Sexualidad y discapacidad: el deseo que resiste en el cuerpo y el derecho postergado al placer

La sociedad y el Estado suelen reducir la discapacidad severa a la higiene o la alimentación mientras olvidan que el cerebro y las emociones humanas mantienen intacta su capacidad de sentir.

Sexualidad y discapacidad: el deseo que resiste en el cuerpo y el derecho postergado al placer

Cuando hablamos de personas con altas necesidades de apoyo, parece que lo único importante es que estén limpias, que coman a horario y que se las traslade bien. El sistema, y a veces hasta la misma familia, se concentra tanto en esas tareas básicas de higiene que se olvida de lo más importante: que dentro de ese cuerpo hay una persona que siente, que tiene ganas y que desea como cualquiera. Existe una idea equivocada, como si un cuerpo que no puede moverse solo fuera un cuerpo que no tiene sentimientos o atracción sexual. Pero la realidad es otra: las ganas de sentir placer no dependen de que una pierna o un brazo respondan.

La ciencia es clara en esto. El deseo no nace en los músculos, nace en el cerebro. Es una chispa que resiste ahí, en el mismo lugar donde guardamos las emociones. Mientras esa persona pueda recibir un estímulo -ya sea un susurro al oído, una mirada cómplice o una caricia suave-, la química interna sigue funcionando. Es como un motor que se mantiene encendido aunque el vehículo no arranque. El deseo sobrevive, aunque el cuerpo no responda como antes.

Es impresionante cómo el cuerpo resiste para seguir sintiendo. Cuando un músculo queda quieto, el cerebro y las emociones tienen la capacidad de mudar el placer a otros lados. Lo que los médicos y las médicas llaman neuroplasticidad es, en criollo, la capacidad de reinventarse: quizás una caricia en el cuello o un beso en la mejilla se transforman en una sensación de placer enorme que antes no se notaba tanto. La piel sigue siendo el órgano más grande que tenemos y nunca deja de enviarle señales de bienestar al cerebro. Sentir placer genera una descarga de energía positiva que es fundamental para que cualquiera de nosotros se sienta bien y con ganas de vivir.

A veces, ese deseo no busca el estallido de un encuentro compartido, sino simplemente el permiso de existir. Hay una decisión fundamental que habita en el silencio de quien no se mueve: la de habitar su propia piel con libertad. Decidir tener o no tener un contacto sexual, elegir si ese cuerpo quiere ser tocado por otro o prefiere el refugio de su propia exploración, es el último bastión de la autonomía. Porque el erotismo no es una obligación, es un derecho; y tan válido es buscar el roce de una piel ajena como elegir el sagrado derecho a la soledad elegida, sin que nadie lo interprete como una carencia o un olvido de la naturaleza.

El gran problema es que nuestra sociedad, y ni hablar del Estado -ya sea el municipio, la provincia o la actual gestión nacional-, prefiere mirar para otro lado. Hay un vacío enorme en la preparación de quienes cuidan a estas personas. El sistema trata a la persona con discapacidad como si fuera un paciente que hay que desinfectar, y no como un ser humano completo. Entender que la sexualidad sigue ahí es, en definitiva, devolverle a esa persona el respeto que se merece. Es dejar de tratarlos como niños o niñas eternos y reconocerles el derecho a ser dueños/as de su propio cuerpo y de su propio placer.

Hoy Día Córdoba habló con René De Santis, médico y docente universitario, especialista en Educación Sexual Integral y dejó su mirada en este tema tabú, no sólo en muchos hogares argentinos, sino fundamentalmente en el Estado y en los medios de Comunicación, dos espacios dónde se deberían dar estos debates.

Hoy Día Córdoba (HDC): ¿Por qué se afirma que el entorno social muchas veces anula la condición de seres sexuados de las personas con discapacidad?

René De Santis (RDS): El entorno actúa frecuentemente como una barrera que invisibiliza el deseo. Un ejemplo claro aparece en la falta de accesibilidad física en espacios destinados a la intimidad, como los alojamientos temporales, cuyas dimensiones no contemplan el ingreso de una silla de ruedas. Esta exclusión edilicia traduce una idea social: no se piensa a la persona con discapacidad como alguien con derecho al placer o a la vida privada. Cuando la sociedad restringe el acceso a estos espacios o cuando el propio hogar no garantiza la privacidad necesaria, se termina por vedar el ejercicio de la sexualidad.

HDC: ¿Qué funciones cumple la asistencia sexual y por qué no se la reconoce dentro de las prestaciones básicas?

RDS: La asistencia sexual es un apoyo que busca cubrir necesidades de afectividad y sexogenitalidad, permitiendo que la persona con diversidad funcional acceda a su propio cuerpo o al encuentro con otros. Actualmente, el Certificado Único de Discapacidad (CUD) se limita a prestaciones médicas o de rehabilitación, pero excluye este acompañamiento. Esto genera una desigualdad profunda, ya que alguien que requiere ayuda física para trasladarse de la silla a la cama, o para posicionar su cuerpo, queda sin cobertura para algo tan esencial como su intimidad. Existe todavía una mirada médica que prioriza la «reparación» del cuerpo por sobre el derecho al goce.

René De Santis, médico y docente universitario, especialista en Educación Sexual Integral.

HDC: ¿Por qué nos cuesta tanto aceptar que una persona con discapacidad también tiene deseos?

RDS: El capacitismo impone la idea de que solo los cuerpos que cumplen con ciertos estándares de funcionalidad y estética hegemónica poseen valor. Bajo esta lógica, la discapacidad se percibe como una «minusvalía» que resta atractivo o derecho al deseo. Esta presión es aún más fuerte según el género; las mujeres con discapacidad suelen enfrentar mayores prejuicios y un juicio social más severo sobre su derecho a la asistencia sexual o a la expresión de su coquetería. Romper con este esquema implica entender que la belleza y el erotismo no dependen de la movilidad o de la integridad anatómica tradicional.

HDC: ¿Es posible sentir placer cuando existe una parálisis total o una lesión medular severa, por ejemplo?

RDS: Absolutamente. La capacidad de sentir placer no nace en las extremidades, sino en el cerebro. A través de la neuroplasticidad y el trabajo sensorial, el mapa del placer se redibuja en el cuerpo. Cuando una zona pierde sensibilidad, otras áreas como el rostro o el cuello pueden transformarse en terminales erógenas muy potentes. Incluso en casos de cuadriplejía, el acompañamiento adecuado permite que la persona «sensorialice» su anatomía y descubra un erotismo que trasciende lo genital.

HDC: ¿Qué hace falta para que una persona que no puede moverse bien pueda disfrutar de su propia intimidad?

RDS: El derecho al propio placer es un derecho humano fundamental. En personas con limitaciones motrices, esto requiere de apoyos específicos y creatividad. La asistencia puede consistir simplemente en facilitar la postura para que el brazo no se agote, o en proporcionar elementos que faciliten la práctica. Lo más importante es el respeto absoluto por la intimidad: asegurar espacios privados, golpear la puerta antes de entrar y permitir que la persona gestione su tiempo de exploración sin ser juzgada. La asistencia sexual aquí no necesariamente implica el contacto directo, sino la creación de las condiciones para que la persona ejerza su autonomía.

Decisión y libertad

Es que el encuentro con otro, en estos casos, es una coreografía de voluntades. La persona con discapacidad es la única que tiene la llave para abrir o cerrar esa puerta. El derecho a la asistencia sexual no es solo la posibilidad de concretar un acto, sino la libertad de decidir sobre el propio cuerpo: elegir quién entra en ese círculo íntimo, bajo qué términos y para qué. Es salir de la mirada de la víctima o del ser desprotegido para reconocer a un adulto que puede decir esto sí o esto no. La sexualidad es, sobre todo, una conversación, y en esa charla el consentimiento es la palabra que brilla con más fuerza.

En definitiva, reconocer que las personas con discapacidad tienen deseos no es un favor que les hacemos, es un derecho humano básico que no puede esperar más. Mientras la sociedad siga mirando para otro lado, escondiendo el tema bajo la alfombra o tratando a estas personas como si fueran seres sin sentimientos, les estaremos quitando una parte fundamental de su humanidad. No podemos seguir aceptando un sistema que solo se preocupa por la higiene y la comida, olvidando que el bienestar emocional y el placer son motores que nos mantienen vivos y con dignidad.

Abrir este debate en las casas, preparar a las cuidadoras y los cuidadores para que entiendan esta complejidad y dejar de lado los prejuicios de una vez por todas es el único camino posible. Solo así podremos asegurar que todos, sin importar las limitaciones de nuestro organismo o cómo responda nuestro cuerpo hoy, seamos verdaderos dueños de nuestras sensaciones. Al final del día, el respeto, la dignidad y la libertad por el deseo del otro es, simplemente, el respeto por su derecho a ser una persona completa.

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