educación emocional se convierta en un intento de controlar o eliminar las emociones consideradas negativas. “Educar las emociones no es una moda, es una urgencia que nos atraviesa a todos”, sostiene.

Según explica, niños, adolescentes y adultos no necesitan aprender a “controlar” sus emociones como si fueran un interruptor, sino aprender a leerlas y comprender qué están señalando.

En ese sentido, utiliza una comparación para bajar la idea: “Todas las emociones son señales. Como las luces del tablero de un auto: cuando se enciende la luz del aceite, no la tapamos con una cinta y seguimos manejando. Entendemos que nos está avisando que algo necesita atención”.

El enojo, ejemplifica, puede señalar una situación que lastima o que se percibe como injusta; la tristeza puede hablar de una pérdida y el miedo advertir sobre un peligro. Por eso, para Savid, una de las preguntas centrales que deberían aprender a hacerse los chicos es “¿qué me está queriendo decir esta emoción? ¿Qué está señalando?”.

¿Una materia o un trabajo transversal?

Uno de los debates centrales es cómo llevar estos contenidos a las aulas. Para Malaisi, la educación emocional debería abordarse de manera transversal, pero también contar con un espacio curricular específico.

“Yo soy uno de los pocos autores defensores de ambos espacios”, sostiene. Su propuesta contempla que exista “una hora de educación emocional, así como está la de historia, geografía, matemática”, en la que además de realizarse ejercicios prácticos se transmitan contenidos más teóricos.

El especialista considera que existe una dimensión teórica que no debería ser descartada. Para comprender el funcionamiento de las emociones asegura que es necesario conocer aspectos vinculados con la biología, el sistema nervioso y las sustancias químicas involucradas. A su vez, ese espacio permitiría generar momentos específicos para escuchar a los estudiantes y profundizar en aquello que expresan.

Por su parte, Savid advierte que la educación emocional no debería quedar reducida a conceptos aislados. “La educación emocional no se transmite con conceptos; se transmite con el ejemplo, con la presencia, con la capacidad del adulto de estar disponible para la emoción del niño sin huir de ella”, afirma.

En Córdoba, uno de los desafíos señalados por las especialistas es precisamente pasar de la presencia de la temática en el discurso educativo a su incorporación efectiva y cotidiana. “Una cosa es que la educación emocional esté presente en el discurso educativo y otra muy distinta es que verdaderamente sea enseñada”, plantea Molina, quien considera que la misma debería tener un carácter preventivo trabajando sobre las herramientas antes de que aparezcan los problemas y no únicamente cuando una situación ya está instalada.

Savid coincide en que una ley constituye un punto de partida, pero que por sí sola no garantiza una transformación, y sostiene: “Una ley, por más bien intencionada que sea, no es suficiente. He visto cómo muchas iniciativas educativas mueren en el papel porque no se les da el presupuesto, la formación y el acompañamiento que necesitan”.

Mariana Savid, psicopedagoga especialista en Neuroeducación, Mediación y Convivencia.

El trabajo docente

Pero todo este proceso no podría plantearse sin la tarea central de los docentes, no solo por lo que enseñan sino por la manera en que se relacionan con sus estudiantes. Pero allí también radica una sensibilidad muy grande, porque si un docente no recibió una preparación adecuada, puede cometer errores e incluso realizar comentarios que sin quererlo, terminen afectando a la salud mental del estudiante.

“Primero necesitan una formación profunda en educación emocional para poder implementarla”, afirma Malaisi, y agrega: “Tenemos una herramienta que es muy buena, la educación emocional, pero si no la sabes conducir, si no te formaste, no la vas a poder implementar bien”.

Para el especialista, la capacitación debería contemplar diferentes dimensiones: la educación emocional de los estudiantes y las familias, la propia gestión emocional del docente, las relaciones interpersonales dentro de la organización escolar y una mirada más amplia sobre la educación emocional.

Molina también destaca el papel del educador: “Creo que el docente tiene un papel fundamental porque de alguna forma puede ‘marcar’ a sus alumnos”. Un docente que transforma las dificultades que surgen en el aula en oportunidades de aprendizaje puede dejar una huella positiva, incluso por gran parte de la vida. La capacitación, considera, puede aportar herramientas para afrontar los desafíos cotidianos.

Savid profundiza en esta idea y sostiene que no se puede pedir a un docente que enseñe algo que no haya trabajado previamente consigo mismo. “La formación en educación emocional no puede ser un curso más, un taller de unas horas. La formación tiene que ser vivencial, continua y profunda. Tiene que permitir que el docente se detenga, se observe, reconozca sus propias emociones, sus patrones de reacción, sus miedos y sus resistencias”, asegura.

El proyecto de ley de Córdoba establece que el Ministerio de Educación deberá incorporar prácticas de educación emocional de manera transversal y crear una asignatura específica. También menciona la necesidad de sistemas de acreditación de competencias emocionales para los educadores, y establece que la capacitación docente debe ser gratuita.

Pero sobre eso, la psicopedagoga insiste: “La formación no puede quedarse en lo teórico. La educación emocional no se transmite con conceptos; se transmite con el ejemplo, con la presencia, con la capacidad del adulto de estar disponible para la emoción del niño sin huir de ella”.

Señales que muchas veces no se ven

Otro de los objetivos de la educación emocional es que los adultos puedan detectar tempranamente señales de malestar. Molina advierte que cada niño y adolescente es único y que no todo cambio de conducta constituye necesariamente una dificultad emocional. Sin embargo, hay indicadores que merecen atención: cambios bruscos de comportamiento, aislamiento, modificaciones importantes en el rendimiento escolar, irritabilidad, ansiedad y conductas autodestructivas.

Savid agrega otras señales como apatía, dificultades para concentrarse, problemas para dormir, dolores de cabeza o de estómago recurrentes y comportamientos de riesgo, entre ellos agresividad, consumo de sustancias o autolesiones. “Las señales están ahí, pero muchas veces no las sabemos leer”, afirma.

Para la psicopedagoga, uno de los indicadores más importantes puede ser incluso más sutil: la dificultad para nombrar aquello que se siente. Cuando un niño no puede decir que está triste, enojado o tiene miedo y expresa ese malestar mediante actos o silencios, puede estar mostrando que todavía no desarrolló herramientas para reconocer sus propias emociones. “Veo a tantos niños, niñas y adolescentes pedir ayuda muchas veces, y esa ayuda no es detectada, o directamente no se animan a pedirla”, cuenta desde lo que ve en los consultorios y escuelas.

Para Malaisi, el desafío excede a las instituciones educativas. La formación emocional debería alcanzar también a otros ámbitos, como las fuerzas de seguridad, la Justicia y el sistema de salud. Pero, para que las políticas educativas puedan sostenerse, considera que hacen falta decisiones políticas, de las que dependen la incorporación de contenidos, la asignación de tiempo y recursos y la formación gratuita de los docentes.

También advierte que la existencia de una legislación no garantiza necesariamente su cumplimiento, y sostiene: “La legislación da un marco legal, da recursos para que se implemente, pero tampoco garantiza el éxito”.

En ese punto, las tres miradas convergen: la educación emocional no debería quedar limitada a una declaración de principios ni a una capacitación aislada. Requiere docentes preparados, espacios institucionales, participación de las familias y continuidad. La discusión, entonces, no es solamente si las emociones deben ingresar a las aulas, sino cómo hacerlo de manera responsable y sostenida.

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