Después de leer algunos de los títulos de Delphine de Vigan, podemos afirmar que su narrativa explora, a través de la autoficción, heridas que la han atravesado durante su niñez. A partir de los conflictos y ausencias que marcaron su historia familiar, aborda temáticas como el abandono, la salud mental, la degradación del cuerpo, la anorexia y la fragilidad de los vínculos que nos sostienen. Su narrativa simple y precisa logra que podamos ver e identificarnos con algunos de esos tejidos sociales desvaídos, y sin dudas logra hacernos empatizar porque sus textos conmueven profundamente.
De Vigan nació en Boulogne-Billancourt, Francia, en 1966 en un entramado familiar complejo. Su madre Lucile Poirier, fue diagnosticada con trastorno bipolar y sufrió una muerte trágica por suicidio. La autora, junto a su hermana, se enfrentaron a las vicisitudes de una familia donde el padre era un hombre iracundo y de humor imprevisible, mientras su madre transitaba largos periodos hospitalizada. A raíz de todos estos acontecimientos, la autora reconstruye su vida y sus sombras a través de la literatura, utilizando recursos ficticios pero profundamente anclados en su historia personal. En este marco, me gustaría detenerme en tres de sus obras: Días sin hambre (2001), Las lealtades (2018) y Las gratitudes (2019).
El cuerpo como campo de batalla
Si tuviera que resumir en pocas palabras la primera novela publicada de Delphine de Vigan “Días sin hambre” diría que es un libro doloroso y brutalmente honesto. Allí se narra la historia autobiográfica de una joven anoréxica de 19 años que aparece bajo el seudónimo de Laure por motivos familiares. De Vigan, describe en este libro una enfermedad desoladora que la llevó al límite entre la vida y la muerte, y a raíz de la cual estuvo bajo internación durante un año. En ella narra y describe con detalles, los momentos más dolorosos de su propia vida:
“Las lágrimas le abrasan los párpados. Un saco de huesos en una cama de hospital, eso es lo que es. Ni más ni menos. Sus ojos se han agrandado y lucen círculos oscuros, bajo los pómulos afilados se hunden las mejillas, como aspiradas desde dentro. Una pelusilla oscura cubre la piel en torno a los labios. La sangre late muy lentamente en las venas abultadas.”
La autora comienza su historia desde el ingreso al hospital, donde establece un vínculo cercano con el médico que la monitorea, y con quien puede conversar de los miedos que implica para ella curarse. Tal como expresa la autora, Laure aprendió a vivir a través de la enfermedad. En las conversaciones que mantiene con el médico, las enfermeras y consigo misma, aborda los traumas de una infancia signada por el diagnóstico de su madre, acompañada de la ira y violencia de su padre. Cuando este último la visita en su estadía en la institución, no solo le reprocha su existencia y la tilda de “tóxica y contagiosa” si no que también despotrica contra su madre. Laure afirma, tras este episodio:
“Sí, es verdad, no oía, y apenas podía hablar. Se tambaleaba, en la calle se caía, ni siquiera podía ya doblar las piernas. Sí, tenía un frío que se moría, y se le caía el pelo a puñados. Sí, era un despilfarro, un auténtico despilfarro, como suele decirse echar margaritas a los cerdos. Sí, pero ella era su hija.”
Otro recurso que utiliza la autora, y que caracteriza a estos trastornos es personificar a su «voz anoréxica» a la que llama Lanor. Esta voz interna, que le dicta normas sobre la comida y el peso, es la que la condena en las noches, la que le causa pesadillas y la sanciona por la debilidad que supone su proceso de recuperación. Sin embargo, nombrarla le permite a la autora separarla de su propia identidad, y abrazarla, demostrando el deseo de que ella ya no dictamine su vida:
“Estrecha demasiado fuerte a ese monstruo interno que se niega a engordar, a ese monstruo ciego, a esa niña también, culpable de no querer crecer más, culpable de haber abandonado a su hermana.”
En ese sentido, la anorexia aparece menos como el tema central de la novela que como la expresión visible de heridas mucho más profundas. El cuerpo se convierte en el lugar donde se inscriben los conflictos de una infancia marcada por el abandono, la culpa, la necesidad de ser vista y sobre todo, querida y cuidada.
Las deudas secretas del afecto
La autora continúa indagando, más profunda y específicamente en la infancia en su título “Las lealtades”. Este libro de ficción narra la vida de Théo, un niño de doce años que se refugia en el alcohol a causa de su entorno familiar disfuncional. La historia está dividida y narrada desde el punto de vista de cuatro personajes: dos niños y dos adultos. En primer lugar, Théo el protagonista, y Mathis su compañero de escuela, quienes son retratados en tercera persona. Y luego Helene, profesora de ambos niños y Cecile, la madre de Mathis, quienes aparecen presentadas en primera persona.
Este procedimiento, es utilizado por la autora para reflejar la vulnerabilidad y la distancia entre las distintas etapas de la vida; se cree que mientras los adultos son capaces de razonar y elaborar sus propios puntos de vista basados en los hechos, los niños, abrumados e incapaces de poner en palabras su sufrimiento, necesitan de un narrador omnisciente.
El título como tal, tiene una gran carga simbólica. Cuando la autora habla de Las lealtades, habla de los pactos de silencio, de los vínculos inquebrantables que establecemos con los demás, que en muchas ocasiones resultan perjudiciales o nos encadenan a cumplir con un rol preestablecido por las dinámicas de esos lazos. Tal como lo expresa De Vigan:
“Son lazos invisibles que nos vinculan a los demás -lo mismo a los muertos que a los vivos-, son promesas que hemos murmurado y cuya repercusión ignoramos, fidelidades silenciosas, son contratos pactados las más de las veces con nosotros mismos, consignas aceptadas sin haberlas oído, deudas que albergamos en los entresijos de nuestras memorias.”
En este libro, la autora explora una multiplicidad de relaciones basadas en este pacto. Cabe mencionar, en primer lugar, el vínculo de Théo y Mathis. Cuando el personaje principal empieza a acceder al alcohol, establece una complicidad secreta con Mathis. De esta manera, ambos se esconden en un armario del colegio para beber, y transitan su jornada escolar en un estado de confusión y adormecimiento. Si bien Théo explicita que lo hace para sentirse lo más abstraído posible de la realidad, marcada por el divorcio de sus padres y el tránsito de una casa a la otra, donde su padre está deprimido y su madre lo desprecia, Mathis parece hacerlo por construir y sostener esa complicidad con su amigo. En muchas ocasiones, quiere dejar atrás ese comportamiento, pero el miedo a perderlo se lo impide.
El rol de los adultos juega un papel fundamental: la maestra, Hélène, observa que Theo se comporta de manera extraña, y teme por su salud. La razón de su miedo está anclada en su propia historia, de violencia y de abuso durante su infancia, y durante el transcurso de la novela busca incansablemente establecer un vínculo con su alumno mientras este le rehuye. Mientras que Cécile, madre de Mathis sufre dentro de su propio hogar, al enterarse que su marido escribe un blog plagado de dichos misóginos, homofóbicos y violentos. Su personaje da cuenta de la ruptura de este entorno cómodo y familiar, y su propia crisis le impide ver la vulnerabilidad y el peligro al que su hijo se encuentra expuesto.
En definitiva, la novela sugiere que muchas de nuestras decisiones no responden únicamente a la voluntad, sino también a vínculos y promesas silenciosas que aprendimos a sostener desde niños.
Palabras contra el olvido
La autora también aborda la vejez y la degradación del cuerpo en “Las gratitudes”, una novela escrita con dulzura que retrata el dolor de envejecer. Esta novela narra la historia de Michka, una anciana que padece de afasia y no tiene hijas, pero preserva un vínculo con Marie, su vecina y amiga, a quien cuidó cuando era niña. A raíz de su enfermedad es ingresada en una residencia y desde allí se construye su historia, desde los puntos de vista de Marie y Jérôme, su logopeda.
Uno de los aspectos que se describen en el libro, a través de diálogos y de manera gradual, es la manera en que Michka comienza a confundir las palabras, el hilo de su discurso se torna inconexo o simplemente no halla cómo expresarse. La autora, a través de un juego de palabras, que apena y enternece, encuentra la manera de describirlo. En una conversación que mantiene con Marie, Michka dice: “-¿Te he contado que hay una nueva resistente en nuestra mesa del comedor?”
A través de estos equívocos causados por el deterioro de la memoria, podemos captar el doble sentido que propone la autora, y que se repite durante toda la obra.
Otra figura clave del libro es Jérôme. El logopeda establece una relación muy especial con la anciana, y acude a su habitación, en principio, para ejercitar la memoria a partir de determinados ejercicios. Sin embargo, terminan forjando una amistad, y a menudo el personaje reflexiona sobre su profesión, sobre sus pacientes:
“Hay que luchar. Palabra a palabra. Sin concesiones. No hay que ceder. Ni una sílaba, ni una consonante. Sin el lenguaje, ¿qué nos queda?”
El libro está atravesado por la idea de agradecer a tiempo, a quienes fueron importantes en nuestra vida. Así como Marie está agradecida con Michka por haber cuidado de ella en la infancia ante la ausencia intermitente de su madre, Jérôme está agradecido por la amistad y las enseñanzas de Michka. Por su parte, la protagonista de la historia, a través de Jérôme, logra contactar con la familia que la acogió cuando sus padres huían de la guerra, para mostrar su gratitud. Si bien el libro está atravesado por la muerte, logra emocionar y conmover profundamente a los lectores, reivindicando la importancia de las palabras pronunciadas a tiempo:
“Uno piensa que tendrá tiempo de decir las cosas, y cuando se quiere dar cuenta ya es demasiado tarde. Uno piensa que basta con dar muestras de cariño, con hacer gestos, pero no es verdad, hay que decir lo que se siente. Decir, esa palabra que tanto te gusta, Michka”
Quizás allí resida una de las mayores virtudes de la obra de Delphine de Vigan: en su capacidad para transformar experiencias profundamente dolorosas en relatos que iluminan aspectos universales de la existencia. Sus novelas hablan de la enfermedad, la pérdida o la fragilidad, pero también de la posibilidad de nombrarlas. Y en ese gesto de poner palabras donde antes había silencio, encuentran una forma de reparación.
