Sonny Rollins, el saxofonista tenor que reconfiguró los límites de la improvisación y la narrativa musical, falleció este lunes a los 95 años en su residencia de Woodstock, Nueva York. Retirado de los escenarios desde 2012 por problemas respiratorios, Rollins era considerado por la crítica especializada como “el mayor virtuoso que el jazz haya producido”.
La noticia fue confirmada a través de su sitio web oficial, acompañada de una reflexión del músico que resume su cosmovisión:
“Creo que cuando una persona creativa termina su vida, continúa en la siguiente existencia. Soy una persona que cree que esta vida no lo es todo. Una persona espiritual piensa así”.
Su muerte marca el fin de una estirpe de gigantes; tras el fallecimiento de Benny Golson en 2024, Rollins era el último sobreviviente de la icónica fotografía «Harlem 1958», que retrató a las figuras claves del género.
Trayectoria
Su enfoque era tan riguroso que a menudo rozaba el misticismo. “El verdadero toque ocurre a nivel subconsciente, y en ese punto los clichés desaparecen”, explicó en 1989. “Cuando realmente estoy tocando, mi mente está completamente en blanco”. Esta capacidad para la improvisación temática le permitió crear estructuras complejas en tiempo real, lo que lo llevó a ser apadrinado por figuras como Thelonious Monk y a colaborar con Miles Davis, Bud Powell y Charlie Parker.
El Coloso y sus silencios necesarios
En 1956, Rollins consolidó su estatus con el álbum Saxophone Colossus, una obra maestra que incluía la célebre pieza “St. Thomas”, una adaptación de una canción tradicional antillana que su madre le cantaba de niño. Sin embargo, a pesar de estar en la cima de su carrera, Rollins inició en 1959 el primero de sus famosos retiros voluntarios. Sintiéndose insatisfecho con su interpretación, pasó dos años practicando solo durante las noches en el puente Williamsburg, atraído por la acústica y la soledad del lugar.
Este episodio alimentó su mística de perfeccionista. “Mucha gente no podía entender por qué dejaría de tocar”, confesó años después. “Pero aprendí algo. Era necesario que lo hiciera para tener la confianza que necesito para tocar música como esta”. Su regreso en 1961 con el disco The Bridge fue un acontecimiento nacional, demostrando que su tiempo en el puente había refinado un estilo ya de por sí inigualable.
Compromiso social y apertura estilística
Rollins no fue solo un esteta; utilizó su música como una herramienta de conciencia social. En 1958, lanzó The Freedom Suite, una pieza de 19 minutos que funcionaba como un manifiesto contra la desigualdad racial en los albores del movimiento por los derechos civiles. En el cuadernillo del disco, dejó sentada su postura:
«Qué ironía que el negro, que puede reivindiccar con toda razón la paternidad de la cultura estadounidense, sea tan perseguido y oprimido».
A lo largo de las décadas, su curiosidad lo llevó a explorar la vanguardia, la fusión jazz-rock e incluso colaboraciones con el mundo del pop. Es recordado por su solo de saxofón en «Waiting on a Friend», del álbum Tattoo You de los Rolling Stones, una interpretación que muchos consideran uno de los momentos más líricos de la historia del rock. Ante las críticas de los puristas por estos coqueteos con otros géneros, Rollins fue tajante:
“La música que toco es demasiado grande como para encasillarla en un solo estilo. Cada vez que tomo el instrumento, quiero escuchar algo fresco”.
Sobre su retiro
Sus últimos años estuvieron marcados por el reconocimiento institucional, incluyendo dos premios Grammy, la Medalla Nacional de las Artes y el Homenaje del Kennedy Center. A pesar de los honores, su salud comenzó a declinar tras ser diagnosticado con fibrosis pulmonar, lo que lo obligó a realizar su última presentación pública en 2012. Dejar de tocar fue traumático, pero lo enfrentó con la gratitud que marcó su etapa final en Woodstock, donde residía desde 2013.
Sonny Rollins no solo dejó una discografía de más de cien trabajos, sino una lección de honestidad artística. Hacia el final de su camino, el hombre que buscó el «sonido definitivo» durante siete décadas concluyó que su arte era secundario a su humanidad: “La música no era mi propósito en la vida. Mi propósito en la vida era ser quien soy. Si eso significaba cierta prominencia como músico, bien, pero estoy aquí para ser un ser humano más allá de mi profesión como músico”. Hoy, ese aliento colosal descansa, pero su eco seguirá resonando como el estándar absoluto de la libertad creativa en el jazz.
