Sería complejo afirmar si Juan Gelman es poeta antes que periodista, o periodista antes que poeta. Creo que esto sucede porque circunscribir su obra a uno de estos géneros simplificaría su aporte a la narrativa argentina, y al imaginario que contribuyó a construir del país, tanto cuando se le permitió habitarlo como cuando fue forzado a describirlo desde el exilio. En Gelman, ambas dimensiones no sólo conviven sino que se potencian: el ejercicio del periodismo le otorga una conciencia histórica aguda, mientras que la poesía le permite trabajar esa experiencia desde una lengua propia, fragmentada, insistente, que desborda los límites de lo informativo.
La obra poética y narrativa del autor, compuesta por más de treinta volúmenes, obtuvo distintos galardones, entre los que se destacan el Premio Nacional de Poesía en 1997 y el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en 2005. Además, fue colaborador en el periódico Rojo y Negro, secretario de redacción de Crisis y director del suplemento cultural de La Opinión. Su recorrido profesional y vital no puede separarse del contexto político argentino de las décadas del sesenta y setenta, ni de la violencia que marcaría su vida personal de manera irreversible.
Me interesa detenerme particularmente en sus libros Bajo la lluvia ajena (2009), El emperrado corazón amora (2011) y Animales del Azar (2019). Si algo tienen en común estos tres libros es que están atravesados por el destierro, la memoria y la persistencia de una voz que no se resigna. Sin embargo, para comprender la densidad de esa escritura, resulta imprescindible situarla en la historia concreta que la atraviesa.
La herida biográfica: desaparición y búsqueda
En agosto de 1976, en pleno terrorismo de Estado en Argentina, fueron secuestrados su hijo Marcelo Ariel Gelman, de 19 años, y su nuera María Claudia Irureta Goyena, de 19, quien estaba embarazada de siete meses. Poco después, también fue secuestrada su hija Nora Eva. Marcelo fue asesinado; María Claudia fue trasladada a Uruguay en el marco del Plan Cóndor, donde dio a luz en cautiverio. El destino de su nieta María Macarena Gelman García permanecería desconocido durante más de dos décadas.
Esta historia no es un trasfondo: es el núcleo desde el cual se reorganiza toda la escritura de Gelman. La desaparición forzada, la ausencia de cuerpos, la imposibilidad del duelo tradicional y la búsqueda persistente de su nieta constituyen una experiencia límite que atraviesa su obra.
Cuando Gelman escribió Bajo la lluvia ajena en 1980, todavía no había encontrado a su nieta. Esa ausencia, introduce una dimensión particular del dolor: no se trata solo de la pérdida, sino de una incertidumbre prolongada. Recién en el año 2000, tras una larga investigación y con la colaboración de organismos de derechos humanos y de los Estados argentino y uruguayo, Gelman logra encontrarla. Ese lapso de más de veinte años entre la escritura del libro y el encuentro permite entender la intensidad de esa voz: este libro está escrito en medio de la intemperie, sin resolución, sin cierre.
El exilio como experiencia total
Bajo la lluvia ajena, escrito en Roma en 1980 y publicado años después, se presenta como un conjunto de fragmentos -poéticos y en prosa- que el propio Gelman subtitula “Notas al pie de una derrota”. Esa definición orienta la lectura: no se trata de un relato lineal, sino de una escritura quebrada, atravesada por interrupciones, donde la experiencia del exilio se manifiesta tanto en el contenido como en la forma.
El prefacio del libro establece una afinidad con el pintor Carlos Alonso, quien ilustra el libro en la edición publicada por Libros del Zorro Rojo: “Las vidas de Carlos Alonso y Juan Gelman son como dos ríos que paralelamente discurren; han conocido persecuciones, tragedias, exilios”. La relación entre vida y obra aparece aquí como inseparable: el arte no es evasión, sino elaboración de la experiencia.
El exilio, en Gelman, no se limita a la dimensión política. Es una condición existencial que afecta todos los niveles de la vida. “El exilio produce una honda sensación de desamparo, de vivir a la intemperie”, escribe. La intemperie no es solo geográfica, sino afectiva, lingüística, simbólica. En una de las frases más citadas del libro, condensa esa experiencia: “Los exiliados son inquilinos de la soledad”. La elección de la palabra “inquilinos” introduce una precariedad radical: nada es propio, todo es transitorio.
Esa sensación se profundiza en imágenes cómo: “Guardamos la ropita en el ropero, pero no hemos deshecho las valijas del alma”. Aunque la vida cotidiana intente recomponerse, hay algo que permanece suspendido, como si el sujeto nunca terminara de instalarse en ningún lugar.

La ciudad ajena y la mirada desplazada
La ciudad -Roma, pero también Europa en un sentido más amplio- aparece en el libro como un espacio ambiguo. No es simplemente un refugio, sino un territorio que interpela desde su propia historia:
No olés a viejo, Europa.
Olés a doble humanidad, la que asesina, la que es asesinada.
Pasaron siglos y la belleza de los vencidos pudre tu frente
todavía.
Esta formulación rompe con cualquier idealización y propone una lectura crítica del continente, señalando la coexistencia de cultura y violencia. El exiliado, en este contexto, ocupa una posición desplazada. No pertenece del todo, pero tampoco puede regresar. Esa condición genera una percepción fragmentaria del mundo, donde todo aparece mediado por la distancia.
Gelman lo expresa en una serie de construcciones que insisten en la indecisión: “Se trabaja o no, se estudia o no, se aprende el idioma del país en que se está o no”. Esa repetición del “o no” construye una sensación de suspensión permanente, como si la vida quedara detenida entre opciones que no terminan de concretarse. Al mismo tiempo, la lengua se vuelve problemática. “Es difícil reconstruir lo que pasó, la verdad de la memoria lucha contra la memoria de la verdad”. La frase señala una tensión central: no hay acceso directo al pasado, solo versiones en conflicto.
Memoria, derrota y persistencia
La afirmación: “En realidad, lo que me duele es la derrota” desplaza el dolor individual hacia una dimensión colectiva. La derrota es histórica, política, generacional. Remite a un proyecto truncado, a una violencia que no solo destruye vidas, sino también horizontes. Sin embargo, la escritura de Gelman no se detiene en la constatación de esa derrota. Hay en ella una forma de persistencia que se manifiesta en la insistencia de la palabra.
“Nadie te deja dormir, para que veas las distancias/ Crujís de huesos/ vos”. La memoria aparece aquí como una fuerza que interrumpe, que impide el descanso. Pero esa interrupción es también lo que mantiene viva la relación con lo perdido. En este sentido, la memoria no es un simple ejercicio de evocación, sino una práctica ética. Recordar implica resistir al olvido, pero también asumir la complejidad de lo ocurrido.
El amor como otra forma de intemperie
Décadas después, en El emperrado corazón amora, Gelman escribe desde otro lugar, pero sin abandonar los núcleos que atravesaron su obra. Publicado en 2011, el libro reúne poemas donde el amor ocupa un lugar central, en diálogo con su relación con Mara La Madrid.
El título mismo introduce una torsión del lenguaje: “amora” no es una palabra normativa, sino una invención que intensifica el verbo amar. Esa operación no es nueva en Gelman, pero aquí adquiere una centralidad particular. Lejos de tratarse de una poesía amorosa convencional, el libro articula el amor con la memoria, el dolor y el paso del tiempo. No hay idealización: el amor aparece atravesado por la experiencia.
En el poema “LA SITUACIÓN”, escribe: “En la intemperie de dos cuerpos/ se sabe haber lo que no/ se puede haber y el tiempo y la memoria tejen una belleza diferente”. La intemperie, que en Bajo la lluvia ajena definía el exilio, reaparece aquí en el ámbito del amor. No hay refugio absoluto: el vínculo implica exposición, riesgo, apertura. El poema continúa: “Es la libertad que hacés y no cesa”. El amor se vincula así con una forma de libertad que no puede reducirse a lo racional.
En “PENDIENTES”, el tono se desplaza hacia la persistencia del deseo: “Formas de amor pendientes/ del amor, ahogadas/ por amor”. La repetición intensifica la sensación de desborde, de algo que no se agota. Más adelante, una imagen clave: “El beso/ es una conversación entre/ lenguajes que cada uno persigue/ ciego”. El amor aparece como un diálogo imperfecto, donde el encuentro nunca es total, y finalmente: “El amor de ser amado nunca abandona su juventud. / Crece en un árbol de oro.” Aquí, el amor se presenta como una forma de continuidad, una persistencia que resiste incluso al paso del tiempo y a la experiencia del dolor.
El lenguaje como territorio
En toda la obra de Gelman, el lenguaje ocupa un lugar central. Frente al desarraigo territorial, la lengua se convierte en un espacio de pertenencia, pero también de conflicto. Gelman no escribe en un idioma estable: lo desarma, lo mezcla, lo reinventa. La aparición de palabras como “amora” da cuenta de esa búsqueda por expandir las posibilidades expresivas.
En este sentido, su escritura puede pensarse como una forma de exilio dentro del lenguaje. Así como el sujeto no pertenece completamente a un territorio, tampoco se ajusta a una lengua normativa. Esa tensión es la que permite que su poesía aborde experiencias límite sin reducirlas a fórmulas conocidas.
Persistir en la palabra
A lo largo de su obra, Gelman vuelve una y otra vez sobre los mismos núcleos: la memoria, la pérdida, el amor, la justicia. Pero lo hace desde una búsqueda constante, sin clausurar nunca esas preguntas. Su escritura no propone respuestas definitivas, sino que insiste en la necesidad de seguir nombrando. En ese gesto, hay una forma de resistencia: frente al olvido, frente al dolor, frente a la imposibilidad de decir, Gelman sigue escribiendo.
Quizás por eso su obra no puede ser reducida a una categoría única. Se mueve entre géneros, entre registros, entre experiencias. Pero en ese movimiento hay una coherencia profunda: la insistencia en la palabra como forma de sostener lo que de otro modo se perdería. Incluso -o sobre todo- cuando todo parece indicar que no hay nada más que decir.









