Al ser nombrada doctora honoris causa por la Universidad de Granada, la escritora canadiense Margaret Atwood aprovechó su discurso para reflexionar sobre algunos de los temas que más la preocupan en la actualidad: la censura, el retroceso de las humanidades, la libertad de expresión y el impacto de la inteligencia artificial en la educación y el pensamiento crítico.
La autora de El cuento de la criada cuestionó especialmente la situación que atraviesan las humanidades en las universidades estadounidenses. Según señaló, disciplinas como la literatura, la historia, la filosofía, los idiomas o las artes son cada vez más consideradas prescindibles en un contexto marcado por la aceleración tecnológica y la búsqueda de formaciones con una salida laboral inmediata.
Sin embargo, sostuvo que esas áreas del conocimiento cumplen una función irremplazable porque son las que permiten a las personas pensar de manera crítica, desarrollar la creatividad y comprender perspectivas distintas a las propias. Para Atwood, la creciente desvalorización de estos saberes no solo afecta a las instituciones educativas, sino que también tiene consecuencias para la vida democrática y la convivencia social.
En ese sentido, advirtió que una sociedad que pierde la capacidad de cuestionarse a sí misma corre el riesgo de volverse más vulnerable frente a los discursos simplificadores, la manipulación y el autoritarismo. Por eso defendió la importancia de preservar espacios dedicados al análisis, la reflexión y la construcción de pensamiento.
La escritora también volvió sobre una preocupación que atraviesa gran parte de su obra: la relación entre el lenguaje, el poder y la libertad. Durante su intervención criticó la prohibición de libros en Estados Unidos, fenómeno que consideró especialmente alarmante por su alcance en bibliotecas y escuelas. Además, cuestionó a los sectores políticos que reivindican la libertad de expresión cuando están fuera del poder, pero impulsan restricciones o presiones sobre medios e instituciones cuando gobiernan.
Atwood vinculó estas prácticas con una tendencia más amplia de control cultural y recordó que la limitación del lenguaje y de las ideas ha sido históricamente una herramienta utilizada por distintos regímenes para restringir la capacidad de pensar y disentir.
Otro de los ejes centrales de su discurso fue la inteligencia artificial. Aunque reconoció el potencial de las nuevas tecnologías, expresó inquietud por el uso que muchos estudiantes hacen de estas herramientas durante sus procesos de aprendizaje. En particular, se refirió a la creciente delegación de tareas de escritura en sistemas automatizados.
Para la autora, el problema no radica únicamente en la tecnología, sino en aquello que se pierde cuando se reemplaza el esfuerzo intelectual por una respuesta generada automáticamente. Escribir, argumentó, no es solo producir un texto: es también una forma de aprender, ordenar ideas y desarrollar pensamiento propio. Por eso planteó interrogantes sobre el papel que podría desempeñar la inteligencia artificial en el futuro de la educación y de la vida pública. En esa línea, retomó algunas de las preguntas que aparecen en las distopías contemporáneas acerca de la capacidad de las tecnologías para moldear la manera en que las personas se informan, se expresan y comprenden el mundo.
La escritora también situó estas preocupaciones en un contexto internacional marcado por múltiples crisis simultáneas. Mencionó los conflictos armados que atraviesan distintas regiones del planeta, las tensiones geopolíticas, las dificultades económicas y los desafíos ambientales que enfrenta la humanidad.
Según planteó, estas transformaciones están modificando equilibrios de poder que parecían consolidados y obligan a repensar el papel de las instituciones educativas, culturales y democráticas. En ese escenario, consideró que la preservación del conocimiento, la alfabetización y el pensamiento crítico adquieren una relevancia cada vez mayor.
La ceremonia celebrada en Granada reconoció una trayectoria que se extiende por más de seis décadas y que abarca novelas, poesía, ensayo, narrativa breve, literatura infantil, teatro y guión. Además de su producción literaria, Atwood ha mantenido una activa participación en debates vinculados con los derechos humanos, el medioambiente, la libertad de expresión y el papel de la cultura en las sociedades contemporáneas.
Al cerrar su intervención, expresó un deseo que funcionó también como síntesis de todo su discurso: que las humanidades continúen ocupando un lugar central en la formación de las nuevas generaciones, incluso en un mundo atravesado por avances tecnológicos cada vez más acelerados. Para la escritora, el desafío no consiste en rechazar la innovación, sino en evitar que el progreso técnico avance desconectado de la reflexión crítica, la memoria histórica y la comprensión de la experiencia humana.
