La reciente 50ª edición de la Feria Internacional del Libro Buenos Aires, con su récord de 1.340.000 visitantes, confirmó el interés que la actividad editorial -y la literatura en particular- mantienen en este rincón del Cono Sur.
Aunque los volúmenes de producción cayeron más del 34% en 2025 y las tiradas promedio no superen los 600 ejemplares, en la última Feria participaron premios Nobel como John Coetzee o Mo Yan – ¿tendrá algún parentesco con los famosos sindicalistas? -, invitados internacionales como Arturo Pérez Reverte y Leonardo Padura y anfitriones de primer nivel como Leila Guerriero o Claudia Piñero.
Esos datos, ¿qué Argentina nos muestran? No perdamos de vista que, según la última encuesta oficial de consumo cultural realizada (2022, no se continúan actualmente) el 49% de la población no leyó ni siquiera un libro en todo el año.
Pero hubo un tiempo no tan lejano y, sin embargo, difícil de reconocer, en que el país producía libros que se insertaban en las conversaciones de grandes y chicos, en los viajes en colectivo, en los cafés, en las discusiones familiares o en sobremesas interminables. Un país donde todas las clases podían consumir y atesorar volúmenes de las más diversas colecciones e intereses. Donde la tradición de compartir libros de mano en mano florecía y en donde un teleteatro de masiva audiencia podía ser considerado, por su calidad, una “novela”. Donde grandes películas nacían de una página ya escrita.
En esa Argentina los libros ocupaban un lugar central en la conversación pública, y no sólo eran motivo de interés para la mitad del potencial público lector. Por eso, siempre funcionaban para presentar, debatir, reflexionar o recordar.
Eso ocurre, creo, con las obras más recientes de Laura Ramos, Reynaldo Sietecase y Eduardo Sacheri. Tres escritores distintos, que transitan su madurez. Ramos pertenece a una camada anterior; Sietecase ocupa un lugar intermedio; Sacheri representa una generación algo más joven. Pero al leerlos aparece una evidencia curiosa: los tres narran un tiempo parecido.
No el mismo año, ni los mismos hechos exactos. Pero hay una manera compartida de mirar hacia atrás. Los tres vuelven sobre el pasado, abordando los vínculos que nos formaron. Padres, madres, niñeras, amigos, familias. Personas comunes atravesadas por la historia.
Ramos (Mi niñera de la KGB, Lumen, 2025), realiza un extraordinario relato sobre la española África de Las Heras, a quien conoció en el Montevideo de los primeros ’60, presentándose ante sus ojos como modista y niñera, para revelarse a posteriori como una agente soviética de impresionante trayectoria. Fascina la forma en que un relevante capítulo de la Guerra Fría (y en esto la capacidad narrativa de la autora lo hace todo) aparece en barriadas sencillas donde todos viven en casas tan parecidas a la tuya y a la mía. Y cómo esos planos se conectan con tiempos donde las convicciones ideológicas representaban también una manera de vivir, cruzando todas las rutinas, incluso las más íntimas.
En Sietecase (Cabrón, Alfaguara, 2026) el movimiento parece distinto, pero termina llegando a un lugar parecido. Su reconstrucción de la figura paterna (homónima) abarca la composición de una época. Rosario aparece como atmósfera en la que todos podemos recuperar una manera de caminar o sentir.
Y detrás de ese padre querido y a veces incomprensible, subyace la ausencia de la madre, fallecida demasiado temprano. Ese vacío organiza silenciosamente el libro entero. Hay algo notable en Sietecase: logra narrar el afecto sin solemnidad. Como ocurría en muchas familias de aquella generación, el amor aparece poco en las declaraciones y mucho en pequeños gestos. En la evocación de los objetos, la descripción de modos o espacios privados y públicos, la reseña de venturas y desventuras o la mirada retrospectiva de roles y de tensiones familiares, Sietecase logra, posiblemente sin proponérselo, incluir a muchos lectores.
Sacheri (Demasiado Lejos y Qué quedará de nosotros, Alfaguara, 2025) por su parte, vuelve sobre otro gran núcleo emocional argentino: Malvinas. Lo hace desde un lugar diferente. En dos novelas que dialogan entre sí, reconstruye los vaivenes de aquella sociedad que pasó sin escalas por extremos de estallido, euforia y decepción. Toma la mirada de personas comunes: trabajadores, contertulios de café, militares y diplomáticos de segundas líneas, como también de aquellos chicos enviados a la improvisación y la incertidumbre mientras sus familias transitaban una dolorosa vigilia, sin más información que alguna llamada telefónica “larga distancia” o la búsqueda desesperada de un mapa entelado en el cual asentar los confusos comunicados del Estado Mayor Conjunto.
Las obras conforman un logrado retrato emocional de la Argentina de 1982.
Pasaron muchas cosas buenas en esta Feria del Libro, pero me quedo con estas obras. Estos libros conmueven porque logran recuperar, con la minuciosidad del orfebre, tiempos recientes que muchos argentinos vivimos total o parcialmente. Pero también abordan circunstancias complejas sin rehuir al trauma, sin pretender un cierre de heridas o un ordenamiento del pasado. Apenas intentan mirarlo con honestidad.
La memoria nunca es lineal. Nadie recuerda del todo bien, ni comprende completamente a sus padres o madres. Tampoco éstos aprueban, finalmente y del todo, las decisiones de sus hijos. Siempre quedan asuntos irresueltos.
Tal vez ahí haya también una pregunta sobre aquella Argentina que respiraba literatura. ¿Quedó lejos? Tal vez siga existiendo -las Ferias del Libro son muestra de ello-, pero para menos personas.
Aunque cuando aparecen libros como estos, uno sospecha que aquella tradición está latente. Una literatura que no necesita grandilocuencia para hablar de un país. Porque alcanza con narrar (bien) a personas comunes para que, detrás de ellos, aparezcamos todos nosotros.
