Este lunes 20 de abril, la Legislatura porteña despidió a Luis Brandoni, ícono absoluto del cine y el teatro de nuestro país. Conocido por sus pares y amigos como “Beto”, había nacido bajo el nombre de Adalberto Luis Brandoni un 18 de abril de 1940 en Buenos Aires. Una infinidad de colegas, empresarios del sector, e incluso su audiencia, lo despidieron como a una pieza clave —acaso la única— para la de producción audiovisual nacional.
Recientemente, en televisión, pudimos ver su maestría en El encargado, aunque celebramos la delicada serie Nada. Su vasta trayectoria en el cine desbordaría cualquier reseña, pero es imposible no mencionar hitos que moldearon nuestra identidad: La tregua (1974), La Patagonia rebelde (1974), Esperando la carroza (1985), Mi obra maestra (2018), La odisea de los giles (2019) y El cuento de las comadrejas (2019). Su despedida de la pantalla se selló con el estreno de Parque Lezama (2026).
Un dato que no debería pasar desapercibido es que, además de su poderosa presencia en la pantalla y las tablas, fue Secretario General de la Asociación Argentina de Actores entre 1974 y 1983. Desde la dirigencia de ese gremio alzó la voz contra el autoproclamado Proceso de Reorganización Nacional, razón por la cual debió exiliarse en México. A su regreso, fue secuestrado y torturado junto a su esposa en julio de 1976, en un operativo ordenado por Aníbal Gordon y con la participación de Raúl Guglielminetti. Brandoni no solo actuó la historia argentina; la padeció en carne propia.
Defensor férreo de los derechos ciudadanos, militó históricamente en la Unión Cívica Radical. Fue asesor cultural de Raúl Alfonsín desde 1983, y un interlocutor habitual del presidente, hasta el final de su mandato. En 1997 fue electo Diputado Nacional, mientras que en otras ocasiones fue candidato a Senador, e incluso a Vicegobernador de Buenos Aires en 2007. Sus convicciones y su mirada sobre el cine nacional se enlazaron con firmeza cuando criticó la película Argentina, 1985, al considerar que el papel de la Conadep y del gobierno radical habían quedado injustamente desdibujados.
El abrazo de Beto
Hoy, con mucha pena, el país despide a Luis Brandoni. Se pueden debatir holgadamente sus posturas políticas —ojo: no todas— pero quiero destacar que, al conocerlo personalmente, me encontré con un señor de ley.
Compartimos algún almuerzo en Córdoba, donde se mostró siempre tan cálido como firme. Se notaba inmediatamente que, si lo buscabas, podías encontrar un tipo jodido. Fundamentalmente por la integridad de sus principios. En aquella comida hablamos un poco mano a mano y, antes de irse, me dejó su teléfono personal. Tiempo después me pidió un favor: que le alcanzara desde Córdoba un objeto que necesitaba. Cuando nos reunimos para la entrega se ofreció, gentilmente, a llevarme en su auto.
En el camino, hablando de cultura y política, le pregunté si no quería tomar una copa. Allá fuimos los dos por un whisky en un bar cerca de su departamento y que, curiosamente, él no conocía. Se cumplió el adagio que dice que «uno es poco, dos está bien, y tres es poco de nuevo». Al despedirnos, me dio un abrazo fuerte, de esos que incluyen un apretón firme a la altura de los hombros, y se fue tarareando algo que habíamos mencionado. Fue una escena que filmada por un gran director y cuyo único espectador fui yo.
Pasados los años lo seguí en sus declaraciones; a veces muy cerca de las líneas de la UCR que tanto quería, otras veces sobregirado hacia la derecha, pero siempre con ideas que le pertenecían genuinamente porque no compraba frases hechas ni posturas tribuneras. Fue uno de los primeros decepcionados por el «maltrato a la cultura» del poder y alzó la voz ante cualquier crítica dirigida a su amigo, Raúl Alfonsín. Más allá de cualquier controversia política, creo que la pantalla pierde a uno de sus grandes referentes. Por mi parte, pierdo el sueño de verlo una vez más abrazando, en simultáneo, sus ideales y un Johnny Walker.










