«Soy Frankelda»: una oda gótica al poder de la creación

Con la mentoría de Guillermo del Toro, los hermanos Ambriz estrenan en Netflix el primer largometraje mexicano de animación stop motion cuadro por cuadro, una obra que reivindica lo manual frente a la hegemonía digital y expande los límites del terror fantástico.

"Soy Frankelda": una oda gótica al poder de la creación

La producción demandó más de 20 meses de trabajo continuo, con sets físicos, animación manual y múltiples tomas realizadas en simultáneo.

El cine de animación latinoamericano ha alcanzado un hito histórico con el estreno de «Soy Frankelda», el primer largometraje mexicano realizado íntegramente mediante la técnica de stop motion. La película, que desembarcó en Netflix el pasado 12 de junio tras su paso por salas, funciona como una precuela de la exitosa serie de 2021. Dirigida por los hermanos Arturo y Roy Ambriz a través de su estudio Cinema Fantasma, la cinta no solo destaca por su complejidad técnica, sino por contar con el respaldo y la mentoría de Guillermo del Toro, quien asistió en la distribución y sugirió cambios cruciales en la edición final.

Antes de desglosar el sentido profundo de esta pieza de 100 minutos, es fundamental imaginar la naturaleza física y coreográfica de su creación. El stop motion es una técnica extraordinariamente exigente que requiere de la construcción real de personajes y escenografías, donde seres humanos mueven pacientemente las figuras cuadro por cuadro. En el caso de «Soy Frankelda», este proceso de animación se extendió por dos años y medio, con jornadas en las que se llegaban a tener hasta 20 tomas siendo animadas en simultáneo para cumplir con las exigencias del metraje. Los hermanos Ambriz desarrollaron elaborados movimientos de cámara reales, utilizando grúas programadas que debían moverse milímetro por milímetro para recrear curvas y cambios de foco, evitando cualquier simulación digital. Esta obsesión por lo táctil llevó a la creación de sets físicos enormes, impulsados por un amor hacia lo manual que los directores cultivan desde su infancia en Ciudad de México, cuando transformaban sus juguetes en obras de teatro.

Para llegar a este punto, los realizadores debieron enfrentar desafíos que trascendieron lo artístico. Lo que originalmente se planeó como un especial de 30 minutos creció hasta convertirse en un largometraje, lo que obligó a los hermanos a buscar financiamiento por cuenta propia. El compromiso con su visión fue tan radical que los Ambriz llegaron incluso a hipotecar la casa familiar con el apoyo de sus padres para obtener los préstamos necesarios y mantener su absoluta independencia creativa. Este esfuerzo titánico, que ellos describen como un trabajo físico extenuante, se ve reflejado en una obra que se aleja del terror convencional para explorar la «high fantasy» a través de las relaciones entre sus personajes.

Los hermanos Ambriz filmando una de las escenas iniciales de la película.

¿Qué transmite Soy Frankelda? (Atención: spoilers)

Ambientada en un México decimonónico atravesado por prejuicios sociales y estructuras profundamente patriarcales, la historia de Francisca Imelda encuentra su verdadero motor dramático en la tensión entre la creatividad y la represión. Aunque en la superficie la película desarrolla una aventura fantástica donde dos mundos dependen mutuamente de su existencia, la propuesta de los hermanos Ambriz parece esconder una lectura mucho más íntima.

La joven protagonista atraviesa un proceso constante de silenciamiento. Primero son sus compañeros de escuela quienes ridiculizan sus relatos; luego es la sociedad la que invalida su talento por el simple hecho de ser mujer. Cuando el editor rechaza su libro sin siquiera leer una página, la película deja en evidencia que el verdadero antagonista no es únicamente Procustes, sino también una estructura social que impide que ciertas voces sean escuchadas.

Es allí donde el llamado «Mundo de los Sustos» adquiere una relevancia particular. Aunque existe físicamente dentro de la lógica narrativa de la película, su construcción visual y emocional remite constantemente al territorio de los sueños, las pesadillas y el inconsciente. Las reglas temporales parecen alterarse, los espacios se expanden y contraen caprichosamente, y elementos como las enormes manos que emergen para atrapar a los personajes evocan imágenes propias de los miedos más profundos.

Por momentos, resulta difícil no interpretar este descenso como un viaje hacia la propia psiquis de Francisca. Allí aparecen emociones que en el mundo real permanecen contenidas: la ira, el resentimiento, la frustración y, especialmente, la inseguridad. Mientras arriba debe mostrarse obediente y moderada, abajo puede expresar aquello que durante años fue obligada a callar.

Bajo esta perspectiva, el personaje de Herneval adquiere una dimensión particularmente interesante. Más allá de la evidente lectura romántica, el príncipe puede interpretarse como una representación simbólica de la confianza que Francisca perdió con el paso de los años. No es casual que él haya descubierto sus historias durante la infancia, cuando todavía escribía sin miedo al juicio ajeno. Tampoco parece casual que sea precisamente él quien vuelva a buscarla cuando el equilibrio de ambos mundos comienza a romperse.

De hecho, el vínculo que construyen parece sostenerse menos sobre el amor romántico que sobre el reconocimiento mutuo y la validación de su talento. Herneval cree en ella incluso cuando ella misma deja de hacerlo. Es quien insiste en recordarle el valor de su imaginación cuando Procustes logra sembrar la duda. En ese sentido, la película parece sugerir que la verdadera amenaza para un creador no es el fracaso, sino perder la confianza en su propia voz.

La figura de Procustes opera justamente desde ese lugar. El personaje comprende que no necesita destruir a Frankelda físicamente para derrotarla. Le basta con convencerla de que no es suficientemente talentosa. Su estrategia consiste en apropiarse de sus ideas, explotar sus inseguridades y convertir sus dudas en armas. De esta manera, la película construye un antagonista que funciona como una metáfora del síndrome del impostor y de todos aquellos discursos externos que buscan desacreditar la creatividad ajena.

La interdependencia entre ambos mundos también resulta significativa. El universo fantástico necesita de las historias y las pesadillas provenientes del mundo humano para sobrevivir, mientras que la realidad requiere de la imaginación para mantener vivo aquello que la razón no puede explicar. La película parece plantear que la ficción no es una evasión de la realidad, sino una parte esencial de ella. Cuando la creatividad desaparece, ambos mundos comienzan a desmoronarse.

A nivel visual, la propuesta encuentra otro de sus grandes aciertos. En tiempos donde gran parte de la conversación cultural gira alrededor de la inteligencia artificial y la producción automatizada de imágenes, Soy Frankelda se presenta como una reivindicación absoluta de lo artesanal, lo que podríamos nombrar como Inteligencia Artesanal frente a la Inteligencia Artificial (IA). Cada personaje exhibe texturas visibles, costuras, imperfecciones y rasgos físicos alejados de cualquier ideal de belleza hegemónica. Hay ojeras, jorobas, manchas y expresiones exageradas que recuerdan constantemente la presencia de una mano humana detrás de cada fotograma.

Esa materialidad termina convirtiéndose en parte del discurso de la obra. Mientras la inteligencia artificial suele perseguir una perfección homogénea con pieles lisas y cuerpos esculturales, Cinema Fantasma abraza el error, la rugosidad y la singularidad. La película parece recordarnos que la belleza también habita en aquello que conserva las marcas de quien lo creó.

Incluso el propio proceso de producción dialoga con esta idea. Saber que detrás de cada movimiento hubo animadores desplazando muñecos milímetro a milímetro durante más de dos años transforma la experiencia visual. El stop motion deja de ser únicamente una técnica para convertirse en una postura artística frente a una industria cada vez más acelerada y automatizada.

Quizás el aspecto más discutible aparece en su tramo final. Luego de construir con paciencia las reglas de su universo y el conflicto emocional de su protagonista, la resolución se siente abrupta y deja algunas preguntas abiertas. Sin embargo, incluso esa sensación de inacabado puede interpretarse como una extensión del propio recorrido de Frankelda. Después de todo, la película no trata sobre encontrar respuestas definitivas, sino sobre la decisión de seguir creando pese a las pérdidas, los miedos y las incertidumbres.

Por eso, detrás de sus monstruos, reinos fantásticos y pesadillas vivientes, Soy Frankelda termina funcionando como una poderosa reflexión sobre el acto de narrar. Una historia que reivindica la imaginación como herramienta de resistencia y que encuentra en la figura de una joven escritora el símbolo de todos aquellos artistas que alguna vez debieron luchar para que su voz fuera escuchada (acotación que hicieron explícita los directores en múltiples entrevistas).

Salir de la versión móvil