¿Y si probamos al revés?

El ojo de Horus

¿Y si probamos al revés?

Con frecuencia, en los tribunales de Córdoba resultan condenados varios integrantes de una misma familia, acusados de vender drogas en distintas zonas de nuestra ciudad, y mostrando con claridad el modo en el que mucha gente se vale del narcomenudeo para «comer y hacer la diaria» e intentar, así, sobrevivir a la miseria y la marginación. Las consecuencias son niños que se quedan solos o acompañados por aquellos familiares que se salvaron de las condenas. Estos pequeños conocen las cárceles desde temprana edad, cuando van a visitar a sus padres, quienes supuestamente están recibiendo un «tratamiento penitenciario de reinserción» a la misma sociedad que los expulsa y rechaza.

En este contexto, el juez de Ejecución Penal Dos Cristóbal Laje Ros debió revocarle la prisión domiciliaria a una mujer condenada por narcomenudeo y que es madre de mellizos de ocho meses, además de otros siete hijos. Ocurre que falsificó un oficio judicial para ingresar al Penal de Cruz del Eje a visitar a su concubino, también condenado. Si bien la primera vez que pidió el permiso se lo dieron, no se sabe por qué luego dejó de hacerlo y prefirió falsear la habilitación. Como fuere, ella está ahora presa con los mellizos pero sin sus otros hijos.

Queda claro que la maquinaria oficial represiva y sancionatoria funciona bien, porque se identifica y se castiga al «chiquito» que vende drogas, judicializando los casos y sin que importe demasiado el impacto que esto provoca en el tejido social y en muchas familias. La pregunta es entonces si no habrá otro modo de resolver el narcomenudeo, por ejemplo desde la salud, con atención primaria y con más recursos destinados a «incluir» y sostener a tanta gente pobre y marginada, que termina encontrando una salvación en la venta de porros o polvos blancos que contienen cualquier sustancia. Tal vez, un buen programa sanitario y de psicología comunitaria pueda asegurar a la infancia una buena alimentación y concurrencia a las escuelas y, así, evitarles el destino de convertirse en «hijos de la calle», con un revolver en las manos apenas debutan en la adolescencia. Es decir, más igualdad y mejores oportunidades, más salud y menos judicialización. Hoy, en cambio, lo represivo prevalece… ¿Y si probamos al revés?

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