Día Mundial de los Océanos: la historia y el futuro de la humanidad

Desde los primeros navegantes que se aventuraron en sus aguas hasta la crisis contemporánea de los plásticos, el mundo conmemora hoy el papel vital de las masas de agua que cubren el 71% del planeta y exigen una protección urgente.

Día Mundial de los Océanos: la historia y el futuro de la humanidad

Cada 8 de junio, el Día Mundial de los Océanos recuerda que el equilibrio del planeta depende en gran medida de la salud de los mares, hoy amenazados por la contaminación, el cambio climático y la sobreexplotación de sus recursos.

Hoy, 8 de junio, el planeta se detiene para reconocer a sus mayores gigantes: los océanos. Esta efeméride no es un simple recordatorio en el calendario, sino un llamado a la supervivencia de la biosfera más grande de la Tierra, responsable de generar la mitad del oxígeno que respiramos, de absorber el 25% de todas las emisiones de dióxido de carbono y de sustentar la alimentación de más de 3.000 millones de personas en todo el mundo.

El nacimiento de una conciencia global

Aunque la relación del ser humano con el mar es milenaria, el origen formal de este día es relativamente reciente. La iniciativa fue impulsada originalmente por el gobierno de Canadá en 1992, durante la histórica Cumbre de la Tierra celebrada en Río de Janeiro.

Sin embargo, no fue hasta el 5 de diciembre de 2008 cuando la Asamblea General de las Naciones Unidas, mediante su Resolución 63/111, estableció oficialmente el 8 de junio como Día Mundial de los Océanos. Desde 2009, la conmemoración se celebra de manera formal en todo el planeta, coordinada actualmente por las organizaciones «Ocean Project» y «World Network».

El entonces Secretario General de la ONU, Ban Ki-moon, resumió el espíritu de esta fecha con claridad: la celebración brinda la oportunidad de reflexionar sobre la importancia de los océanos para el desarrollo sostenible de la humanidad y de reconocer los numerosos y graves problemas que los afectan.

Una historia tan antigua como la humanidad misma

Los océanos no son apenas un telón de fondo de la historia humana: son su protagonista silencioso. Cubren más del 70% de la superficie terrestre y albergan cerca del 80% de toda la vida del planeta. Durante siglos, sus corrientes guiaron exploraciones, conectaron civilizaciones, impulsaron el comercio y permitieron el intercambio cultural entre pueblos distantes. Hoy, el 90% del tráfico comercial internacional todavía transcurre por sus aguas.

Desde el punto de vista ecológico, los océanos conforman lo que la ciencia denomina «provincias bióticas». Ecosistemas de una riqueza incalculable donde la producción de vida comienza con el fitoplancton, organismos unicelulares que generan el oxígeno que respiramos y que alimentan una cadena trófica de complejidad asombrosa: del zooplancton a los crustáceos, de los peces pequeños a los grandes depredadores, de los mamíferos marinos al ser humano.

Son, además, reguladores del clima global, distribuyendo el calor solar, alimentando el ciclo hidrológico y amortiguando el impacto del cambio climático.

Los problemas que amenazan el corazón del planeta

Sin embargo, ese mismo mar que ha sostenido civilizaciones durante milenios atraviesa hoy una crisis sin precedentes, producto de décadas de explotación irracional y contaminación descontrolada.

La amenaza plástica: un enemigo ubicuo

Entre todos los problemas que acechan a los océanos, la contaminación por plásticos se ha convertido en la más devastadora. Cada año, aproximadamente ocho millones de toneladas de plástico son vertidas en los mares del mundo.

Los plásticos representan al menos el 85% del total de los desechos marinos, según datos del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA). La ONU advirtió hace años que, de no revertirse la tendencia, para 2050 habrá más plástico que peces en los océanos.

El problema no se limita a lo visible. Con el tiempo, los residuos plásticos se fragmentan bajo la acción del sol, el viento y las olas, convirtiéndose en microplásticos: partículas invisibles que se infiltran en la cadena alimentaria, son ingeridas por peces, crustáceos y aves marinas, y terminan, inevitablemente, en la mesa de los consumidores.

Las micropartículas están presentes incluso en productos cosméticos de uso diario, exfoliantes, geles de ducha, pastas de dientes, y son tan diminutas que los sistemas de tratamiento de agua no logran filtrarlas, terminando así en ríos, lagos y océanos.

La pandemia de COVID-19 agravó aún más esta situación. El uso masivo de elementos descartables, mascarillas, guantes, trajes de protección, sumó toneladas adicionales de desechos plásticos a los ya saturados mares del planeta.

Las islas de plástico

La acumulación de residuos arrastrados por las corrientes y los vientos ha dado lugar a uno de los fenómenos más perturbadores de nuestra época: las llamadas «islas de plástico». Hasta el momento, se han identificado cinco de estas manchas en los distintos océanos del planeta.

Foto de archivo de la Isla de plástico mas extensa en el océano pacifico.

La más extensa, ubicada en el Pacífico Norte entre las costas de California y Hawái, se estima que puede alcanzar entre 700.000 y 15 millones de kilómetros cuadrados, concentrando alrededor de 100 millones de toneladas de basura.

Las otras cuatro se localizan en el Pacífico Sur, el Atlántico Norte, el Atlántico Sur y el Océano Índico. La conclusión es contundente: en la actualidad, no existe un solo océano limpio y libre de contaminantes.

La sobreexplotación pesquera: extraer más de lo que el mar puede reponer

La contaminación no es el único flagelo. La extracción masiva e incontrolada de recursos marinos ha llevado a un desequilibrio grave: el 30% de las pesquerías mundiales están sobreexplotadas, mientras que el 50% se encuentran completamente explotadas.

La ONU estima que el 90% de las grandes especies marítimas de peces han sido mermadas. La pesca industrial no regulada está llevando a la extinción de algunas especies y destruyendo los ecosistemas que las sustentan, incluyendo los arrecifes de coral, de los cuales ya se ha perdido un 20% y otro 20% se encuentra seriamente degradado.

El cambio climático y la degradación ambiental

A estos factores se suma el impacto del cambio climático. El aumento de la temperatura y la acidificación de las aguas, el deshielo de los polos y la alteración de las corrientes marinas amenazan con transformar de manera irreversible la estructura y el funcionamiento de los ecosistemas oceánicos.

Unos 70.000 km² de aguas ya son consideradas «zonas muertas» por falta de oxígeno. El 80% de la contaminación marina tiene su origen en actividades terrestres: en muchos países, las aguas residuales urbanas y los desechos industriales siguen siendo vertidos al mar sin tratamiento alguno.

Foto de archivo de una «zona muerta» en el golfo de México.

La respuesta internacional: marcos legales y voluntad política

Frente a este panorama, la comunidad internacional ha intentado articular respuestas. El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) coordina el Programa Regional de Mares, el único marco legal global para la protección de los océanos a nivel regional.

La Organización Marítima Internacional (OMI) regula la industria naviera y promueve medidas de eficiencia energética para reducir las emisiones del transporte marítimo. La Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar, firmada por 150 Estados, constituye lo que se denomina la «Constitución de los océanos».

En el marco de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), el ODS 14, «Vida submarina», establece metas concretas: reducir la contaminación marina, proteger ecosistemas costeros y marinos, minimizar la acidificación, poner fin a la pesca ilegal y aumentar la inversión en ciencia y tecnología oceánica.

Sin embargo, los analistas advierten que los intereses económicos de las naciones siguen obstaculizando el cumplimiento efectivo de estos compromisos. El Convenio MARPOL para prevenir la contaminación por buques, vigente desde 1973, es incumplido por más del 40% de las embarcaciones de bandera comunitaria, según datos disponibles.

Un llamado que no puede esperar

Los expertos son unánimes: alterar el funcionamiento de los océanos equivale a amenazar la biodiversidad entera del planeta. Cada tonelada de plástico que llega al mar, cada especie que desaparece por la sobrepesca, cada grado que sube la temperatura del agua es un paso más hacia un punto de no retorno.

La solución exige una acción y cuidado en múltiples frentes: educación ambiental desde la infancia, legislación más estricta y efectiva, responsabilidad empresarial, y una ciudadanía global que comprenda que no arrojar plásticos al mar no es un gesto menor, sino un acto de supervivencia colectiva.

En un contexto de crisis climática global, el mensaje de esta jornada adquiere una dimensión cada vez más urgente: proteger los océanos ya no es solo una cuestión ambiental. Es una condición indispensable para garantizar el futuro de la vida, la alimentación, la economía y la salud de las próximas generaciones.

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