Hugo Sigman: el otro yo del señor vacunas

De histórico perfil bajo, el 2020 lo encontró en las primeras planas de todos los medios argentinos. Hugo Sigman aparecía como el empresario local elegido para la producción de la vacunas contra el Covid 19. En 2024 fue el segundo argentino más rico después de Marcos Galperín. Conocimos su presente millonario. Desconocemos, aun, su pasado comunista: el otro yo del Dr. Sigman.

Hugo Sigman

En julio de 2020, la revista Forbes presentaba su tradicional y obscena lista de billonarios mundiales. Y por tercera vez realizaba un especial de los más ricos de la Argentina. En los primeros lugares no había sorpresas: Bulgheroni, Galperín, Rocca, Pérez Compac y Roemmers, en ese orden, deparaban lo esperable: apellidos conocidos del universo de la riqueza. Pero en el 6to puesto aparecía un argentino cuya identidad no era familiar como los 5 anteriores: Hugo Sigman, médico psiquiatra, fortuna de dos mil millones de dólares. El tesoro de este hombre, una incógnita para la mayoría, era, en 2020 (y ahora) el doble de otros afortunados hombres de negocios que son parte del universo popular del inconsciente argentino: Eurnekian, De Narvaez, Pagani. Sigman tenía -y tiene- el doble de dinero que estos apellidos y pocos sabían quién era este médico especializado en cuestiones de la psiquis. Mucho más llamó la atención cuando en 2024, su fortuna sólo era superada por el fundador de Mercado Libre.

Lo que sí era evidente es que su fortuna personal no la había hecho como psiquiatra. La misma Forbes informaba de su grupo Insud, desde el que Sigman, como propietario, maneja un conglomerado de 10 empresas, con presencia en 40 países y especializado en la investigación médica. Su laboratorio con mayor renombre y marca pública es Elea, productora de Adermicina, Evatest, Caladril y Pervinox, entre otros. Marcas registradas en el mundo de la salud. Pero Sigman no sólo es eso: también es, desde hace unos 20 años, uno de los mayores productores cinematográficos del país (Relatos salvajes, entre muchos otros éxitos de taquilla) y también un empresario de medios.

Desde estas dos expresiones, el cine y el periodismo, Sigman pone en práctica los sueños juveniles que quedaron en el tintero. Dueño de la editorial Capital Intelectual, desde allí edita el periódico Le Monde Diplomatiqué -edición Cono Sur- y publica, en forma sostenida, una serie de libros sobre política y economía. Tanto desde la revista como desde las colecciones de fascículos se evidencia una clara línea editorial a tono con cierta progresía informada, culta, académica y analítica. Algo así como una centro izquierda más parecida al socialismo francés que a la década del ‘70 en Argentina. Antes de la actual aventura periodística, Sigman había sido el bolsillo financista de las revistas Tres puntos -dirigida por el ex canciller Héctor Timermann- y la inolvidable TXT, gran publicación comandada por Adolfo Castelo.

El actual director de Le Monde, José Natanson -hombre elegido por Sigman para conducir su principal medio-, es uno de los analistas políticos más destacados de Argentina y no ha ocultado, sin perder su espíritu crítico, cierta simpatía por la ola de izquierda que inundó a buena parte de los gobiernos de América latina en lo que va del Siglo XXI. Ergo, Sigman, tanto en aquellas viejas publicaciones como en Le Monde y su colección de libros, sostiene el último bastión de sus convicciones juveniles. Convicciones que quizás se mantienen en pie, pese a los millones ganados.

Aquel otro Hugo

Egresado como médico en 1969, Sigman profundizó sus estudios en la escuela cumbre del psicoanálisis argentino: la de Pichón Rivieré. Los lineamientos profesionales del joven Sigman estaban alejados de los grandes laboratorios y las corporaciones médicas. Su trabajo en un dispensario marginal del Gran Buenos Aires iba de la mano con su militancia activa y pública en el Partido Comunista de Argentina. No se trataba del caso de un simpatizante más. No era sólo un profesional de la salud que buscaba mayor equidad y justicia por fuera del capitalismo. Su peso en la estructura comunista no era menor. Su compañera de vida, en aquel entonces y en este presente, Silvia Gold, tampoco era una militante más: su padre Roberto Gold, suegro de Sigman, era, como ha contado Isidoro Gilbert en su libro La Fede, “integrante del aparato financiero más sofisticado del Partido Comunista Argentino”.

Gold, comunista consagrado, sabedor de los secretos de la izquierda argentina y suegro de uno de los más importantes billonarios argentinos, manejaba los importantísimos fondos secretos del comunismo argentino, que incluían, vaya contradicción, acciones de la Coca Cola, la referencia máxima del sistema que buscaban derrotar. De todos modos, siguiendo a Marx, como lo hacían, la contradicción dentro del sistema era parte de las tácticas y estrategias del marxismo: el problema lo tenía la Coca Cola, que poseía accionistas comunistas.

Gold, además de enemigo del capitalismo, era también un reconocido empresario del ámbito de los laboratorios. Sintyal, de su propiedad, estaba dedicado al rubro de la veterinaria y la producción agrícola. Allí también circulaban y se multiplicaban los dólares rojos. Su pequeña fortuna y una aceitada red de contactos en la izquierda lo ubicaron en el selecto grupo de quienes determinaban cómo hacer rendir el capital que financiaría la revolución. Esa mesa chica secreta, integrada por el suegro Gold, se completaba con otro peso pesado: José Ber Gelbard, afiliado secreto al PC que pocos años después se convertiría en el ministro de Economía de Cámpora primero y de Perón después. En calidad de tal, Gelbard viajó a la vieja Unión Soviética y al descender de la escalerilla del avión, se arrodilló en la tierra de Lenin y besó la superficie: era su tierra prometida.

El nombre de aquella mesa, que conocían muy pocos, era ‘El Directorio’ y la integraban, sigilosamente, no más de siete personas. Además de Gold y Ber Gelbard, se destacaba otro hombre que también integraría el ministerio de Economía durante el peronismo: Ernesto Paenza, cuyo hijo, con los años, se convertiría en un destacado periodista deportivo -comentador de la NBA- y en el más mentado de los divulgadores de la ciencia matemática: Adrián Paenza.

La decisión del comunismo argentino era clara: de los números se encargan los que saben, no las células políticas. El jefe histórico del partido, Victorio Codovilla, responsable de la empresa financiera y la designación de los nombres, asumía que la tarea de manejar las finanzas rojas era muy riesgoso. Pero igual no tenía escrúpulos: “Si los fusilan por lo que hacen, aplaudiremos a los del pelotón. Pero sepan que a sus familias jamás les faltará el sustento ni la cobertura sanitaria”. La frase de Codovilla, nunca confirmada, tampoco fue negada.

Gold no fue importante, para Sigman, sólo como suegro y vector ideológico. También fue, el empresario comunista, fundamental para salvar la vida de su hija Silvia y de su yerno Hugo. En 1976 y ante la llegada de la noche más oscura, los obligó al exilio y les puso en el bolsillo unos cuantos dólares y el teléfono de sus relaciones con China, la URSS y la Europa del Este. Esos dólares se multiplicaron y hoy Sigman, aquel viejo comunista exiliado, médico preocupado por las inequidades sociales, es uno de los hombres con mayor fortuna del continente.

Si bien en los últimos años fue vinculado al kirchnerismo -sobre todo por su aceitado vínculo con el ex ministro de salud Juan Manzur-, también es cierto que aportó millones de pesos para la campaña presidencial de Javier Milei. En este aspecto, Sigman, de algún modo, confirma que el dinero está más allá de los viejos sueños juveniles.

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