El 23 de septiembre de 1986, cuatro chicos se escaparon del colegio Fray José María Liqueno, en la Pampa de Achala. Mario Oliva y Claudio Gil tenían 9 años; Luis Peralta y Cristian Rodríguez, 11. Salieron sin comida ni abrigo, con la idea de llegar a la ruta de las Altas Cumbres a campo traviesa. La niebla los desorientó y, esa noche, una tormenta de nieve hizo bajar la temperatura a 15 grados bajo cero.
La búsqueda, inédita y desesperada, mantuvo en vilo al país durante seis días. El 29 de septiembre, un baqueano encontró los cuatro cuerpos, muy juntos, a unos 13 kilómetros de la escuela. Habían muerto en la nieve.
Cuarenta años después, la pregunta que todavía pesa no es solo cómo murieron, sino de qué escapaban.
Esa pregunta llevó a Gabriela Naselli a hacer una película. Tiene 58 años, es psicóloga egresada de la Universidad de Córdoba y ha trabajado en ámbitos rurales, urbanomarginales, secundarios y universitarios. «Me apasiona la educación», dice. Años atrás creó en la carrera de cine un espacio llamado Construcción psicológica de los personajes, donde su formación clínica y su interés por el cine empezaron a confluir.
Su vínculo con el territorio también es personal. Vivió en Traslasierra en los años 90, en San Javier y Yacanto, donde nació su hija y donde hoy viven ella y su nieto. Allí escuchó por primera vez, de boca de quienes habían pasado por el Liqueno, lo que ocurría puertas adentro. Después llegó la visibilidad de 2007, con las notas publicadas en La Voz del Interior y, más tarde, el libro del periodista Sergio Carreras.
«A partir de la indignación, la bronca y la tristeza que me generó, decidí hacer una peli», cuenta. Se define como «atrevida» por haberse metido en el mundo del cine sin ser del oficio, aprendiendo sobre la marcha.
El resultado es Achala, un largometraje documental que hoy está en posproducción. Naselli también tiene escrito el guion de una ficción basada en los mismos hechos, donde volcó «toda su experiencia» y los relatos que fue escuchando en el valle.
Del auto viejo a la posproducción
El proyecto lleva más de 15 años. «Empecé a ir en un auto viejo, con un par de estudiantes de cine y una cámara, y parábamos en carpa», recuerda. Iban de puerta en puerta buscando exalumnos. «Siempre tuvimos un buen recibimiento de la gente que da su testimonio. No sé por qué les caíamos bien».
Esa historia se nota en el material. Como el rodaje atravesó tantos años, hay imágenes registradas con cámaras a cinta, luego con equipos alquilados y más modernos. «Hay distintas calidades, pero lo que importa es el contenido», dice.
La película es independiente y se hizo con recursos propios, con un respaldo intermitente: en 2018 recibió el premio del Polo Audiovisual, que permitió «avanzar un montón», y más tarde una ayuda del Fondo Nacional de las Artes. «Te dan plata como para comprar un disco externo», dice entre risas. «Pero es un espaldarazo».
Con un primer corte, quedaron finalistas el año pasado en el Festival de Cine de La Habana, en la categoría de obras en progreso (Work in Progress). En septiembre, Naselli fue por primera vez a un mercado de cine, el Pulsar de Santa Fe, y el proyecto obtuvo tres reconocimientos. «Cuando fuimos a Santa Fe, la gente no podía creer lo que estaba viendo», cuenta.
«No es fácil hacer cine hoy, menos en este contexto político y económico», reconoce. Sobre la fecha de estreno es prudente: «Quisiera decirte que para marzo, pero vengo hace muchos años con esto. Lo que sí puedo decir es que nunca estuvimos tan avanzados».
Lo que una imagen puede decir
El libro de Carreras, Los niños de hielo (2012), es una investigación periodística. El documental propone otra cosa, acercar al espectador a lo que un texto difícilmente logra.
Lo primero es el paisaje, que la directora considera un protagonista. La cámara muestra el contraste entre el valle de Traslasierra, «un lugar lleno de vida, fértil, con arroyos, plantas, animales y gente», y la Pampa de Achala: «la pampa de piedra, el lugar alejado en medio de la nada». Uno de los entrevistados lo resume así: «Cuando llegué pensé que había llegado a otro mundo. Los nenes no tenían idea de dónde estaban cuando los llevaban». Muchos veían a sus familias recién en julio o en diciembre.
El segundo recurso son los que Naselli llama «flashbacks sonoros». Los relatos aparecen también en voces de niños, con el acento característico de Traslasierra, algo que, según explica, «te transporta de otra manera que una lectura». A eso se suma música original y un trabajo de archivo que ella define como casi completo: «Prácticamente tengo todo lo que salió en la prensa y en los canales».
El corazón del film son los testimonios. Casi todos los entrevistados son hermanos. Un grupo de cuatro hermanas y otras dos familias de doce hijos, de las cuales cinco hermanos dan su versión. «No podría decirte cuál me impactó más, porque son todos tremendos. No hay ningún entrevistado que no se haya quebrado en algún momento», cuenta. Las emociones alcanzan también al equipo técnico.
Lo que contaron los que estuvieron
Los relatos coinciden en lo cotidiano. Pasaban hambre y frío. Comían comida con gorgojos y, según los testimonios, a quien no quería comer le metían la cabeza en el plato. Muchos sufrían enuresis. Los castigaban con látigo, con golpes en el aula («si no sabías marcar en el mapa la República Argentina, te metían un cachetazo») y con humillaciones, como dejarlos en ropa interior delante de los demás. También recuerda frases como «vos estás acá porque tu mamá no te quiere».
Las imágenes de archivo muestran a los chicos con un pulóver fino y las manos en los bolsillos, sin campera, bufanda ni guantes, con lastimaduras en orejas y manos por el frío. Eran, además, mano de obra; limpiaban baños, juntaban leña, cocinaban y arreglaban el camino, y a los varones les tocaban las tareas más pesadas. Eran entre 70 y 90 chicos, con apenas una o dos cocineras y cinco o seis maestras.
Naselli sostiene que la palabra «travesura» o «desgracia» no alcanza para nombrar lo ocurrido. «Fue una fuga de cuatro niños de un lugar donde eran intensamente maltratados. Esos castigos los sitúo en el orden de la tortura.»
También cuenta que se hablaba de otras irregularidades, como donaciones de equipos de fútbol, libros, botines y juguetes que, según los relatos, no llegaban a los chicos y se vendían en un comercio de Villa Dolores.
Impunes, y en silencio
El cierre de la historia es el que más indigna a Naselli. El sacerdote que dirigía el colegio, Eduardo Giménez, murió en 1999, antes de que se reabriera el caso. La causa que abrió en 2007 el fiscal Emilio Andruet, tras las notas de La Voz, quedó trunca cuando fue trasladado a Río Cuarto. No hubo imputados ni denuncias formales, y los delitos posibles habían prescripto.
Del resto de los responsables, dice la directora, nadie respondió. «Toda esta gente quedó impune. El cura está muerto y la jueza se jubiló». Cuenta que las maestras siguieron dando clases «como si nada», y que una de las más duras de aquella época recibió después un reconocimiento como buena docente. Asegura que una de ellas, jubilada hace poco, trabajó hasta hace poco en una escuela pública de Cura Brochero, y que ella y su marido, un policía que trabajaba en la zona y que, según los testimonios, estaba en la escuela, siguen participando en actividades de la Iglesia.
Al empezar el proyecto, el equipo buscó las voces de la jueza de Menores de entonces, la directora y las maestras, pero «se negaron sistemáticamente a recibirnos; se escapaban directamente de nosotros». La jueza, cuenta, los atendió una sola vez «por la ventana». Tampoco pudieron acceder al expediente que supuestamente se abrió en 1986. Naselli incluso recuerda que el Ministerio de Educación de Córdoba emitió, el mismo 29 de septiembre en que aparecieron los cuerpos, un comunicado que decía que la escuela funcionaba con normalidad y que había enviado dos inspectores: «¿Qué pueden haber investigado si ese es el día que encontraron a los niños muertos?».
Por eso decidió no entrevistarlos. «Ellos sí tuvieron voz en su momento, hablaron mucho con la prensa. Los niñitos no tuvieron la oportunidad».
La escuela sigue funcionando. En 2007, la orden franciscana anunció su cierre y el Ministerio de Educación de la Provincia asumió su gestión pedagógica y administrativa como escuela rural de nivel primario y medio.
Una condena que debe llegar
Frente a la ausencia de un fallo, la película se propone como otro modo de justicia. Achala, de 80 minutos, se define como «una película documental que intenta contar una historia que fue acallada pero que permanece intacta en la memoria de sus protagonistas». No busca un cierre que, según sus autores, «no existe como tal», porque el daño causado a esas infancias quedó impune. Lo que sí propone es que la muerte de los cuatro niños, detonante de todo, sirva para dar visibilidad a lo que vivieron ellos y los que quedaron. Por eso el final entrelaz a imágenes, voces de niños, testimonios y música para mostrar que, a pesar de todo, la vida de sus protagonistas continúa.
«Hoy sí existe la condena social», dice Naselli, y confía en que el documental «haga un poco de ruido» para que el caso no quede en el olvido. Un precedente audiovisual que ayude a dimensionar lo que fue el Liqueno, sobre todo para quienes nunca oyeron hablar de él.
Mientras tanto, la Cruz de Altas Cumbres sigue recordando el lugar donde fueron hallados los cuatro niños, casi abrazados. La película, dice su directora, quiere que ese abrazo no sea solo un símbolo, sino una historia que se cuente completa.
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