Un nuevo desafío ético para la humanidad

Una mirada sobre la vertiginosa revolución tecnológica de la IA y la prevención posible de daños irreparables.

Un nuevo desafío ético para la humanidad

El 9 de septiembre de 1997, cuando se imprimió el ejemplar número 1 de Hoy Día Córdoba, faltaban exactamente 9 años para que Facebook se convirtiera en una plataforma abierta para ser utilizada sin restricciones por quien quisiera crear allí su propio perfil.

En septiembre de 2006 Mark Zuckerberg inició la era de las redes sociales al convertir aquel sitio, que desde 2004 sólo podía ser utilizado por estudiantes universitarios, en un espacio abierto a la comunidad de internet. A partir de allí se pondría en marcha una carrera desenfrenada por capturar y mantener la atención de los usuarios, tanto en esa red como en las demás propuestas que la sucedieron, entre las que se destacan YouTube, Instagram, Snapchat y TikTok.

Veinte años más tarde, en agosto de 2026, el propio Mark acordó en los tribunales estadounidenses que su empresa, ahora llamada Meta, pague hasta U$s 18.000 millones para cerrar un juicio por una demanda colectiva que la acusó de desarrollar productos adictivos y dañinos, fundamentalmente para los menores.

Si bien la compañía rechazó las acusaciones, aceptó realizar ese desembolso que, aunque parezca cuantioso, es una pequeña porción de los ingresos anuales de la organización. Pero lo realmente importante, más allá del dinero involucrado, es que este acuerdo confirma no sólo que las redes sociales han provocado daños emocionales, en la autoestima y la calidad de vida de al menos tres generaciones, sino que así fueron diseñadas intencionalmente e incluso ante las evidencias de efectos nocivos que arrojaron sus propios estudios, se negaron sistemáticamente a modificarlas.

Por estos días hubo quienes se consolaron recodando que en el siglo pasado las tabacaleras tardaron 60 años en admitir que había una relación de causalidad entre fumar cigarrillos y desarrollar tumores cancerígenos. En sintonía con ese recuerdo, otros se entusiasmaron imaginando un futuro cercano en el cual ver una persona atrapada por el scrolling infinito de su pantalla resulte tan cuestionable como ver a alguien encendiendo un cigarrillo en un ambiente cerrado.

Tanto o más preocupante resulta escuchar hoy las voces de los especialistas que están advirtiendo a los líderes de la humanidad sobre la velocidad que ha tomado la carrera por desarrollar sistemas autónomos de inteligencia artificial. Más allá de las distopías apocalípticas que agitan los fantasmas de Terminator, lo cierto y tangible es que el mercado laboral no tiene la capacidad de adaptarse al ritmo vertiginoso de evolución que impone la competencia entre quienes lideran los mega desarrollos de IA.

Como sucedió con el tabaco y las redes, ¿tendremos que sufrir las consecuencias de priorizar el negocio por sobre el bienestar de la humanidad?

¿Será ese el tema del suplemento por los 30 años de Hoy Día Córdoba que celebraremos en 2027? Es ciertamente probable.

Estamos a tiempo de evitar ese futuro, pero debemos recuperar la consciencia del poder organizador y dignificante del empleo formal de calidad. Acordar en que manejar un Uber no es tener trabajo. Algo que saben hasta sus propios creadores que ya lanzaron sus coches de alquiler autónomos que prescinden del conductor.

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