El Monotributo sentencia a los trabajadores a un retiro de subsistencia en Argentina

Actualmente 4,7 millones de personas sostienen su economía bajo una figura que toca máximos históricos pero esconde una realidad estructural sombría.

Monotributo

Quien aporta al monotributo durante toda su vida, sin importar si escala hasta la categoría más alta, accede únicamente a la jubilación mínima.

En Argentina, el régimen simplificado para pequeños contribuyentes (monotributo) ya no representa una escala hacia el crecimiento, sino que funciona como un refugio de supervivencia. Actualmente, más de 4,7 millones de personas sostienen su economía bajo esta figura, una cifra que toca máximos históricos y refleja la transformación del mercado laboral. Sin embargo, el dato esconde una realidad estructural sombría: el 85% de estos trabajadores permanece estancado en las categorías más bajas. Para la gran mayoría, el monotributo es la formalización de la precariedad.

La dinámica del sistema impone fronteras rígidas. El trabajador independiente debe vigilar sus ingresos brutos anuales con el temor de saltar al régimen general. Hoy, el techo máximo de facturación para no quedar excluido se ubica en los 108 millones de pesos anuales. Si el contribuyente supera ese monto ingresa automáticamente al mundo del Responsable Inscripto. Allí, el escenario cambia de forma drástica: el pago unificado desaparece y surgen el IVA, el Impuesto a las Ganancias y los aportes autónomos.

Para muchos profesionales, este salto constituye un abismo financiero. En las categorías más altas, el pago mensual puede superar el millón de pesos, una cifra que muchas veces empuja al contribuyente a preferir el régimen general por una cuestión de costos, aunque pierda la comodidad de la cuota fija. A esto se suman las presiones provinciales y municipales, como Ingresos Brutos, que drenan la capacidad de ahorro de quienes trabajan por su cuenta.

El horizonte de retiro tampoco ofrece consuelo. Quien aporta al monotributo durante toda su vida, sin importar si escala hasta la categoría más alta, accede únicamente a la jubilación mínima (hoy es de $ 380.319,31 más $ 70.000 de de un bono mensual que no aumenta desde hace dos años). Esta falta de incentivos genera un círculo vicioso donde el trabajador se siente ahorcado por un Estado que cobra puntualmente cada mes, pero que devuelve prestaciones básicas. Así, el sueño de la independencia laboral choca contra parámetros de energía eléctrica, metros cuadrados y topes de facturación que parecen diseñados para mantener al profesional en un estado de alerta permanente, más preocupado por no quedar excluido que por expandir su horizonte productivo.

Monotributista en primera persona

“Soy un profesional de 50 años, monotributista y sostén de una familia que incluye a mi hija pequeña y a mi madre de 90 años. Aunque hoy nuestros ingresos familiares rondan los cuatro millones de pesos y tenemos casa propia, la capacidad de ahorro se esfumó y el futuro se transformó en una cuenta regresiva que me carcome la cabeza. Mi mayor deseo hoy es garantizarle a mi hija un techo y un resguardo económico para que curse sus estudios universitarios con la misma tranquilidad que me brindaron mis padres, pero la realidad económica actual proyecta para mi jubilación un haber de miseria que me obliga a vivir pensando a diecisiete años vista”, le cuenta a Hoy Día Córdoba Mariano, uno de los 4.700.000 monotributistas que tiene el país.

Esta incertidumbre constante me impide habitar el presente y afecta mi salud mental y el clima familiar. Me paso los días sacando cuentas, multiplicando meses y años para entender cuánto dinero necesitaré para no caer en la pobreza absoluta cuando deje de ser productivo. Me preocupa perder vigencia ante el avance tecnológico y me angustia no saber en qué invertir lo poco que junto sin que otra crisis cíclica lo haga desaparecer. Siento que formo parte de una generación de profesionales universitarios que hoy trabaja bajo un régimen laboral que nos condena a la precariedad. Hoy vivo nervioso para intentar una tranquilidad mañana que ni siquiera sé si llegará”, agrega Mariano, comunicador social en una empresa de Córdoba.

El testimonio de Mariano no es un caso aislado, sino el síntoma de una fractura social silenciosa. En Argentina, el esfuerzo profesional dejó de ser una garantía de ascenso para transformarse en una estrategia de resistencia frente a un sistema que penaliza el crecimiento y ofrece un retiro de subsistencia. Cuando el proyecto de vida de un trabajador universitario se reduce a la ingeniería contable para no caer en la pobreza, lo que entra en crisis no es solo un régimen tributario, sino el contrato básico de movilidad que alguna vez definió a la clase media argentina. Hoy, la independencia laboral se parece demasiado a una condena a la incertidumbre, donde el presente se sacrifica por un mañana que, lejos de ser un premio, se percibe como una amenaza.

La presión de ser el sostén de hijos y padres al mismo tiempo

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