La sociedad contemporánea atraviesa una transformación que excede los cambios tecnológicos y económicos. La caída de la natalidad, el creciente individualismo, la expansión del consumo digital y el avance de la inteligencia artificial forman parte de un escenario en el que la relación de las personas con los otros y con la idea de futuro parece estar modificándose de manera profunda.
Desde una mirada psicoanalítica, la diferencia entre las pulsiones orientadas a la conservación individual y aquellas vinculadas con la continuidad de la especie permite analizar una de las principales transformaciones actuales: el deseo de trascender al individuo parece haber perdido fuerza frente a una cultura cada vez más centrada en el bienestar inmediato.
En Argentina, este fenómeno encuentra una expresión concreta en el descenso de los nacimientos. Según los datos citados en el análisis, la natalidad cayó alrededor de 47% durante la última década, una tendencia que también se observa en numerosos países del mundo.
Menos nacimientos y más individualismo
La explicación no puede reducirse exclusivamente a razones económicas. Si bien las condiciones materiales influyen en las decisiones reproductivas, la tendencia a no tener hijos también crece entre personas que cuentan con recursos suficientes.
En este contexto, el acceso a métodos anticonceptivos y a intervenciones de planificación familiar amplió considerablemente la posibilidad de decidir sobre la reproducción. La Ley 26.130 establece que, desde la mayoría de edad, las personas pueden acceder de manera gratuita y autónoma a métodos de anticoncepción quirúrgica, como la ligadura de trompas y la vasectomía.
La transformación no se limita a la reproducción. También alcanza la forma en que las sociedades contemporáneas piensan el futuro, los bienes que construyen y los vínculos que establecen.
La arquitecta Alicia Aletti, al analizar la construcción de la Diagonal porteña a comienzos del siglo XX, destaca una época caracterizada por la búsqueda de obras sólidas y duraderas, asociadas a una visión de futuro.
En contraste, el sociólogo Zygmunt Bauman describió el pasaje de una “modernidad sólida” a una “modernidad líquida”, marcada por la inmediatez, el consumo y una menor preocupación por la permanencia.
La diferencia también puede observarse en los bienes materiales. En otras épocas, el valor de una propiedad estaba estrechamente relacionado con su duración, solidez y capacidad de trascender a sus propietarios. Actualmente, el confort, la renovación constante y el disfrute inmediato adquieren un peso mayor.
Del consumo ostentoso al disfrute inmediato
El concepto de “consumismo ostentoso” desarrollado por Thorstein Veblen también adquiere un significado diferente en el presente.
A comienzos del siglo XX, la exhibición de riqueza estaba vinculada con la posesión de bienes duraderos y difíciles de destruir. Mostrar una propiedad, una construcción o un patrimonio constituía una manera de demostrar estabilidad y permanencia.
En la actualidad, en cambio, el consumo puede estar orientado hacia la capacidad de obtener satisfacción inmediata. La riqueza se expresa muchas veces en la posibilidad de gastar, experimentar y renovar rápidamente aquello que se posee.
Desde esta perspectiva, la tecnología no solamente acompaña el proceso de individualización, sino que puede profundizarlo.
Tecnología, sexualidad y aislamiento
Uno de los campos donde este cambio se hace especialmente visible es en la sexualidad. El desarrollo de las tecnologías reproductivas permitió separar progresivamente la reproducción de la relación sexual, mientras que el crecimiento de la pornografía digital modificó la manera en que muchas personas experimentan el deseo y el placer.
La pornografía no es un fenómeno nuevo. Existen representaciones sexuales desde la Antigüedad y su expansión moderna comenzó con la fotografía, el cine y posteriormente otros formatos audiovisuales.
Lo que cambió radicalmente en la era digital es la facilidad de acceso. Un teléfono celular o una computadora permiten acceder de manera inmediata a una enorme cantidad de contenidos sin necesidad de desplazarse, buscar espacios específicos o atravesar los antiguos obstáculos sociales asociados con su consumo.
Desde esta perspectiva, la pornografía dejó de funcionar exclusivamente como complemento de una relación sexual y, en algunos casos, puede convertirse en un sustituto del encuentro con otra persona.
El psicoanálisis ha advertido sobre las consecuencias que este tipo de consumo puede tener cuando se transforma en una conducta compulsiva. La exposición constante puede reforzar determinadas fantasías y generar dificultades para establecer vínculos sexuales y afectivos con un partenaire.
La cuestión central no sería solamente el consumo de pornografía, sino la posibilidad de que la tecnología termine reemplazando progresivamente el vínculo con el otro por una relación individual con una pantalla.
La inteligencia artificial y el temor a ser reemplazado
A este proceso se suma ahora un fenómeno de mayor alcance: la expansión de la inteligencia artificial.
La tecnología ya no solo permite acceder a contenidos, comunicarse o satisfacer necesidades individuales. También comenzó a realizar tareas que hasta hace poco dependían exclusivamente de conocimientos y capacidades humanas.
Esta transformación genera una nueva forma de incertidumbre: la posibilidad de que una persona sea desplazada por el mismo sistema tecnológico que contribuyó a desarrollar.
El problema puede resumirse en la experiencia de trabajadores que entrenan sistemas de inteligencia artificial para realizar determinadas tareas y luego enfrentan el riesgo de que esos sistemas terminen sustituyéndolos.
La paradoja es evidente: el trabajador aporta su conocimiento para construir una herramienta que posteriormente puede hacer innecesaria su propia intervención.
Un viejo conflicto que vuelve con nuevas formas
El temor a perder el empleo frente a una máquina no es nuevo. Durante los siglos XVII, XVIII y XIX, distintos grupos de trabajadores europeos destruyeron máquinas que consideraban responsables de la pérdida de puestos laborales.
Karl Marx analizó esos episodios y planteó una distinción fundamental: el problema no era necesariamente la máquina en sí misma, sino el uso que el sistema capitalista hacía de ella.
Los trabajadores reaccionaban contra tecnologías que percibían como una amenaza directa para sus condiciones laborales. Marx sostuvo que era necesario diferenciar la máquina de su utilización dentro de un determinado modelo económico.
La historia demuestra que el conflicto entre trabajo y tecnología atravesó diferentes etapas. Las protestas contra máquinas de hilar, telares, serrerías y otras herramientas industriales expresaron el temor de los trabajadores a ser desplazados.
Sin embargo, el escenario actual presenta una diferencia significativa.
De la explotación al descarte
En el modelo analizado, el problema contemporáneo ya no estaría limitado a la explotación del trabajador o a la apropiación de la plusvalía, sino a una posibilidad todavía más radical: que determinadas tareas humanas dejen directamente de ser necesarias.
La amenaza, entonces, pasa del trabajador mal remunerado al trabajador potencialmente descartado.
La inteligencia artificial introduce una transformación que puede afectar no solamente a empleos manuales o rutinarios, sino también a actividades profesionales y especializadas que requieren conocimientos, análisis y creatividad.
Esto genera una incertidumbre distinta a la de las anteriores revoluciones industriales. La pregunta ya no es únicamente cuánto valor produce una persona o cuánto recibe a cambio de su trabajo, sino si su trabajo continuará siendo necesario.
La transformación tecnológica también se conecta con el proceso de individualización señalado anteriormente. Si las tecnologías pueden reemplazar progresivamente tareas, vínculos y experiencias que antes requerían necesariamente la presencia de otros seres humanos, aumenta el riesgo de profundizar el aislamiento.
En este contexto, la amenaza de extinción adquiere un doble sentido: por un lado, aparece vinculada con el descenso de la natalidad y la menor voluntad de perpetuar la especie; por otro, con el temor de que el propio individuo pueda quedar desplazado por las herramientas que creó.
La discusión sobre inteligencia artificial, por lo tanto, no puede limitarse a sus beneficios económicos o a su capacidad para aumentar la productividad. También obliga a preguntarse qué lugar ocuparán los seres humanos en una sociedad donde cada vez más tareas pueden ser realizadas por sistemas automatizados.
El desafío consiste en evitar que el avance tecnológico termine debilitando aquello que sostiene la vida colectiva: los vínculos, el trabajo, la cooperación y la capacidad de proyectar un futuro común.
La paradoja del presente es que una sociedad que dispone de herramientas tecnológicas cada vez más poderosas puede, al mismo tiempo, experimentar una creciente sensación de fragilidad. La amenaza ya no proviene únicamente de la falta de recursos o de la explotación, sino también de la posibilidad de que aquello que las personas construyen termine volviéndose contra ellas.
En esa tensión entre autonomía y aislamiento, progreso y descarte, aparece uno de los grandes interrogantes de la época: cómo aprovechar la tecnología sin convertir al ser humano en un elemento prescindible de su propio futuro.
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