De la Media Luna al Riel: la historia fundacional de Río Tercero

Con motivo de un nuevo aniversario fundacional, recorremos el camino que llevó a un paraje de talas y algarrobos a convertirse en una de las principales ciudades del interior cordobés: desde los pueblos originarios hasta el llegada del ferrocarril, la figura de Modesto Acuña y el crecimiento industrial que definió su identidad

De la Media Luna al Riel: la historia fundacional de Río Tercero

"Antes hubo monte, después hubo río, y por el medio pasó un tren que le dio nombre a todo lo demás."

Cada aniversario invita a mirar hacia atrás y reconstruir el recorrido que convirtió un rincón de monte cordobés en la ciudad que hoy conocemos. La historia de Río Tercero no comienza con un decreto ni con una fecha en el calendario. Empieza miles de años antes, con los primeros pobladores que caminaron estas tierras, y se completa recién en el siglo XX, cuando el silbato de una locomotora terminó de darle forma al pueblo que soñó un estanciero cordobés.

Antes de que existiera Río Tercero

Mucho antes de que se trazara una sola calle, el paisaje que hoy ocupa la ciudad era pura naturaleza salvaje. Quebrachos blancos, espinillos, chañares y algarrobos rodeaban un río de crecientes vigorosas, mientras pumas, ciervos, ñandúes y armadillos convivían con especies hoy extinguidas, como los gliptodontes. Investigaciones paleontológicas locales incluso rastrearon huellas mucho más antiguas. Restos de mastodontes, del célebre tigre dientes de sable, hallado por primera vez en territorio cordobés cerca del balneario riotercerense, y de otros mamíferos del Cuaternario que poblaron la región durante el Pleistoceno.

Los primeros vestigios humanos en la zona, descubiertos en las barrancas del río cerca de Los Potreros, se estiman en unos cuatro mil años de antigüedad y corresponderían a pobladores anteriores a los grupos indígenas que luego dominarían el territorio.

Con el correr de los siglos, este punto se transformó en una verdadera zona de frontera cultural. Hasta aquí llegaban los sanavirones desde el norte, los comechingones desde las sierras y los pampas desde los llanos del sur provincial. Fueron finalmente los comechingones quienes se asentaron con mayor fuerza en lo que hoy es el ejido urbano, un pueblo agro-alfarero organizado en pequeños grupos familiares de no más de cincuenta personas, que habitaba viviendas semienterradas de paredes de piedra y techos de paja. Se relevaron al menos noventa yacimientos arqueológicos en los alrededores, uno de los más importantes dentro de los terrenos que hoy ocupa la Fábrica Militar.

La llegada de los españoles

El primer europeo en pisar estas tierras fue Francisco César, quien en 1527 remontó el río que los indígenas llamaban Talamochita, en referencia a las talas y molles predominantes, tras partir en una expedición ordenada por Sebastián Gaboto. Décadas más tarde, en 1573, Jerónimo Luis de Cabrera impulsó nuevas expediciones hacia la región, mientras el sistema de mercedes y encomiendas repartía estas tierras entre soldados españoles y sus descendientes, en el marco del proceso de conquista que terminaría diluyendo definitivamente a las culturas originarias.

El sueño de un estanciero llamado Modesto Acuña

Recién a fines del siglo XIX comienza a perfilarse la historia que derivaría en la ciudad actual. Modesto Antonio Acuña, nacido en 1884 en la zona de Monsalvo, había quedado al frente de las tierras familiares tras un episodio trágico: el asesinato, a manos de cuatreros, de Eduviges Carmona, el capataz que su padre, don Tristán Acuña, tenía a cargo de la estancia. Ese hecho aceleró que Modesto se instalara en el campo para ponerlo en producción, dedicado primero a la ganadería y luego también a la siembra de maíz.

Fue él quien bautizó esas tierras como Estancia Media Luna, en alusión a la curva que dibujaba el río a su paso por el lugar. Sin saberlo, esa estancia estaba a punto de convertirse en el corazón de una nueva ciudad.

El tren que cambió todo

Ningún factor pesó tanto en el nacimiento de Río Tercero como el ferrocarril. Apenas iniciado el siglo XX, ingenieros ingleses proyectaban dos trazados clave. Uno que uniera Rosario con Córdoba pasando por Cruz Alta, y otro que conectara Río Cuarto con la capital provincial. Ambos recorridos podían pasar cerca de la Media Luna, y Modesto Acuña no dejó pasar la oportunidad, negoció con los empresarios británicos y ofreció donar parte de sus tierras a cambio de que las vías y una estación se instalaran exactamente donde él imaginaba que podía nacer un pueblo.

El acuerdo se concretó y el 5 de abril de 1913 se inauguró la Estación Modesto Acuña, un punto donde las locomotoras cargaban agua, recibían mantenimiento y donde se movían mercancías y pasajeros. Poco después se habilitó también el paso sobre el río, conocido como el puente negro.

Ese mismo año, el 9 de septiembre de 1913, el gobernador Ramón J. Cárcano y el ministro Bancalari firmaron el decreto 1184/13, que aprobó oficialmente los planos presentados por Acuña para la fundación del pueblo. El fundador había soñado con llamarlo Media Luna, en honor a su estancia, pero la decisión final quedó en manos de la compañía ferroviaria, que ya había bautizado a la estación con el nombre de su benefactor: así nació, formalmente, el pueblo Modesto Acuña.

De Modesto Acuña a Río Tercero

El nombre, sin embargo, duraría poco. La empresa ferroviaria, siguiendo la lógica con la que ya había nombrado a otras estaciones sobre los ríos Segundo y Cuarto, decidió rebautizar la estación como Río Tercero. Hacia 1918, el pequeño poblado adoptó ese mismo nombre, más geográfico y menos personal que el original, y así quedó sellada la identidad que perdura hasta hoy.

Modesto Acuña no llegó a ver crecer demasiado a la localidad que había impulsado. Murió el 25 de octubre de 1915, a los 62 años, a causa de una pulmonía. Su legado, y el desafío de hacer crecer el pueblo naciente, quedó en manos de su esposa, Zoila, su hija Zoila Rosa y su yerno, Pedro Marín Maroto, quienes con el tiempo levantarían algunas de las construcciones más emblemáticas de la ciudad, como la casona Villa Elisa o el Hotel Palace.

De pueblo a ciudad: el segundo gran salto

Si el ferrocarril dio origen al pueblo, fue otra instalación estatal la que lo transformó en ciudad. A fines de la década de 1930 se radicó la Fábrica Militar de Munición de Artillería, tras la donación de 209 hectáreas por parte de la familia Acuña-Maroto y la colocación de la piedra fundamental el 30 de enero de 1938. La fábrica multiplicó la población, atrajo nuevas industrias y comercios, y catapultó a Río Tercero a otra escala de desarrollo. Como suele resumirse localmente, con el tren nació el pueblo, con la fábrica nació la ciudad.

Ese mismo establecimiento sería, décadas más tarde, escenario de la peor tragedia en la historia local. El 3 de noviembre de 1995, una serie de explosiones, que la Justicia terminó confirmando como un atentado, dejó siete muertos, trescientos heridos y miles de viviendas dañadas, además de una herida profunda en el tejido social de la comunidad. La respuesta institucional a esa tragedia llegó recién en 2023, cuando el Congreso de la Nación sancionó la Ley 27.730, que creó la Universidad Nacional de Río Tercero como una forma de reparación histórica a través de la educación.

Un patrimonio que se puede recorrer

Buena parte de esa historia fundacional sigue viva en las calles del actual Circuito Histórico Fundacional, que la Municipalidad promueve como recorrido turístico y patrimonial por las inmediaciones de calle Acuña, avenida San Martín, Intendente de Buono y San Pedro. Allí pueden verse aún las primeras viviendas construidas tras la llegada del tren, con su arquitectura italianizante y sus tradicionales casas chorizo; el edificio que funcionó como consultorio del Doctor Piattini; el Hotel Palace, construido en 1928 por Pedro Marín Maroto con 45 habitaciones y comodidades excepcionales para la época; y el Paseo del Riel, donde se conservan el viejo tanque de agua para locomotoras, la plataforma giratoria, los galpones de máquinas y las casas de los primeros empleados ferroviarios, levantadas en 1912 con materiales ingleses.

También integran el circuito la Iglesia Nuestra Señora del Carmen, de estilo neogótico e inaugurada en 1931; la Estafeta Postal de Lastenia Torres de Maldonado, hoy convertida en museo dentro de una construcción tipo casa rancho anterior a la fundación del pueblo; la propia Villa Elisa, que alberga hoy el Museo Regional Florentino Ameghino y la Escuela de Bellas Artes Lino Spilimbergo; y la Biblioteca Popular Justo José de Urquiza, nacida de un baúl de libros que llegó por tren para los empleados ferroviarios y que, por iniciativa de uno de ellos, terminó abierta a todos los vecinos.

De monte comechingón a estación de tren, de pueblo Modesto Acuña a ciudad Río Tercero, la localidad cordobesa sigue construyendo, aniversario tras aniversario, una identidad forjada entre las vías del ferrocarril y el esfuerzo de quienes, como Modesto Acuña, se animaron a imaginar una ciudad donde antes solo había monte.

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