Pocos negocios pueden decir que forman parte de la identidad la ciudad, y la panadería «La Europea» es parte del grupo exclusivo. Hoy 12 de septiembre, la panadería cumple 139 años de vida ininterrumpida en el mismo lugar donde un grupo de inmigrantes la fundó en 1887, en pleno centro de Córdoba. Desde entonces, sólo cambió una vez la numeración de la calle. El resto, el salón, el oficio, buena parte de las recetas, permanece.
Hoy Día Córdoba conversó con Fernando Rodríguez, quien junto a su hermana Estefanía conduce actualmente la panadería. Ambos son la tercera generación familiar al mando de un negocio que antes había pasado por las manos de sus padres, de un tío y, en sus orígenes, por una familia de inmigrantes españoles que Rodríguez aún llegó a conocer de chico. «Nosotros somos la tercer generación de la rama familiar», resume, aunque aclara que la verdadera continuidad no está tanto en el apellido de los dueños como en algo menos visible. «La gente que trabaja puertas adentro y la gente que vuelve, generación tras generación, a comprar lo mismo que compraban sus abuelos».
Un salón con casi siglo y medio de historia

Rodríguez llegó a la panadería a los siete años y todavía recuerda el local distribuido de otra manera, con la pastelería fina separada de la de facturas y sin una cocina para sándwiches ni rotisería. A mediados de los años 90 el local atravesó una remodelación importante: se amplió el bar, que en un principio ni siquiera existía, la Europea solo tenía despacho, y se reorganizó buena parte de la producción interna. Antes de eso, cuenta, ni siquiera había peatonal frente al local. «Los autos estacionaban en la calle y la gente bajaba directamente a comprar», asegura Fernando
Ese mismo salón, sin embargo, conserva objetos que atravesaron más de un siglo sin moverse. Bandejas originales donde se horneaba el pan dulce y las roscas vienesas, una balanza de época, cuadros de reconocimiento a los primeros dueños de apellido español e italiano, y las puertas de fundición alemana de los hornos, instaladas cuando la cocción todavía era a leña. Aunque hoy los hornos funcionan a gas, algunas de esas estructuras originales, ya sin uso, nunca fueron retiradas y siguen empotradas en el sector de producción, como un testimonio silencioso del oficio original.

Recetas que sobrevivieron a todas las épocas

El nombre «La Europea» no fue un capricho comercial, responde a un origen concreto. Las primeras recetas, pan dulce, masa vienesa, empanadas de hojaldre, masas finas, llegaron de la mano de inmigrantes españoles, italianos y alemanes, con técnicas y fórmulas que en muchos casos tienen siglos de antigüedad en sus países de origen. Con el correr de las décadas se sumaron otros clásicos que hoy son sello de la casa: tartas, facturas, colaciones, roscas de Pascua y, sobre todo, los sándwiches de miga, elaborados con un aderezo de manteca de receta propia que, según Rodríguez, los distingue de la mayoría de las casas que trabajan ese rubro.
Muchas de esas fórmulas se mantienen prácticamente intactas desde hace más de 70 años, en particular la del pan dulce navideño, que se produce todo el año y que llega a enviarse a otras provincias e incluso al exterior. «Ese es un detalle importante», señala Rodríguez, «porque mucha gente no sabe que lo hacemos durante todo el año, no solo para las fiestas». Lo mismo ocurre con los arrollados de carne y pollo o con el vitel toné, presentes en el mostrador los doce meses.
Un siglo y medio de historia argentina, visto desde el mostrador
Detrás del negocio familiar hay también una crónica no escrita de la propia ciudad. La Europea atravesó guerras, crisis y cambios de época sin bajar sus persianas de manera definitiva. Rodríguez recuerda especialmente dos momentos críticos vividos en primera persona. Entre ellos, la crisis de 2001, cuando los días de mayor conflictividad social obligaron a cerrar el local en varias jornadas, y la pandemia de 2020, que dejó un centro de la ciudad prácticamente vacío y obligó al negocio a sostenerse casi exclusivamente gracias a los vecinos de siempre. «Costaba mucho llegar. Había que sostenerse con los que estaban cerca», resume.
Son solo dos capítulos de una historia mucho más larga, que arrancó en 1887 y que incluye transformaciones urbanas, como la creación de la peatonal, que reemplazó a una calle donde antes se estacionaba frente al local, cambios de generación y adaptaciones tecnológicas, desde la cocción a leña hasta el uso actual de redes sociales para llegar a un público más joven.
El verdadero patrimonio: la gente
Si hay algo que Rodríguez remarca por encima de cualquier receta o cualquier objeto de época, es el equipo humano que sostiene la producción día a día. Buena parte del personal lleva décadas trabajando en el mismo lugar y las recetas se transmiten de forma oral, de un pastelero a otro, como un oficio que se hereda. «Hay muchos que traen la receta que les enseñó alguien que ya no está, pero que trabajó 40 años en la panadería. Cuando empiezan a pensar en jubilarse, van preparando a quien viene atrás para que se mantenga el mismo producto, el mismo sabor», explica. Ese traspaso silencioso, dice, es tan responsable de la identidad de La Europea como cualquier fecha en un cuadro de la pared.
Esa continuidad se refleja también del otro lado del mostrador. No es raro que un cliente pida el mismo postre que pedía con sus padres, ya fallecidos, o que alguien encargue un pan dulce o un imperial ruso para un familiar de más de 90 años que ya no puede acercarse al local. «Nos pasa mucho que viene gente y te dice: vengo porque venía con mi mamá, con mi papá, y me dejaron ese legado», cuenta Rodríguez. Generaciones enteras de cordobeses fueron, sin proponérselo, coautores de esa historia La de una familia que hornea, y la de miles de familias que, con cada visita, la mantuvieron viva.
Lo que no debería cambiar nunca
Consultado sobre qué le gustaría que la Europea conservara para siempre, Rodríguez no dudó: «seguir en el mismo lugar, con las mismas paredes que, dice, tienen mucho para contar. «Esta historia y esta tradición no tendrían que cambiar nunca», asegura, y agrega que la clientela y el paso de generación en generación son, para él, la verdadera columna vertebral del negocio.
A 139 años de su fundación, la Europea no solo sigue horneando fosforitos, empanadas de vigilia y sándwiches de miga en el mismo salón donde empezó todo. También sigue funcionando como un punto de encuentro entre distintas generaciones de cordobeses, un lugar donde el oficio se hereda tanto como el recuerdo, y donde cada producto que sale del mostrador carga, de alguna manera, casi siglo y medio de historia de la ciudad.











