Decir que la literatura y el acceso al conocimiento son para todos es, hoy por hoy, una verdad a medias. Hay que decirlo: el mundo de los libros se transformó en un terreno dividido por muros que no solo son económicos, sino también culturales y de lenguaje.
La primera barrera es la billetera. En un contexto donde llenar el changuito es un desafío cotidiano, el libro pasó a ser un objeto de lujo. Cuando una novedad editorial supera los 30 o 40 mil pesos, la elección entre un kilo de carne y un ensayo de actualidad deja de ser una decisión cultural para convertirse en una de supervivencia. El mercado empujó la lectura a un estante donde solo llegan unos pocos, dejando a una gran parte de la sociedad fuera de la conversación.
Se puede pensar también que las redes sociales vinieron a solucionar este problema, pero la realidad es otra. Las redes no pueden ser un modo de acceso genuino a los libros. Son, en el mejor de los casos, un catálogo de títulos o un rejunte de frases sueltas. El algoritmo no reemplaza la formación ni el tiempo que requiere sentarse a leer. De hecho, muchas veces las redes solo profundizan la brecha: nos muestran lo que no podemos comprar o nos entregan versiones tan resumidas que se pierde la capacidad de pensar críticamente.
En este escenario, el problema no radica solo en la falta de preparación, sino en que los formatos de lectura cambiaron notablemente. Hoy la escritura está influenciada por la tecnología. Los ensayos, por ejemplo, recibieron ese impacto al volverse cada vez más directos, breves y fragmentados. Lo que se transformó fue la forma y los soportes de lectura, ahora mucho más ágiles y vinculados a dispositivos distintos al libro tradicional. El avance de la inteligencia artificial y la tecnología modificó también todos los discursos: actualmente, la lectura es veloz y posee una fragmentación tal que obliga al lector a establecer las conexiones directamente mientras aborda el texto.
También es cierto que hay dispositivos de lectura que utilizan una tecnología que admite leer libros en pantallas que no emiten luz directa a los ojos, lo que permite estar horas sin fatiga visual, cargar miles de libros en un objeto que pesa menos que un cuaderno. Pero aquí también se interpone una barrera económica. La compra del aparato y luego los libros, son otro escollo que deja al margen a una buena parte de la sociedad.
Sin embargo, el problema más profundo no es solo el dinero o la tecnología, sino el código que utilizamos los periodistas, por incluir a un género de la literatura. Muchos autores y periodistas escribimos convencidos de que somos claros, pero terminamos encerrados en un lenguaje que solo entienden quienes tienen algún tipo de estudio, preparación especial, pasaron por la universidad o tienen la vida resuelta. Si para comprender un párrafo es necesario haber leído otros 10 libros antes, no hay comunicación real. Lo que hay es un club privado. Se construyó una distancia enorme entre los que escribimos y el que intenta leer en el poco tiempo libre que le queda después de una jornada de laburo.
De todos modos, no todo es distancia. Algunos escritores comprendieron que su misión es, justamente, derribar esos muros. A través de un estilo directo y accesible, estos autores lograron que el conocimiento circule sin peajes intelectuales. Se convirtieron en puentes que permiten al trabajador, en su escaso tiempo libre, acceder a debates complejos sin necesidad de un diccionario al lado.
¿Para quién escribimos?
Aquí es donde aparece una pregunta incómoda: ¿escribimos para nosotros mismos? A veces parece que el mundo intelectual funciona como una cámara de eco, donde el autor busca más el reconocimiento de sus pares que la comprensión del ciudadano común. Muchas veces usamos términos complejos para demostrar autoridad, pero olvidamos que el objetivo final de cualquier texto debería ser el otro. Si escribimos para que nos aplauda un grupito de intelectuales mientras el resto de la sociedad se queda afuera por no manejar la misma jerga, estamos alimentando un ego pero vaciando de sentido a la comunicación.
“Es muy cierto, muchos escritores y muchos pintores lo hacen para sus pares y para la crítica. Yo creo que quienes, como Abelardo Castillo, venimos de dar talleres literarios toda la vida, queremos otra cosa, queremos comunicarnos con el hombre que trabaja y al cual queremos, de alguna forma, brindarle lo poco que tenemos para que aprenda a leer y que nos lea. Y enseñamos a nuestros alumnos o a nuestros compañeros de taller para que puedan expresarse como medio de comunicación y no para leer. A mí no me interesa ir a leer en grupos de pares, cosa que es muy común. A mí me interesa fundamentalmente que me lea el hombre común, es decir, transmitirle muchas cosas y también recibir de él lo que pueda brindarnos como devolución. Yo creo que eso es muy importante. Tengo dentro de mis maestros, de los maestros esos que murieron antes que yo naciera, como Macedonio Fernández, que es el primero que, y me refiero a algo mundial, que descubre al lector. Él es el primero que le habla al lector y le da un lugar privilegiado. Yo creo que el lector es el hombre común, no el especialista. Lo que sí, todo lector, si es lector, va a ir creciendo en la lectura y en algún momento va a poder acceder a otras cosas, a otra literatura”, explica Pedro Santucho, profesor de los cursos de lengua en la Universidad de Villa María y escritor, con más de 20 libros publicados.
La literatura, y sobre todo el periodismo, tienen que funcionar como un puente y no como una pared. Si lo que se publica no lo puede masticar alguien que trabaja 10 horas por día y solo busca entender el mundo en el que vive, entonces estamos fallando en nuestra misión. El conocimiento que no se entiende no transforma nada.
Palabras autorizadas
Carlos Schilling, escritor, autor de La aparición de Ettie Yapp y de Cuadros de una exposición, expresó su pensamiento sobre la cuestión planteada: “La capacidad de leer supone un determinado nivel cultural básico. Entender lo que se lee implica un nivel más, y así sucesivamente hasta llegar a niveles de complejidad extrema como los que plantean, digamos, los textos de un (Alfred North) Whitehead o de un (Georg Wilhelm Friedrich) Hegel. Es obvio que para entender cualquier libro hay que tener cierta preparación. Ya aprender a descifrar letras, sílabas y palabras es todo un desafío que lleva años de educación formal e informal. Otra discusión es si determinados libros podrían ser más accesibles. Aquí el abanico del debate se abre a múltiples cuestiones. La tradición misma del libro desde los rollos de la Toráh viene acompañada de la exégesis y la interpretación. La dificultad implícita nunca se ocultó. Al contrario. Dado que el lenguaje es una mediación, sería ilógico exigirle un efecto de inteligibilidad inmediata. Incluso en la oralidad, los malentendidos son constantes. Además la letra impresa queda y la lengua cambia. Un clásico como El Quijote, por ejemplo, se ve afectado por esas transformaciones léxicas y sintácticas que padeció el castellano desde el siglo XVII. Suponer que uno escribe para todo público es un prejuicio tan grande como suponer que uno escribe para nadie”.
Ariel Ingas es escritor, con tres libros publicados y docente en el área de lenguas (inglés y español) y literatura argentina: “No sé si puedo hablar del mundo intelectual en su totalidad, pero sí del académico, que es donde trabajo. Existe una forma de escritura y lectura vinculada al entrenamiento que brindaron años de formación. En ese contexto, la expansión léxica y las relaciones intertextuales con otros autores o tradiciones pueden volver a la producción propia algo oscura e inaccesible. Ahora bien, el uso de frases difíciles o complicadas no siempre es inocente; a veces busca un propósito deliberado. Con el lenguaje podemos excluir. Al volvernos técnicos y alejarnos de la jerga popular, dejamos afuera al otro, sea cual sea el campo. Un médico puede excluirme a mí, y un ingeniero electrónico probablemente nos deje afuera a ambos. En esos casos, se escribe para uno mismo. Olvidamos que el objetivo final de cualquier texto debería ser el destinatario”.
Y agrega: “Si consideramos a la literatura como el lenguaje cultural que es, el objetivo de un autor o autora es, primero, ser leído y, luego, lograr que el mensaje tenga llegada. Es decir, que ocurra una adquisición de sentido. La literatura debería aspirar a alcanzar a personas de distintos estratos sociales y con diferentes dialectos. Ante esto, surge una pregunta: ¿qué hacemos con la literatura en tanto lenguaje artístico y cultural? Coincido en que, si uno conoce más sobre cualquier lenguaje artístico, el mensaje adquiere otro significado. Hay una formación intelectual que suma a la comprensión. Si uno lee a Leopoldo Marechal, por ejemplo, requiere algún conocimiento de filosofía. Sin embargo, bajo mi punto de vista, la literatura debería proveer algo para todos. Tiene que ser capaz de interpelar incluso a quien simplemente siente que el libro le llega porque una imagen le gustó”.
“Leer es una actividad humana que requiere de conocimiento, es decir, se aprende, se enseña y se debe aprender. Es una actividad que ha creado el hombre y me estoy refiriendo a leer con conciencia, leer textos. Comenzamos leyendo en la escuela primaria, ¿cierto? Eso no es leer, ni siquiera leer en voz alta es leer. Leer es leer comprensivamente, entendiendo lo que se lee. Por lo tanto es una tarea que la aprendemos durante toda nuestra vida y hay en estos momentos tanta oferta de literatura, de buenísima literatura y de una literatura totalmente caduca y de una sociedad que está realmente en el fin de la historia, en un capitalismo, en una crisis absoluta. Bueno, en estos momentos hay grandes escritores y hay malos escritores, pero que se venden porque al capitalismo no le interesa más que el negocio, como a este gobierno que no le interesa otra cosa que los grandes ricos del mundo hagan sus negocios y lo hacen con la sangre del pueblo argentino. Entonces, creo que leer no es fácil, hay que aprender a leer. Hay muchas posibilidades para aprender a leer. El lector experto es el crítico literario, ¿cierto? Y bueno, es por ese lado donde nos vamos a ir acercando a otras lecturas. Pero leer, repito, no es fácil y tiene que ver con todo lo que se ha leído y también con las inquietudes de cada uno. Hay gente que se fuerza a leer lo que no entiende y yo creo que es un error. Yo creo que hay que aprender a leer y eso se aprende leyendo lo que uno entiende. Evidentemente hay que leer a los clásicos, hay que leer a los escritores latinoamericanos, hay que leer muchas cosas nuestra. No hay que asustarse cuando uno no entiende lo que lee y también los que nos dicen que leamos puede ser un error tremendo, muy impulsado por el gran negocio mundial de las editoriales”, cierra Santucho.
En definitiva, el desafío de la literatura y el periodismo hoy no es solo sobrevivir a la crisis económica o a la fragmentación digital, sino decidir para quién se escribe. Si el conocimiento sigue refugiado en tecnicismos y estantes inalcanzables, el vacío cultural será inevitable. Democratizar la lectura exige reconocer al «hombre común» no como un receptor pasivo, sino como el destinatario final de cada idea. Escribir claro no es renunciar a la profundidad, es, ante todo, un acto de respeto hacia aquel que, entre la jornada laboral y la urgencia cotidiana, todavía busca en un libro una ventana para entender el mundo.
