Día Mundial de las Abejas, el insecto más importante del planeta que está en peligro

Sin las abejas, cerca de un tercio de los alimentos que llegan a nuestra mesa desaparecerían. Hoy se celebra una efeméride que nació para recordar que la extinción de estos insectos no es solo un problema ecológico: es una amenaza directa a la supervivencia humana.

Día Mundial de las Abejas, el insecto más importante del planeta que está en peligro

Foto de archivo.

Cada 20 de mayo, no es una conmemoración caprichosa. La fecha fue declarada Día Mundial de las Abejas por la Organización de las Naciones Unidas mediante la Resolución A/C.2/72/L.32, aprobada el 18 de octubre de 2017, a propuesta de Eslovenia. El país europeo eligió este día en particular porque coincide con el nacimiento de Anton Janša, el apicultor eslovaco del siglo XVIII considerado pionero de las técnicas modernas de apicultura. La iniciativa llegó avalada también por la FAO, que ya había comenzado a alertar sobre la crisis silenciosa que atraviesan los polinizadores.

Un trabajo titánico en un cuerpo diminuto

Las abejas llevan presentes en la Tierra aproximadamente 50 millones de años, mucho antes de que el ser humano apareciera en escena, hace no más de 600.000 años. En todo ese tiempo, lejos de desaparecer, se adaptaron a climas extremos, modificaron conductas y establecieron con las plantas una de las alianzas más extraordinarias que registra la biología.

Hoy se estiman unas 20.000 especies de abejas en el mundo, agrupadas en siete familias. La más conocida es la Apis mellifera, la abeja doméstica productora de miel, pero el 85% de las especies viven en solitario, sin colmenas ni reinas, construyendo nidos en el suelo, en troncos o en tallos de plantas, y pasando completamente desapercibidas para la mayoría de las personas.

La función central de todas ellas, sin embargo, es la misma: polinizar. Cuando una abeja visita una flor en busca de néctar, carga inadvertidamente granos de polen en su cuerpo, especialmente en estructuras de sus patas traseras llamadas escopas, y los transporta hacia otras flores. Ese mecanismo, multiplicado por millones de vuelos diarios, es lo que permite la reproducción de la mayor parte de plantas con flor del planeta.

Los números son contundentes: las abejas silvestres polinizan entre el 85 y el 94% de la vegetación natural del mundo, y el 75% de los cultivos que los seres humanos consumen dependen de este proceso. En México, por ejemplo, se calcula que el 85% de las frutas y semillas que se consumen requieren de polinizadores. Sin abejas, los árboles frutales, las hortalizas, el algodón, el trébol y decenas de cultivos más simplemente no producirían.

Una sociedad perfectamente organizada

Dentro de una colmena, la organización social es tan sofisticada que desde la antigüedad fue tomada como modelo de comunidad. Una sola reina, que puede vivir hasta cinco años, garantiza la reproducción, pero depende completamente de las obreras para alimentarse y sobrevivir.

Las obreras, todas hembras, se turnan en funciones que van cambiando a lo largo de su vida: nodrizas que cuidan las larvas, constructoras que fabrican los panales con cera producida en su propio abdomen, guardianas que defienden la entrada de la colmena, ventiladoras que regulan la temperatura interna, las crías necesitan entre 34 y 36°C para desarrollarse, y, finalmente, pecoreadoras que salen al campo a buscar néctar, agua, polen y propóleos. Los zánganos, los únicos machos, existen exclusivamente para fecundar a la reina; en otoño, las obreras los expulsan de la colmena para que mueran fuera.

La comunicación entre ellas es igual de asombrosa: cuando una exploradora encuentra una fuente de alimento, regresa a la colmena y ejecuta una danza que informa a sus compañeras la dirección y la distancia exacta del hallazgo.

La historia de una relación milenaria

 Las primeras representaciones conocidas de recolección de miel datan de alrededor del año 6.000 a.C., pintadas en las paredes de la Cueva de la Araña, en Bicorp, Valencia. Los egipcios perfeccionaron técnicas apícolas que quedaron registradas en bajorrelieves; la abeja formaba parte del nombre del faraón, «Nesu-bity», que significa «del junco y de la abeja», y su jeroglífico también quería decir «buena acción».

En la Grecia antigua, según la tradición, las abejas eran las únicas criaturas que podían entrar en la cueva sagrada donde alimentaban al pequeño Zeus. Los romanos, por su parte, dejaron escritos detallados sobre el manejo de las colmenas y las propiedades medicinales de sus productos.

La Apis mellifera llegó al continente americano recién en 1622, traída por los colonizadores europeos. En Cuba, la introducción se produjo en 1763; en Ecuador, las primeras colmenas llegaron desde Francia de la mano de los Hermanos Cristianos en 1870, instalándose primero en Cuenca.

Un enemigo con muchas caras

Sin embargo, la especie que sobrevivió decenas de millones de años se enfrenta hoy a una amenaza que podría resultar fatal: el ser humano.

El cambio climático altera los ciclos de floración y genera sequías e inundaciones que dejan a las abejas sin fuentes de alimento, debilitando su sistema inmune y volviéndolas más vulnerables a enfermedades. Los insecticidas neonicotinoides, utilizados masivamente en la agricultura industrial, son absorbidos por las plantas y se concentran en el néctar y el polen; al consumirlos, las abejas sufren desorientación, pérdida de memoria y muerte.

Tres de estas sustancias (clotianidina, imidacloprid y tiametoxam) fueron prohibidas para uso al aire libre en la Unión Europea tras años de evidencia científica. Un estudio global detectó trazas de neonicotinoides en el 75% de las muestras de miel analizadas en todo el mundo.

A estos factores se suma la llegada de la Vespa velutina, el avispón asiático, a Europa, una especie invasora que devora abejas melíferas a razón del 50 al 80% de su dieta en ciertos períodos del año, y que desde su aparición accidental en Francia en 2004 ha colonizado prácticamente todo ese país y avanza por España, Portugal, Italia y Bélgica. El parásito Varroa destructor, un ácaro que se alimenta de la hemolinfa de las abejas y debilita sus colonias, es considerado hoy la enfermedad apícola más destructiva del mundo.

El resultado de esta combinación de amenazas es alarmante: en Europa desaparece entre el 20 y el 35% de las abejas cada año; en Estados Unidos, la cifra trepa al 50%.

Aún estamos a tiempo

La buena noticia es que la emergencia está siendo reconocida. Puerto Rico aprobó en 2016 la Ley de Protección y Preservación de los Polinizadores. Francia prohibió los neonicotinoides mediante legislación propia. Colombia y el estado mexicano de Jalisco cuentan con leyes específicas de fomento apícola. La Unión Europea avanza hacia una directiva de protección de los polinizadores. Y cada 20 de mayo, la fecha que recuerda al apicultor esloveno que vivió en el siglo XVIII, y el mundo vuelve a preguntarse si está haciendo lo suficiente por preservar esta especie.

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