Desde Córdoba, Portugal puede parecer un país lejano, eclipsado entre la gravitación de España y el peso continental de Brasil. Sin embargo, las recientes elecciones presidenciales ofrecen una excusa pertinente para asomarse a una democracia europea de larga densidad histórica y peso institucional moderado, pero hoy atravesada por tensiones conocidas.
Portugal es un país pequeño en tamaño, pero con una identidad tempranamente afirmada. Como nación surge en la primera formación ibérica, bajo influjos romanos, visigodos, moros y españoles. Consolidado como Estado en el siglo XII y con fronteras estables desde el XIII, forjó su cultura y su lengua mientras construía un vasto imperio ultramarino. Aquella expansión -que abarcó territorios en América, África y Asia en las centurias siguientes- contrastó con una decadencia acelerada en los siglos XIX y XX. La caída de la monarquía en 1910 dio paso a una república frágil que derivó, en 1932, en la prolongada dictadura del Estado Novo, encabezada por António de Oliveira Salazar y continuada por Marcelo Caetano hasta 1974.
Ese régimen autoritario, aislacionista y anticomunista, garantizó orden y continuidad, pero a costa de un atraso económico relativo y de una obstinación colonial que desentonaba con la Europa de posguerra. La Revolución de los Claveles puso fin a la dictadura e inauguró un proceso de transición complejo, atravesado por una fuerte movilización social, disputas políticas y tensiones militares. El temor a una deriva radical -en un contexto de transiciones paralelas en España y Grecia- preocupó seriamente a Europa occidental y a los Estados Unidos.
La salida institucional se consolidó con las elecciones constituyentes de 1975, primer sufragio verdaderamente universal en la historia portuguesa, y con la Constitución de 1976. Desde entonces, el país encontró un cauce relativamente estable, reforzado por el ingreso a la actual Unión Europea en 1986. Socialistas y socialdemócratas se alternaron en el gobierno, construyendo consensos básicos y una cultura política moderada.
El sistema bajo presión
Ese equilibrio, sin embargo, comenzó a erosionarse en la última década. El estancamiento socioeconómico, los problemas estructurales del sistema de salud, el encarecimiento de la vivienda y una seguidilla de denuncias por corrupción y tráfico de influencias -incluida la renuncia del ex primer ministro António Costa (actual presidente del Consejo Europeo) en 2024 y la moción de censura impulsada por Chega contra el actual premier Luís Montenegro en 2025- deterioraron la confianza ciudadana en los partidos tradicionales.
La fragmentación se expresó con fuerza en la Asamblea de la República (poder legislativo, unicameral). Por primera vez desde 1974, una fuerza populista de derecha radical como Chega logró una presencia significativa en 2022, duplicando sus votos en 2025, cuando alcanzó 60 bancas. El sistema de partidos tradicional, dejó de ser completamente previsible.
En ese contexto se desarrollaron las elecciones presidenciales. Aunque el presidente portugués tiene un rol principalmente institucional -siendo el primer ministro o jefe de gobierno la autoridad que define la agenda-, la elección adquiere específica dimensión política. Sin posibilidad de reelección para Marcelo Rebelo de Sousa, los sondeos anticipaban un escenario abierto y una segunda vuelta casi inevitable, algo excepcional en la historia reciente (sólo ocurrió en 1986, con triunfo del socialista Mario Soares).
Los resultados confirmaron la dispersión. El socialista António José Seguro obtuvo el 31% de los votos, seguido por el líder de Chega, André Ventura, con el 23,5%. Ninguno alcanzó el umbral del 50%, por lo que competirán en balotaje el próximo 8 de febrero. Detrás quedaron Joao Cotrim de Figueiredo (liberal), con un 16%; el independiente Henrique Gouveia e Melo, con el 12%; y Luís Marques Mendes, respaldado por el oficialismo, con un decepcionante 11%. En el arco de la izquierda, todas las opciones combinadas apenas superaron el 4%.
Seguro representa un perfil moderado, con experiencia ministerial en los gobiernos de António Guterres. Ventura, en cambio, capitaliza el malestar con consignas provocadoras y un discurso que relativiza el pasado autoritario. El debate electoral fue pobre en ideas y eslóganes (“Futuro Seguro” y “No somos Bangladesh” son un buen ejemplo), reflejo de una política desgastada.
La participación alcanzó el 55,7% del padrón, 16 puntos más que en 2021. Resta saber si ese involucramiento se mantendrá o crecerá en la segunda vuelta, si el debate permitirá mostrar una versión más pulida de los candidatos (con necesarios posicionamientos internos e internacionales) y hacia dónde migrarán los votantes de las fuerzas eliminadas.
El 8 de febrero no se resolverán todos los interrogantes, pero sí se ordenarán. En un país donde la democracia fue una conquista tardía y dificultosa, el voto vuelve a funcionar como termómetro de confianza institucional. Portugal decidirá, más allá de un candidato, hasta dónde su cultura política moderada sigue siendo un dique eficaz frente al desencanto, la simplificación y la nostalgia autoritaria.
En ese sentido, la patria de Magallanes, Pessoa y CR7 aparece como un espejo menor, pero nítido, del estado de ánimo europeo: sociedades cansadas, democracias estables pero erosionadas, electorados que ya no votan por adhesión a plataformas estables en sistemas bipartidistas tradicionales. Parafraseando al maestro García, la incertidumbre no es sólo portuguesa.
