De los libros ilustrados a las novelas largas, el salto que aleja de la lectura

La lectura enfrenta un desafío clave alrededor de los 9 años, cuando muchos chicos abandonan esa actividad. Dos especialistas analizan qué pueden hacer las familias, las escuelas y el mundo editorial para sostener en los más chicos el placer de leer.

De los libros ilustrados a las novelas largas, el salto que aleja de la lectura

Voz alertó sobre la caída de las ventas de libros destinados a lectores chicos de entre 8 y 12 años.

Una investigación publicada por Vox sobre la caída de las ventas de libros destinados a lectores chicos de entre 8 y 12 años en Estados Unidos abrió un interrogante que supera las fronteras porque es algo que especialistas del resto del mundo también alertaron. ¿Están leyendo menos o los libros que se ofrecen ya no coinciden con sus formas de acercarse a las historias?

Según el informe, el descenso no comenzó con la pandemia, aunque se profundizó después de 2020. Desde hace más de una década, las ventas de esta categoría vienen retrocediendo y el impacto ya es visible en la industria: cerraron sellos especializados y algunos grandes grupos editoriales comenzaron a revisar sus catálogos infantiles.

La explicación más habitual apunta a las pantallas, los videojuegos, YouTube, la menor capacidad de concentración y el deterioro de los niveles de comprensión lectora. También influye una transformación de la vida cotidiana que hay que tener en cuenta y es que muchos chicos tienen cada vez menos momentos de ocio no estructurado, entre actividades escolares, deportes, clases y otras obligaciones. Pero la investigación introduce otra posibilidad. Tal vez una parte del problema no esté únicamente en los lectores, sino también en los libros que se les ofrecen.

El punto crítico parece ubicarse alrededor de los 9 años. Antes de esa edad, una proporción importante de los chicos declara leer por placer con frecuencia pero después ese porcentaje comienza a caer. Quienes investigaron esto notaron que justamente es en el momento en que se produce una transición editorial significativa: se pasa de libros breves, con capítulos cortos, ilustraciones y distintos apoyos visuales, a novelas más extensas, con grandes bloques de texto y menos imágenes. El cambio no es progresivo. Un niño acostumbrado a cuentos, series graduadas o libros con ilustraciones se encuentra de pronto frente a una novela de 300 o 400 páginas. Antes de abrirla, el propio volumen puede transmitir la idea de que demandará tiempo, concentración y esfuerzo.

Pero hay una señal que obliga a matizar la idea de que los chicos simplemente dejaron de leer. Durante la pandemia crecieron especialmente las ventas de libros ilustrados, novelas gráficas y manga. También ganaron espacio las novelas híbridas, con mensajes de texto, viñetas, recursos gráficos y distintas maneras de interrumpir grandes bloques de escritura.

Para profundizar en este debate, Hoy Día Córdoba habló con dos especialistas que ponen el foco en algo que excede la extensión o el formato de los libros: las condiciones en las que se construye el hábito lector. Laura Escudero, escritora, psicóloga y especialista en promoción de la lectura e integrante del Centro de Difusión e Investigación de Literatura Infantil y Juvenil (CEDILIJ), y Stella Navarro Cima, profesora y licenciada en Lengua y Literatura, analizan qué sucede en esa transición alrededor de los 8 y 9 años, el rol de las familias y las escuelas, el impacto de las pantallas y la necesidad de acompañar a las infancias en el acceso a lecturas cada vez más complejas.

Para Escudero, antes de pensar en las dificultades de los chicos es necesario revisar la mirada adulta sobre las infancias. “Para empezar esta conversación quisiera tener presente que nuestro punto de vista es adultocéntrico. Que reducimos el universo ‘las infancias’ a unas referencias generales, a una abstracción que opera como estereotipo, instalado entre otras cosas por el mercado como nicho de venta”, plantea.

Desde esa perspectiva, el descenso de la lectura por placer no puede explicarse únicamente por las características de los niños. También hay que observar el entorno cultural en el que crecen. En ese sentido, se hace preguntas clave: “¿Cuántos adultos leen por placer?, ¿nos ven esas infancias abandonarnos al placer de la lectura?, ¿de qué manera esos niños son acompañados al descubrimiento del placer de leer?”.

Las especialistas coinciden en que si no hay un hábito de lectura por parte de las familias, difícilmente los chicos quieran leer.

El vínculo con los libros no se construye únicamente a partir de la disponibilidad de ejemplares o de la capacidad individual para comprender un texto. También depende del valor que una comunidad le asigna a la lectura. “Es un asunto político: si una práctica pierde valor para su comunidad, se abandona. Somos parte del problema”, sostiene con firmeza.

La hipótesis de que los libros pueden haberse vuelto demasiado extensos para algunos lectores no implica, para la especialista, que la solución sea ofrecer textos cada vez más sencillos. “La lectura supone un trabajo arduo de concentración e imaginación. Una lo aborda porque hay una promesa de ganancia subjetiva, porque cree que hay algo que va a enriquecer la vida propia”, explica.

Por eso, frente a un texto desafiante, la pregunta no debería ser solamente si el libro resulta demasiado difícil para el niño, sino qué condiciones existen para acompañarlo en ese proceso. En ese punto, la especialista destaca la necesidad de acompañar sin convertir la lectura en una obligación mecánica: “Dar espacio como posición de escucha y de enigma. Acompañamos sin saber qué movimientos se producen en esos lectores, por convicción y confianza”.

Por su parte, la profesora Navarro Cima también pone el foco en el entorno, sobre todo en el hábito lector de los adultos y el lugar que ocupa la lectura en los hogares, y sostiene: “El principal problema es que los padres no leen. No hay hábito de lectura en los hogares, ni se generan tiempos y silencios necesarios de desconexión de ruidos externos para generar concentración en la lectura”.

Para ella, alrededor de los 8 o 9 años los chicos comienzan a identificar con mayor claridad los hábitos de los adultos que los rodean. “Los niños a esa edad ya se dan cuenta de que sus padres no leen, entonces para qué leer”, cuestiona.

La escuela, en ese escenario, podría funcionar como un espacio de compensación. “Si los padres no tienen el hábito, la escuela puede generarlo y llevar este hábito a los hogares a través de las niñas y los niños”, explica. Pero la docente advierte sobre la falta de políticas sostenidas de promoción de la lectura y de inversión en bibliotecas escolares.

Extensión a veces no significa complejidad

La extensión tampoco puede convertirse en una medida automática de complejidad. Una novela de pocas páginas puede exigir una lectura profunda, mientras que un libro extenso puede resultar narrativamente sencillo.

“Creo que esos formatos piden distintas posiciones de lectura, que conviven en un ecosistema complejo y diverso”, plantea Escudero. Y agrega: “No es tanto una cuestión del objeto de lectura como del sujeto que lee”. Por eso tampoco considera que los libros ilustrados sean necesariamente simples ni que las novelas extensas sean necesariamente complejas.

Navarro Cima coincide en que leer textos complejos siempre implicó un esfuerzo y que no existen atajos para desarrollar esa capacidad. “Siempre leer fue difícil y complejo, esto no es nada nuevo y no hay atajos que valgan”, afirma.

En su opinión, la lectura necesita tiempo, paciencia y concentración, además de muchas veces volver sobre lo leído. “Para leer textos complejos es fundamental la relectura, es la única que afianza la verdadera comprensión”, señala.

La docente cuestiona, en ese sentido, la lógica de velocidad que atraviesa buena parte de los consumos actuales: “No se lee rápido, menos a estas edades, se lee razonando paso a paso, se va y viene, porque leer es un proceso que invita a la reflexión, al aprendizaje, al uso de la memoria, al acceso a la cultura y a las distintas capacidades cognitivas”.

El lugar de las imágenes

Como contrapunto, se detectó un crecimiento del manga y las novelas gráficas, que dan una pista interesante: si los chicos hubieran perdido completamente el interés por las historias, esos formatos difícilmente hubieran encontrado tal respuesta.

Para Escudero, el fenómeno también obliga a pensar qué ocurre cuando los adultos dejan solos a los niños frente a determinados objetos culturales. “Hay una comodidad del mundo adulto, porque frente ciertos objetos de lectura algo pueden hacer los niños sin necesidad de que alguien se involucre y entre en la zona de ensoñación que abre la lectura”, plantea.

Cabe destacar que aunque sean diferentes a los libros, las imágenes pueden constituir otra forma de alfabetización y de construcción narrativa. Una novela gráfica obliga a interpretar simultáneamente palabras, secuencias, gestos, composición y elementos visuales.

El manga y las novelas gráficas han adquirido mayor relevancia.

Navarro Cima considera que la expansión de las pantallas también modificó las condiciones en las que se lee. “Esto lo está imponiendo el uso/abuso del celular que tiene una pantallita escasa que se completa con pocas palabras, no hay lugar para textos largos”, sostiene.

Según la docente, esa lógica de mensajes breves, imágenes y velocidad también influye sobre la manera en que las personas se relacionan con los textos. Por eso reivindica los tiempos de lectura profunda y la imaginación que se activa frente a un texto sin imágenes. “Leer sin imágenes lleva a hacer el trabajo de generar imágenes en nuestro cerebro de nuestra propia autoría, no está digerido por otros, no está resuelto, el desafío es resolverlo uno”, explica.

Al mismo tiempo, reconoce el valor de la historieta y del humor gráfico, formatos que formaron parte de su propia experiencia lectora. Menciona entre otros ejemplos a Mafalda, El Eternauta, Patoruzú, Isidorito Cañones y las obras de Horacio Altuna y Hugo Pratt.

El desafío de formar lectores

El mercado estadounidense ofrece una señal que puede resultar relevante también para otros contextos. ¿Qué ocurre entre los libros que acompañan el aprendizaje inicial de la lectura y las novelas que se espera que los chicos puedan abordar pocos años después? La respuesta no parece estar solamente en reducir la extensión de los libros ni en multiplicar las imágenes. Tampoco en atribuir a las pantallas toda la responsabilidad por la pérdida del hábito lector.

Para Escudero, la tarea consiste en recuperar las condiciones que permitan que la lectura se convierta en una experiencia deseable y significativa. Y en ese proceso, los adultos tienen una responsabilidad central, sobre la que destaca: “Muchísimos maestros, maestras, a contrapelo de un desinterés fuerte de esta sociedad por el cuidado amoroso, cada día, buscan la manera de abrir esta realidad plana y pragmática que nos lleva puestos y ofrecer caminos para que sus estudiantes se inicien como lectores complejos y críticos”.

Navarro Cima, por su parte, advierte que la formación de lectores es especialmente importante en un escenario atravesado por la inteligencia artificial y las nuevas tecnologías. “Esto es urgente ahora que no los van a dejar pensar porque la IA les va a querer resolver todo”, plantea.

En esa tensión aparece quizás el verdadero desafío. No se trata solamente de conseguir que un niño termine una novela de 300 páginas, sino de que pueda sostener una pregunta, imaginar lo que no está dicho, recordar lo leído, volver atrás, establecer conexiones y construir una interpretación propia.

El descenso de las ventas del middle grade puede ser, entonces, una señal para las editoriales. Pero también puede ser una oportunidad para revisar qué entendemos por lectura infantil y qué esperamos de los lectores. Quizás los chicos no estén abandonando las historias. Quizás estén buscando otras puertas de entrada. Y esas puertas pueden tener ilustraciones, viñetas, humor, capítulos breves o formatos híbridos. Pero también pueden conducir, con el acompañamiento adecuado, hacia textos cada vez más complejos.

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