Quino murió un día después de que su criatura más célebre cumpliera 56 años. Mafalda había aparecido por primera vez el 29 de septiembre de 1964 en la revista Primera Plana. En cuestión de horas se pasó de celebrar el cumpleaños de la niña a despedir a su creador. Como advirtieron algunos analistas en aquellos días, buena parte de los homenajes lo recordó casi solo por ella, aunque su obra no empieza ni termina en esa tira.
De Mendoza a Buenos Aires
Joaquín Salvador Lavado Tejón nació el 17 de julio de 1932 en Guaymallén, Mendoza. Lo apodaron Quino para distinguirlo de su tío Joaquín Tejón, pintor y diseñador gráfico que fue quien lo inició en el dibujo. Era hijo de inmigrantes andaluces y creció en una familia politizada, que seguía de cerca la guerra civil española y luego la Segunda Guerra Mundial.
Sus padres murieron cuando era adolescente. A los 18 años se mudó a Buenos Aires, centro del mundo editorial, y en 1954 debutó en el semanario Esto es. Publicó después en Rico Tipo, Leoplán, Tía Vicenta y otros medios, y en 1963 editó su primer libro, Mundo Quino. Allí predominaban el humor absurdo, el dibujo limpio y la ausencia de palabras, con influencias de los franceses Bosc y Chaval. También había ya una mirada casi universal, sin localismos ni argentinismos.
Una tira que nació de un encargo publicitario
Mafalda no nació de una vocación política. A comienzos de los años sesenta, una agencia buscaba un dibujante para promocionar una línea de electrodomésticos, Mansfield. Pedía una familia tipo con nombres que empezaran con M, y el periodista Miguel Brascó le pasó el proyecto a Quino. La marca nunca salió al mercado y las tiras quedaron guardadas, hasta que Julián Delgado, jefe de redacción de Primera Plana, le pidió una colaboración distinta de las habituales.
Así aparecieron, el 29 de septiembre de 1964, una niña de unos seis años y su papá. La nena preguntaba, los padres respondían y ella cerraba con un comentario. Según el propio Quino, la fórmula se agotó pronto y por eso fue sumando personajes.
La tira pasó por tres medios. Estuvo en Primera Plana hasta marzo de 1965 y en el diario El Mundo, con publicación diaria, hasta su cierre en diciembre de 1967. Desde 1968 y hasta el final, el 25 de junio de 1973, se publicó en Siete Días Ilustrados. En su paso por el diario, llegó a matutinos de provincia como Córdoba, de esta ciudad. Los lectores la recortaban y la pegaban en oficinas y vidrieras, y el primer libro recopilatorio agotó 5.000 ejemplares en dos días.
Qué lo distinguía
Hay al menos tres rasgos que lo separaron de sus contemporáneos.
Personajes con psicología propia. Quino estudió a Charles Schulz y su Peanuts, y de allí tomó la complejidad psicológica. Hasta entonces las tiras argentinas trabajaban con figuras unidimensionales, como el «avivato» que hace avivadas o el hipócrita de turno. Sin embargo, se distanció del modelo estadounidense, y el propio Quino lo dijo: hizo una adaptación «muy argentina». A diferencia de la tira de Schulz, Mafalda dialoga de manera estrecha con la realidad que la rodea y con el mundo adulto.
Una clase media que no es un bloque. La investigadora María Julieta Catá sostiene que Mafalda no muestra a la clase media como un sector homogéneo, sino como un conjunto atravesado por tensiones ideológicas y generacionales.
Cada personaje encarna un sector. Mafalda es la inconformista que exige cambios y desconfía de la generación adulta. Felipe comparte sus inquietudes pero es tímido y teme crecer. Susanita representa el gusto por el orden, las «buenas costumbres» y las apariencias. Manolito, hijo de un almacenero español, reúne al inmigrante y al comerciante, y carga con el estereotipo del «gallego bruto». Miguelito vive en su mundo interior y Libertad, que llega en 1970, encarna la intransigencia de quien quiere cambiarlo todo.
Los padres, empleado de oficina y ama de casa, son el sector resignado que se queja pero no actúa. Es un sistema en el que, como en una lengua, cada figura se define por lo que los otros no son.
Una ironía templada por la ternura. La historiadora Isabella Cosse, citada por la investigadora Mara Burkart, señala que Quino convirtió a la «niña intelectualizada» en una voz moral que descubría los dilemas de la humanidad: la desigualdad, la injusticia, el autoritarismo.
Esa ironía corrosiva se compensaba con la ternura de los personajes infantiles, lo que permitía a los lectores reconciliarse con el «nosotros».
Una crítica política sin nombrar a nadie
Quino sostuvo siempre que su intención no era política. Sin embargo, en los globos de Mafalda aparecían frases como «no es cuestión de romper estructuras sino saber qué hacer con los pedazos». El contexto ayuda a entender el alcance. Durante los nueve años de la tira, el país tuvo seis presidentes y osciló entre gobiernos democráticos y dictaduras militares.
Cuando el general Juan Carlos Onganía asumió el poder, en junio de 1966, El Mundo publicó junto a la noticia una tira de un solo cuadro. Mafalda, con el gesto angustiado, decía: «Entonces, ESO que me enseñaron en la escuela…». Se ha leído como la contradicción entre los principios que los adultos inculcan (libertad, paz, democracia) y la realidad política.
La sopa. Para Cosse, la sopa impuesta por la madre funcionó como metáfora de los gobiernos autoritarios impuestos a la fuerza. El humor permitía decir sin nombrar, y la tira nunca mencionó las palabras dictadura o gobierno para criticar la represión. Para Catá, además, la sopa expresa el rechazo de los niños al mundo adulto y su imposición, el conflicto generacional que atraviesa toda la historieta. Su versatilidad era tal que, según Peppino Barale, sirvió de pretexto para hablar en unos cuarenta y cinco chistes de temas que iban de Marx y el psicoanálisis a los golpes militares, la tortura policial y la libertad de prensa.
También hay lugar para la historia cordobesa. El Cordobazo de mayo de 1969 tuvo su eco en la tira, cuando Miguelito amenazó a su madre con dar el «Miguelazo».
Su «humor humanista»
Quino se definía como un «francotirador» antes que un militante, y su humor se dirigía a rasgos perennes del ser humano más que a lo circunstancial. Él mismo lo llamó «humor humanista», no contaminado por la sátira política del momento, y se sentía heredero del francés Sempé. En su última etapa decía ser más un comunicador de ideas o un periodista que un dibujante.
Quino llegó a decir, con cierto pesimismo, que Mafalda no había cambiado nada. El tiempo parece haberle llevado la contra. Poco después de que la tira se despidiera, llegó a la mesa argentina una sopa mucho más indigesta que la de las viñetas, servida con censura, terror y desapariciones. Y sin embargo, aquella nena había dejado algo que ni la censura ni los años pudieron borrar, el reflejo de desconfiar de lo que se presenta como natural y de preguntar quién decidió qué hay que tragar.
Por eso la tira lleva hoy más años fuera de la prensa que publicada y sigue leyéndose en tantos idiomas. No es solo nostalgia. Cada generación encuentra en ella su propia sopa. Quizás esa sea la lección menos evidente de Quino. Una risa, una incomodidad, una tension a tiempo no derriba a ninguna tiranía, pero puede enseñar a reconocerla.
Seis años después, ese espejo nos devuelve los hábitos que aun persisten en nuestro país. Los platos que aceptamos sin chistar y la nena que, desde su humilde dibujo, nos incomoda y nos hace reír, al mismo tiempo, cuando pregunta quién los sirvió y por qué.
