El playero de la estación de servicio carga los litros de nafta que te permite el saldo del banco y el visor del surtidor parece un cronómetro en una bomba de tiempo. No solo por el precio —cuyo comportamiento ha pasado a ser un misterio—, sino porque ese número que corre es el eco de un estallido mucho más lejano.
Parece mentira que estemos en medio de una nueva guerra global, con treguas intermitentes y continuidades macabras, que solo se detiene para tomar impulso.
El display marca $70.000 y te querés morir. Mientras tanto la radio del auto lanza ráfagas de noticias porque después que Israel y Estados Unidos golpearan puntos neurálgicos en Irán, China le susurra instrucciones al oído de Teherán. Se mueven las piezas de un tablero de ajedrez milenario.
Relato de no ficción
La muerte del Ayatolá Ali Khameneí, llevada adelante en una operación militar que incluyó drones de última generación, tiene todos los elementos de un éxito hollywoodense: desde el nombre del ataque “Operación Furia Épica”, hasta la condición de «Líder Supremo» del mandatario abatido, todo suena a un guion de Viaje a las Estrellas. El Ayatolá, con su autoridad teocrática, encaja perfectamente en el arquetipo de un villano de la Federación Galáctica que tiene el dedo apoyado sobre un arsenal nuclear de repercusiones catastróficas.
El mundo contiene el aliento ante la posibilidad de un conflicto de dimensiones atómicas y, sin embargo, los medios y las redes se enredan en otros temas. Surge entonces una pregunta inevitable: ¿Estamos realmente preocupados? La respuesta es un «más o menos» porque, entre otras cosas, tenemos la cabeza en la Luna. Literalmente.
Luna, lunera, cascabelera
Aquí tiembla la tierra bajo la bota militar gracias a que la geopolítica se ha convertido en un arte abstracto y, allá el firmamento nos devuelve una obsesión histórica y romántica: acariciar la Luna. Mientras aquí nos desvelamos por el precio del barril de petróleo, la misión Artemis II estuvo esbozando el regreso humano a las proximidades lunares.
Esta misión no ha sido un trámite más; ha roto récords de distancia porque los astronautas han orbitado a unos 402.000 kilómetros de nuestro planeta, el punto más alejado de la Tierra registrado por nuestra especie. Pareciera que, ante tanta destrucción terrestre, buscamos un consuelo en las alturas y que alguien se apiade de nuestro corazón agotado, como proponía aquel viejo bolero: “Luna Lunera cascabelera / Ve y dile a mi amorcito / Por Dios, que me quiera / Dile que me muero / Que tenga compasión / Dile que se apiade… ”.
Esa compasión pedida a un amor que queremos recuperar -la Luna-, es un alivio informativo, y también una -cada vez menos fantasiosa- posibilidad de supervivencia de nuestra especie.
En la tierra y en el cielo
Paradójicamente, mientras la humanidad no puede resolver sus problemas terrenales, se lanza con éxito a conquistar el espacio exterior. Ciertamente mirar el cielo es un gran mecanismo de defensa psíquica y la Luna, eterna protagonista de canciones infantiles pero también de los poetas clásicos, es el mejor espejo de los sueños, esperanzas y utopías.
Tal vez por eso, el éxito de Artemis II es una metáfora de la investigación científica y las posibilidades de nuestra especie. La redondez de un mundo, que a veces parece querer aplanarse por el peso de la intolerancia, sigue incluyendo la despiadada batalla por el petróleo y los estruendos de una guerra que contrasta con el silencio absoluto, esa banda de sonido del azul profundo espacial.
Estuvimos
Hay un foco de esta historia que no quiero dejar pasar, y es esa persistente mitología —alimentada por la ignorancia— sobre la falsedad del alunizaje, y la sentencia de que todo fue un rodaje cinematográfico. Si revisamos la historia con rigor, el ser humano ha pisado la superficie lunar en seis ocasiones entre 1969 y 1972. De hecho son doce los astronautas que caminaron, tomaron muestras, e incluso se dieron el lujo de jugar al golf en la baja gravedad. Las misiones Apolo 11, 12, 14, 15, 16 y 17 consolidaron una era de exploración que luego entró en un largo letargo. Eugene Cernan, capitán del Apolo 17, se convirtió en el último humano en dejar su huella sobre la superficie gris cuando estuvo allí 75 horas, un suspiro en términos cósmicos, pero una eternidad para nuestra imaginación.
Los verdaderos lunáticos
Es extraño vivir este binarismo. Por un lado, la angustia cotidiana en la estación de servicio y esa «voluntad ascendente» de los precios que nos asfixia; por el otro, el ruido de las culturas chocando, alentadas por una ambición desenfrenada. De un lado, personas elevando himnos al odio y los intereses de las grandes corporaciones armamentísticas; del otro, el silencioso compás del cosmos haciendo girar el visor de una nave espacial, algo mucho más interesante que el visor del surtidor.
Mientras «Líder Supremo» cae, y la máquina del miedo arranca con un combustible sanguinolento, la Luna sigue ahí, imperturbable, escuchando los poemas y las canciones que le dedicamos los lunáticos.
