Adiós a Adolfo Aristarain, el cineasta que burló a la censura

A los 82 años, falleció el director de obras maestras como “Un lugar en el mundo” y “Tiempo de revancha”. Con una impronta autoral ineludible y una carrera repartida entre Argentina y España, Aristarain deja un legado de ética, compromiso y excelencia técnica que marcó a fuego a varias generaciones.

Adiós a Adolfo Aristarain, el cineasta que burló a la censura

El cine ha perdido a uno de sus arquitectos más lúcidos y contundentes. Adolfo Aristarain, el emblemático director argentino detrás de clásicos como «Martín (Hache)» y «Roma», murió este domingo en Buenos Aires a los 82 años. La noticia, que sacudió los cimientos de la industria cultural de ambos lados del Atlántico, fue confirmada inicialmente por la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España. Con su partida, se cierra una trayectoria que no sólo renovó la cinematografía nacional durante las décadas del 70, 80 y 90, sino que también estableció un puente indisoluble con España, país donde vivió durante siete años y donde recibió los más altos honores, incluyendo dos Premios Goya y la Medalla de Oro de la Academia de Cine.

La comunidad artística reaccionó de inmediato con profundo pesar. Figuras como Griselda Siciliani, Dolores Fonzi y Ana María Picchio volcaron su tristeza en las redes sociales, recordando la generosidad y el talento de un hombre que, según la Asociación Argentina de Actores, poseía una “mirada crítica y proyección internacional”. Siciliani, por ejemplo, eligió homenajearlo compartiendo una icónica escena de Martín (Hache), mientras que la institución gremial destacó que Aristarain fue un “referente de un cine de fuerte impronta autoral”. Este «Vasco» terco y meticuloso, descendiente de vascos y poseedor de una honestidad brutal, siempre sostuvo que “el cine que uno hace es lo que uno es”.

El hombre que desafió el silencio

Aristarain no llegó a la silla de director por azar, sino que se formó en el barro de los sets. Inició su carrera en 1965 como segundo asistente de dirección en “Disloque en el presidio”. A lo largo de los años, acumuló experiencia en más de treinta largometrajes, trabajando bajo las órdenes de gigantes como Sergio Leone en “Érase una vez en el Oeste” y Mario Camus en “La cólera del viento”. Tras un debut prometedor con La parte del león en 1978 y un breve paso por películas picarescas de corte comercial como La playa del amor —donde dirigió a un joven Ricardo Darín—, su verdadera voz emergió con una potencia política inusitada en el contexto más hostil posible.

En 1981, en plena dictadura militar, estrenó “Tiempo de revancha”, considerada hoy una de las mejores películas del cine argentino de todos los tiempos. Aristarain logró lo imposible: eludir la censura del nefasto Ente de Calificación mediante una maniobra estratégica de los dueños del sello Aries, quienes presentaron el filme a último momento para evitar recortes previos al estreno. La película era una alegoría cruda sobre los presos políticos y los desaparecidos, disfrazada de un thriller sobre la corrupción de la multinacional Tulsaco. La imagen de Federico Luppi decidiendo cortarse la lengua para no declarar y mantener su estafa contra la empresa quedó grabada en la memoria colectiva como un símbolo de resistencia y silencio forzado. Un año después, continuó esta línea crítica con Últimos días de la víctima, otra adaptación de José Pablo Feinmann que diseccionaba los juegos de poder y persecución de la época.

De «Un lugar en el mundo» al escándalo del Oscar

Si la década del 80 fue la de la resistencia, los 90 fueron los de la consagración internacional y la exploración de los vínculos humanos profundos. En 1992 estrenó “Un lugar en el mundo”, protagonizada por Federico Luppi, Cecilia Roth y José Sacristán. La película, que narra el conflicto entre campesinos y el avance de una represa hidroeléctrica en un valle remoto, se convirtió en un éxito masivo y una pieza fundamental para reflexionar sobre la ética y el sentido de pertenencia. Sin embargo, este filme también protagonizó uno de los episodios más polémicos de la historia de la Academia de Hollywood.

Aristarain, cuya esposa y coguionista Kathy Saavedra era uruguaya, decidió presentar la película representando a Uruguay para competir por el Oscar a la Mejor Película de Habla No Inglesa. La estrategia funcionó y el filme quedó nominado entre los cinco finalistas, pero un periodista mexicano denunció la maniobra, lo que llevó a la Academia a descalificar la película por considerar que no era una producción predominantemente uruguaya. A pesar del trago amargo, el prestigio de Aristarain no hizo más que crecer. A este éxito le siguieron títulos indispensables como “Martín (Hache)” (1997), una obra maestra sobre el exilio, la droga y los choques generacionales, y “Lugares comunes” (2002), donde demostró una sensibilidad romántica y social excepcional al retratar la jubilación forzada de un profesor universitario. Su última película, “Roma” (2004), fue un ejercicio de nostalgia y memoria dedicado a la figura materna, cerrando así una filmografía de once títulos que, aunque no prolífica, resultó impecable en su factura.

Escena de Martín (Hache).

Una vida dedicada a «desnudar el alma»

A pesar de que no volvió a dirigir en las últimas dos décadas, Aristarain nunca se consideró retirado. “A partir de 2010 paré y más tarde desarrollé la idea de hacer una historia de [Ástor] Piazzolla”, confesó en una de sus últimas entrevistas en 2024. Sin embargo, problemas de salud —incluyendo una operación de corazón de 11 horas en 2019— y los altos costos presupuestarios del proyecto sobre el músico impidieron que el filme viera la luz. Aun así, su compromiso con el cine como herramienta ideológica permaneció intacto. En 2013, fue categórico al afirmar: “Mis películas tenían un objetivo claro… atacar al capitalismo, que es un sistema que considero salvaje. Hoy pienso lo mismo, este sistema nos destruye sin la más mínima piedad”.

Para Aristarain, el cineasta no podía esconderse detrás de la técnica. “Aunque uno intente esconder lo que uno es, tarde o temprano el director desnuda su alma sin quererlo en primer plano”, reflexionó al recibir la Medalla de Oro de la Academia española, un reconocimiento que lo conmovió por basarse no solo en su obra, sino en su calidad humana y su erudición. Admirador devoto de maestros como John Ford y Alfred Hitchcock, se definía como un cineasta hecho a sí mismo, alguien que de joven veía hasta tres películas por día al salir del colegio. También fue un director que adoraba a sus actores, reconociendo que sin figuras como Luppi (su actor fetiche), Sacristán, Roth o Sampietro, sus historias vitalistas y brillantes hubieran sido imposibles de realizar.

El vacío que deja Adolfo Aristarain es inmenso, pero sus imágenes permanecen. Su legado es el de un hombre que, habiendo abandonado el sueño de ser trompetista, encontró en la cámara el instrumento perfecto para hablar de la libertad, la traición y la esperanza. Como él mismo decía, el cine fue para él “parte de su vida, real, no ficción”. Hoy, mientras sus colegas y el público lo despiden, queda la certeza de que su obra seguirá siendo, para las generaciones futuras, ese «lugar en el mundo» donde siempre se puede encontrar un rastro de verdad.

 

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