Leer a María Teresa Andruetto es descubrir que la literatura también puede reparar aquello que la historia dejó incompleto. Sus libros no solo recuperan historias que los Estados intentaron silenciar o que el tiempo relegó al olvido; también reconstruyen, desde la ficción, la dimensión más íntima de esas experiencias. Lo hacen porque Andruetto escribe los silencios: los que dejan las pérdidas, las migraciones, las violencias familiares y todas aquellas palabras que nunca llegaron a decirse. Sus textos invitan a detenerse en aquello que suele pasar inadvertido: las pequeñas derrotas, las contradicciones humanas, las formas en que la memoria persiste incluso cuando creemos haber dejado atrás el pasado.
La autora narra a partir de una aparente sencillez y convierte esta característica en una insignia de su escritura: cuanto más sobrio es el lenguaje, mayor es el impacto emocional. A partir de diálogos, cartas y escenas de la vida cotidiana logra representar las fisuras que atraviesan los distintos escenarios sociales y familiares.
Nacida en Arroyo Cabral, Córdoba, en 1954, hija de una madre argentina y de un padre inmigrante italiano, María Teresa Andruetto construyó una obra que dialoga con la identidad, la memoria y las experiencias del desarraigo. Profesora, narradora, poeta y ensayista, recibió en 2012 el Premio Hans Christian Andersen, el reconocimiento internacional de literatura infantil y juvenil, convirtiéndose en la primera escritora argentina en obtenerlo.
El recorrido a partir de sus obras Lengua madre, Como si fuesen fábulas y Cacería permite advertir que, aunque pertenecen a géneros distintos (la novela epistolar, el libro de relatos breves y el volumen de cuentos), los tres dialogan entre sí. En todos aparece una misma inquietud: comprender de qué manera el dolor se transmite, cómo la historia se infiltra en las vidas privadas y qué puede hacer la literatura frente a aquello que parece imposible de reparar.
Huellas del linaje
En su novela Lengua madre, María Teresa Andruetto elige el género epistolar para narrar una familia marcada por las ausencias y, al mismo tiempo, para demostrar que la memoria puede reconstruirse a partir de fragmentos que en ocasiones aparecen de manera desordenada. Cartas, anotaciones, fotos, recuerdos y voces dispersas componen un rompecabezas que el lector, al igual que la protagonista de la historia, Julieta, debe ir armando pieza por pieza.
La novela comienza cuando Julieta, que se encuentra estudiando en Múnich regresa a la Argentina a raíz del pedido de Julia, su madre, quien padecía una enfermedad, por la que fallece antes de que su hija decida volver al país. En una de las últimas llamadas telefónicas, le encomienda que revise los libros, pero fundamentalmente que lea las cartas que están debajo de su cama antes de tirarlas.
A partir de estos escritos comienza una reconstrucción que le permite comprender su propia historia. Su vida, se encuentra determinada por el contexto de la última dictadura militar, a raíz de la cual su madre, por su militancia, debe esconderse para preservar su vida y pasa años viviendo clandestinamente en un sótano de Trelew. Allí, en este contexto de insilio, nace Julieta. Poco después, la niña es trasladada a Aldao, un pueblo del interior de Córdoba, donde queda al cuidado de sus abuelos, mientras su madre continúa viviendo en la clandestinidad. La violencia política no aparece solamente como contexto histórico: se instala dentro de la vida cotidiana y redefine los vínculos familiares.
La estructura fragmentaria y no lineal del orden de las cartas que su madre conservó no responde únicamente a una decisión estética. También expresa una certeza: ninguna memoria es completa. Toda historia familiar está hecha de silencios, de versiones parciales y de aquello que otros callaron para sobrevivir. En Lengua madre, las cartas funcionan como pequeñas piezas de una verdad imposible de reconstruir del todo.
Si la madre vive el insilio (esa forma de exilio dentro del propio país), Julieta elige, años después, el camino inverso: se instala en Múnich y construye allí una nueva vida. La novela establece así un diálogo entre dos desplazamientos distintos. Uno es forzado por el terrorismo de Estado; el otro es voluntario, aunque no por eso deja de estar atravesado por la búsqueda de identidad. La distancia física termina convirtiéndose también en una distancia emocional. Así es como lo describe Julieta:
“Algo de lo que uno es, permanece en los lugares que se dejaron (…) Muertos sus abuelos y su madre, ya no tiene a donde regresar. Así, sin esperanza y ya sin centro vuelve a lo que fue. En busca de lo olvidado, al encuentro de lo oscuro, de lo ciego.”
El propio título de la novela abre múltiples sentidos. La lengua madre es, por supuesto, el idioma que aprendemos primero. Pero también es la lengua de los afectos, de las primeras historias que escuchamos, de aquello que heredamos incluso antes de comprenderlo. Es la lengua del territorio y de la memoria, esa que permanece aunque cambiemos de país o intentemos alejarnos del pasado.
Quizás por eso el cierre de la novela resulte tan conmovedor. Después de recorrer todas las voces ajenas, aparece finalmente la única carta que Julia escribió para su hija. No intenta justificar sus decisiones ni borrar el dolor provocado por la distancia. Apenas deja unas líneas que condensan toda la fragilidad de la maternidad y toda la complejidad del amor:
“Además de pedirte perdón por todo lo que no fue, quisiera decirte algo: no sé qué pasó ni por qué no pude, pero yo quise ser tu madre y quise ser muchas otras cosas que no fui, pero lo que quiero decirte, hija, en realidad, es que vos sos todo lo que yo quise ser.»
Cómo narrar las heridas del mundo
Si Lengua madre se pregunta cómo una familia reconstruye su propia historia, Como si fuesen fábulas amplía la mirada. Aquí ya no hay un único relato que seguir, sino una serie de textos breves que, como pequeños fragmentos de historias disímiles, terminan componiendo una reflexión sobre las heridas de nuestra sociedad.
Los textos conservan la capacidad de interpelar al lector, pero rechazan las respuestas simples. Sus relatos no ofrecen lecciones; más bien exponen las contradicciones de un mundo donde la violencia, la exclusión y la desigualdad encontraron y siguen encontrando nuevas formas de manifestarse.
Uno de los ejes que atraviesa el libro es la memoria de la colonización y el exterminio de los pueblos originarios. La conquista deja de ser un episodio del pasado para convertirse en una lógica que continúa reproduciéndose bajo otros nombres: la apropiación, el silenciamiento y la negación de quienes ocupan los márgenes. Tal como lo expresa en su texto Afroargentinos: “La posición consolidada en el imaginario nacional del mazamorrero hoy se reedita en la figura del vendedor callejero, el mantero senegalés”.
Esa preocupación dialoga con otro de los temas centrales de la obra: el racismo, la discriminación y las distintas formas de exclusión. Sus personajes suelen pertenecer a aquellos sectores que rara vez ocupan el centro del relato. Son migrantes, mujeres, pobres, personas desplazadas, integrantes de comunidades indígenas o simplemente individuos cuya existencia parece carecer de importancia para la mirada dominante. Andruetto invierte esa lógica y coloca precisamente allí el foco de su escritura.
También aparece un profundo desencanto frente al presente. No se trata de una nostalgia por un tiempo mejor, sino de una mirada crítica hacia una sociedad cada vez más atravesada por el consumo, la velocidad y la indiferencia. Sus relatos interrogan las formas contemporáneas de la deshumanización y nos obligan a preguntarnos qué lugar ocupa hoy la empatía.
En ese sentido, la memoria de la última dictadura cívico-militar vuelve a hacerse presente. Como ocurre en gran parte de su obra, Andruetto entiende que el pasado no permanece inmóvil. Sus efectos continúan modelando la vida colectiva y reaparecen allí donde una sociedad decide olvidar. La literatura, entonces, se convierte en una forma de resistencia frente al borramiento.
Quizás por eso resulte especialmente significativa una reflexión que la autora realiza en uno de sus textos titulado El alma donde recuerda unas palabras de Martín Kohan:
«En la proliferación de notas de divulgación sobre la inteligencia artificial le preguntaron a Martín Kohan acerca de esto y respondió que por el momento la inteligencia artificial aprueba con lo justo, zafa. Nada excepcional viene de ahí, al menos todavía.»
Y agrega una observación que parece dialogar con toda su literatura:
«El resultado es instrumental, convencional. Falta ahí el alma, tal vez porque las máquinas todavía no pueden sentir dolor.»
Estas fábulas, buscan recordarnos aquello que corremos el riesgo de olvidar cuando dejamos de mirar al otro. Porque allí donde la sociedad naturaliza la violencia o convierte el sufrimiento ajeno en una estadística, la literatura reivindica una voz y una historia. Y eso constituye un acto verdaderamente político.
Donde todo movimiento es cacería
Este libro de cuentos fue escrito por María Teresa Andruetto a lo largo de dieciocho años. Las historias transcurren en escenarios familiares, con personajes reconocibles y situaciones aparentemente ordinarias. Sin embargo, a medida que la lectura avanza, aquello que parecía cotidiano comienza a resquebrajarse hasta revelar una realidad profundamente incómoda.
La autora utiliza gestos, conversaciones, recuerdos u objetos doméstico para insinuar que algo no funciona del todo. La escritura avanza paulatinamente: construye escenas de absoluta normalidad hasta que deja al descubierto las fisuras de los vínculos, las violencias naturalizadas y las pequeñas derrotas que muchas veces conforman una vida.
Las protagonistas de estos cuentos son, en su mayoría, mujeres atravesadas por la muerte, la desolación, el deseo, el paso del tiempo y las decepciones cotidianas. Son mujeres comunes que intentan sobrevivir a relaciones rotas, pérdidas, mandatos o frustraciones que rara vez encuentran un espacio para ser nombradas.
Quizás una de las claves de lectura aparezca antes incluso de comenzar uno de los relatos. En el epígrafe de Happy Birthday, Andruetto escribe:
—Prefiero los cuentos que tratan de la sordidez.
—¿De qué? —dije, inclinándome hacia delante.
—De la sordidez. Estoy sumamente interesada en la sordidez.
Esa frase parece funcionar como una poética de todo el libro. La sordidez aparece como aquello que suele permanecer oculto bajo la apariencia de una vida normal. Es la violencia que se naturaliza dentro de una pareja, la traición que modifica para siempre una amistad, la culpa que permanece durante años o la resignación con la que muchas personas aprenden a convivir.
En Cacería, Andruetto demuestra que las palabras pueden encontrar sus historias más profundas allí donde, en apariencia, no sucede nada extraordinario. Basta correr el velo de la rutina para descubrir que las vidas comunes también están hechas de zonas oscuras. Posiblemente esta sea la verdadera cacería que propone el libro: la búsqueda de aquello que permanece oculto bajo la superficie de lo cotidiano. De esta manera, el titulo retoma la idea del poema Bosque de Amelia Biagioni que retrata la vida como una cacería constante, donde todos somos, en alguna instancia, presas o cazadores.
La literatura frente al olvido
A menudo, la literatura de Andruetto resulta difícil de clasificar. Menciona la dictadura, pero no escribe únicamente sobre la dictadura. Habla de las mujeres, pero nunca desde categorías cerradas. Habla del amor, de la amistad, de la muerte y del exilio, aunque en realidad siempre está hablando de algo más profundo: de aquello que permanece latente en la memoria, en los vínculos, en la historia y en el territorio. Sus personajes son profundamente humanos. Y es precisamente en esa humanidad, llena de contradicciones, pérdidas y fragilidades, donde su literatura encuentra su mayor potencia.
En su obra, la autora nos propone, entre tantas otras cosas, a escuchar las voces que durante años permanecieron en silencio y a aceptar que algunas heridas nunca terminan de cicatrizar. Quizás esa sea una de las funciones más valiosas de la literatura: no ofrecer consuelo, sino impedir el olvido.
Tal como lo expresa en Lengua Madre: “Ya no cree en venganzas ni en perdones./ La memoria es la venganza./ Y el perdón”









