El Premio Nacional a la Trayectoria Artística distingue a creadores mayores de 60 años que, a lo largo de sus carreras, realizaron aportes decisivos al arte argentino. En la edición de este año, uno de los reconocidos es Lorenzo “Lolo” Amengual, artista nacido en Marcos Juárez, cuya producción atravesó el grabado, el dibujo, la ilustración, el humor gráfico y el diseño.
Esta distinción forma parte de la 113ª edición del Salón Nacional de Artes Visuales, organizado por el Palais de Glace – Palacio Nacional de las Artes. Además del reconocimiento a su trayectoria, el premio contempla una pensión vitalicia equivalente a cinco jubilaciones mínimas y la donación de una obra significativa de cada artista al Estado nacional.
Esas piezas pasan a integrar la colección del Museo Nacional de Bellas Artes, por lo que el reconocimiento también supone la incorporación de nuevas obras al patrimonio público.
Conversamos con Lolo para conocer cómo nace, crea, crece y vive un artista.
A sus flamantes 86 años —“a dos días de cumplir 87 pírulos, que no es poca cosa”, nos advirtió—, confesó estar “absolutamente contento” por una distinción para la que, en un principio, ni siquiera pensaba postularse. “Nunca me presenté a un premio”, contó. Sin embargo, fueron personas cercanas a su trayectoria las que lo impulsaron a participar. “Mis deseos de participar surgieron de una serie de gente que me conoce, que conoce mi desarrollo, y que me empujó”, explicó.
La postulación también le permitió detenerse a mirar el camino recorrido. Mientras reunía el material para presentar, Amengual tomó dimensión de la extensión de su carrera. “Me di cuenta de que no era broma, son 70 y pico de años de dibujar”, señaló entre risas. Ese reencuentro con su propia obra terminó siendo una de las partes que más disfrutó del proceso. “Me di cuenta que tengo una trayectoria compleja, diversa, siempre orientada y que me hizo sentir muy bien”, afirmó.
Y agregó que, más allá de la posibilidad de recibir el premio, el recorrido por sus trabajos le permitió reconocer todo lo construido a lo largo de los años: “Me tenía contento todo lo que había reconocido como cosa mía, mi trabajo en diversos lugares”.
En el caso de Amengual, la pieza seleccionada es Tríptico de la desgracia, una xilografía realizada en 2012 y compuesta por tres estampas sobre papel. La obra forma parte de una producción en la que el artista desarrolló durante décadas una particular relación entre la imagen, la reproducción y el relato.
Amengual integra el grupo de 16 artistas vivos distinguidos en esta edición. La cifra responde a una situación excepcional: este año se otorgaron conjuntamente los premios correspondientes a las ediciones 2024 y 2026 del Salón Nacional. La selección se realizó entre más de un centenar de postulantes y estuvo a cargo de un jurado integrado por Andrés Duprat, Mariana Marchesi, María Teresa Constantin, Emanuel Díaz Ruiz, Fernando Farina, Claudia Lamas y Cristina Tomsig.
Junto al artista cordobés fueron reconocidos Diana Aisenberg, Nora Aslan, Jacques Bedel, Catalina Chervin, Edgardo Giménez, Nora Iniesta, Oscar Pintor, Silvia Rivas, Guillermo Rodríguez, Ricardo Roux, Daniel Santoro, Renata Schussheim, María Suardi, José Luis Tuñón y Gabriel Valansi.
Tríptico de la desgracia, 2012
Xilografía. Estampa sobre papel. Copias 5/10, c/uno 106 x 131 cm.
¿Por qué el Tríptico de la desgracia?
Al preguntarle a Lorenzo por qué eligió esta obra entre las tantas que realizó a lo largo de su trayectoria, su respuesta fue directa: “Es una de las obras que más me representan y ellos reconocieron que sí”. El Tríptico de la desgracia reúne a tres figuras vinculadas con el misticismo popular de las rutas argentinas: el Gauchito Gil, la Difunta Correa y San La Muerte. La elección, de algún modo, condensa una búsqueda que acompañó a Amengual durante décadas: el interés por las historias, los símbolos y las creencias que forman parte de la cultura popular.
Esa mirada se sostiene también en una definición estética que atravesó toda su obra: “No soy un pintor abstracto, nunca. Todo lo que hago es figurativo”, afirmó. Pero en sus figuras no hay lugar para la solemnidad absoluta porque el humor aparece como una forma de mirar y de interpretar el mundo, algo que el artista reconoce como parte de su identidad. “Como dibujé humor y como soy de Córdoba, no me quiero sacar patente de chistoso, pero tengo un sesgo que me hace sonreírme bastante”, contó.
Seis décadas de trabajo con la imagen
La trayectoria de Amengual comenzó en Córdoba y se extendió luego a distintos ámbitos de la producción gráfica argentina. Se formó en dibujo en la Escuela Provincial de Bellas Artes de Villa María y en 1964 se graduó como arquitecto en la Universidad Nacional de Córdoba. Su aprendizaje del diseño gráfico fue, en buena medida, autodidacta y estuvo ligado desde temprano al trabajo con imprentas, la televisión y los sistemas de reproducción de imágenes.
“Tuve la suerte de trabajar en lugares muy interesantes: Nueva York, Los Ángeles, Bamberg, Berlín, Madrid, Roma. Todo eso es mi formación no estructurada dentro de una institución, sino rascada personalmente”, contó Lorenzo. Aunque admitió que casi le da “vergüenza” decirlo, Amengual reivindicó con orgullo esa formación hecha de experiencias y de ojos atentos. “Tengo una alta cultura de ojos: sé mirar, saber ver, vi mucho y vi cosas notables, todo eso está en mí”, resumió.
En Córdoba integró el Departamento de Arte de Canal 10 de la UNC y participó en la gráfica de las Bienales Americanas de Arte. Más tarde, en Buenos Aires, fue director de arte de la revista Confirmado entre 1966 y 1969 y trabajó también en Cícero Publicidad. A su vez, colaboró con publicaciones como Siete Días, Mengano, Linus y Pardon.
Su obra comenzó a reunir distintas disciplinas desde sus primeros trabajos, entre ellos Así en la tierra como en el cielo (1967) y Humorbo, los humores de Amengual (1976). En ese recorrido, la línea adquirió un papel central como recurso para construir imágenes, escenas y relatos, en diálogo con el grabado rioplatense, la caricatura, el grotesco, el expresionismo gráfico y el humor argentino.
También tuvo una extensa participación en proyectos editoriales. Como autor, ilustrador, diseñador, director de arte o editor intervino en más de treinta libros y volúmenes, entre ellos la Enciclopedia de la tecnología, de doce tomos; La conquista de México según el Códice florentino; Alejandro Sirio. El ilustrador olvidado y Temas nobles.
Entre 1990 y 2011 integró además el equipo editor de la Fundación Antorchas, donde trabajó en libros vinculados con el patrimonio fotográfico argentino, publicaciones para museos, exposiciones y catálogos. Esa etapa reunió algunas de las áreas que atravesaron toda su carrera: diseño, edición, investigación y puesta en valor del patrimonio.
A ese recorrido se suma su trabajo escultórico con ensamblajes y materiales encontrados y descartados, mediante el cual llevó al espacio tridimensional procedimientos y preocupaciones presentes en su producción gráfica. Así, la distinción del Salón Nacional reconoce una trayectoria desarrollada en diferentes soportes y ámbitos, pero sostenida por una misma investigación sobre la imagen y sus formas de circulación.
Durante el anuncio de los premios, el secretario de Cultura de la Nación, Leonardo Cifelli, destacó:
“El Salón Nacional de Artes Visuales fortalece un sistema de reconocimiento basado en el mérito, la transparencia y una mirada federal. Es una institución fundamental para el desarrollo de nuestras artes. Seguimos trabajando para que el Estado sea un impulsor de oportunidades para los artistas de todo el país”.
