El futuro dejó de ser lo que era

La dificultad para acceder a una vida estable y la pérdida de confianza en el futuro alimentan el malestar social y el rechazo a los gobiernos.

El futuro dejó de ser lo que era

Durante buena parte del siglo XX existió una idea bastante sencilla de lo que significaba progresar. Estudiar, conseguir un trabajo relativamente estable, alquilar primero, comprar una casa después, tener un auto, formar una familia y, con el tiempo, mejorar la situación de los padres. No necesariamente era fácil, pero formaba parte del horizonte de lo posible. Para muchos jóvenes esa secuencia se volvió mucho más difícil.

La vivienda se encareció, los salarios no acompañaron del mismo modo, los trabajos estables se hicieron menos frecuentes y la independencia económica empezó a llegar más tarde. No desapareció la clase media, pero sí se volvió más incierta la idea de que cada generación viviría mejor que la anterior. Eso conecta con el malestar general y la sensación colectiva de que hoy nadie está contento con quién es, que hace ni quien lo gobierna.

Quizás una de las claves del malestar contemporáneo esté en esa distancia entre las expectativas y las posibilidades. Una generación puede tener más años de educación, mayor acceso a información y más herramientas tecnológicas que sus padres y, al mismo tiempo, sentir que algunas de las cosas que ellos consiguieron con relativa normalidad se volvieron mucho más difíciles. La casa propia, la estabilidad laboral, formar una familia, ahorrar, tener tiempo libre. Cada una de esas cosas parece requerir hoy más esfuerzo, más dinero o más suerte.

Eso también modifica la relación con el futuro. Cuando una persona sabe que dentro de diez años probablemente podrá vivir mejor que hoy, puede aceptar sacrificios en el presente. Estudia, trabaja, ahorra, espera. Cuando esa expectativa desaparece, el sacrificio pierde parte de su sentido. El futuro deja de funcionar como recompensa y empieza a parecer una amenaza incierta.

Tal vez ahí haya una parte del malestar político que atraviesa a prácticamente todas las democracias occidentales. Las sociedades pueden soportar dificultades durante mucho tiempo cuando conservan la sensación de que esas dificultades son transitorias. Resulta mucho más difícil cuando empiezan a percibir que el esfuerzo cotidiano ya no alcanza para acceder a una vida que durante décadas fue considerada normal.

Un dato muy ilustrativo de esta situación es que si repasamos las últimas 30 elecciones latinoamericanas, solo ocho oficialísimos reeligieron, es decir, en veintidós triunfó la oposición. Incluso dentro de esas ocho excepciones hay varios casos discutibles o atravesados por fuertes cuestionamientos (Venezuela o El Salvador, por ejemplo). Si se toman únicamente las elecciones competitivas, los ejemplos claros de continuidad son todavía menos. En muchas de esas elecciones aparecieron candidatos que llegaron desde los márgenes del sistema político, outsiders capaces de canalizar un malestar que los partidos tradicionales ya no conseguían representar.

La alternancia se convirtió así en una forma de expresar el descontento. Votar contra el gobierno de turno empezó a funcionar como una respuesta bastante extendida frente a la sensación de que el esfuerzo cotidiano no alcanza para sostener las expectativas de vida que durante décadas parecían razonables.

A la incertidumbre económica se suma otra, mucho más difícil de medir, vinculada con la tecnología. Durante buena parte del siglo XX, el progreso tecnológico estaba asociado a la promesa de que las máquinas harían más sencillo el trabajo y mejorarían las condiciones de vida. Hoy esa relación resulta bastante más ambigua. La inteligencia artificial, la automatización y la transformación permanente de los mercados laborales hacen difícil saber qué profesiones tendrán valor dentro de diez o veinte años, qué habilidades seguirán siendo necesarias y cuánto tiempo podrá durar un empleo tal como lo conocemos.

Una persona puede estudiar durante años para una profesión y descubrir que, cuando finalmente ingresa al mercado laboral, buena parte de las tareas que aprendió a realizar están siendo automatizadas. La tecnología ofrece posibilidades extraordinarias, pero también introduce una sensación de inestabilidad permanente. Incluso quienes tienen acceso a más información y herramientas que cualquier generación anterior pueden sentir que están construyendo su vida sobre un terreno que cambia demasiado rápido.

Al mismo tiempo, también hay una crisis de imaginación política. Las grandes ideologías que organizaron el siglo XX podían ser discutidas, rechazadas o consideradas equivocadas, pero tenían una idea relativamente clara del futuro que querían construir. Buena parte de la política occidental contemporánea parece tener más dificultades para formular una imagen convincente de cómo debería ser la vida dentro de veinte o treinta años. Las discusiones se concentran en administrar problemas inmediatos, redistribuir recursos cada vez más escasos, regular nuevas tecnologías o defender identidades políticas y culturales.

Mientras tanto, la tecnología modifica aceleradamente el trabajo, las relaciones sociales y las ciudades, pero el debate político muchas veces continúa utilizando categorías pensadas para otro mundo. Quizás una parte de la frustración contemporánea provenga también de ahí. Hay muchas herramientas para transformar el futuro, pero pocas ideas capaces de decir con claridad qué futuro queremos.

Durante mucho tiempo, la historia de la clase media estuvo asociada a una idea sencilla de que los hijos vivirían un poco mejor que sus padres. Esa expectativa fue una de las grandes fuerzas culturales de las sociedades occidentales durante el siglo XX. Hoy resulta bastante más difícil darla por sentada.

Ya entradas casi tres décadas del siglo XXI, una vida estable, que durante décadas fue presentada como una aspiración razonable para quien estudiaba, trabajaba y ahorraba, empieza a parecer un privilegio. Y cuando una sociedad llega a ese punto, inevitablemente comienza a preguntarse qué ocurrió con la promesa de progreso.

 

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