La imagen final resumió el espíritu de una serie histórica. Los jugadores de Sudáfrica y Nueva Zelanda terminaron abrazados y rezando juntos en el centro de la cancha. Poco antes, los Springboks habían dado otro golpe sobre los All Blacks: se impusieron 43-28 en Baltimore y cerraron con autoridad una seguidilla de cuatro partidos que enfrentó a dos de las grandes potencias del rugby mundial.
La victoria confirmó el gran presente de Sudáfrica, que conquistó los dos últimos Mundiales —Japón 2019 y Francia 2023— y volvió a demostrar por qué es el principal candidato para la Copa del Mundo de Australia 2027. De los cuatro encuentros ante Nueva Zelanda, ganó tres: 33-26 en Ciudad del Cabo, 29-24 en Soweto y 43-28 en Estados Unidos. El único triunfo de los All Blacks fue el 33-16 del primer test, en Johannesburgo.
El traslado de la serie a Estados Unidos tuvo un fuerte componente comercial. Según medios sudafricanos, las uniones de Sudáfrica y Nueva Zelanda obtuvieron más de cinco millones de dólares adicionales respecto de lo que hubieran recaudado si el partido se disputaba en territorio sudafricano. La iniciativa también forma parte del objetivo de World Rugby de impulsar el crecimiento del rugby en Estados Unidos, país que organizará el Mundial de 2031.
La experiencia, sin embargo, tuvo algunos inconvenientes. El primer tiempo estuvo detenido durante diez minutos por un problema en el sistema de comunicación entre el árbitro Karl Dickson y sus asistentes. Una situación llamativa en un escenario que busca acercar el rugby a un público todavía poco familiarizado con este deporte.
Dentro de la cancha, Sudáfrica volvió a mostrar sus principales virtudes: fortaleza física, defensa y profundidad de plantel. Ante el desgaste de cuatro enfrentamientos consecutivos, los Springboks encontraron respuestas incluso cuando debieron recurrir a jugadores que habitualmente no son titulares. Morne van den Berg, medio scrum de relevo, fue una de las figuras en Baltimore.
También sobresalieron varios de los referentes de la generación dorada, como Eben Etzebeth, Pieter-Steph du Toit y Malcolm Marx, mientras que Damian de Allende fue determinante en el cierre de la serie y apoyó dos tries. El equipo dirigido por Rassie Erasmus volvió a mostrar una identidad muy definida y una capacidad para adaptarse que lo convirtió en el gran dominador del rugby internacional de los últimos años.
Erasmus, además, alcanzó los 100 partidos al frente de Sudáfrica. Desde que asumió en 2018, transformó a los Springboks en una potencia sostenida, capaz de ganar incluso en contextos adversos.
Para Nueva Zelanda, en cambio, el cierre dejó un sabor agridulce. Los All Blacks sintieron el desgaste de la serie y llegaron al último partido con menos variantes que su rival. La lesión de Ardie Savea en el tercer encuentro fue otro golpe importante, mientras que el regreso de Richie Mo’unga, después de tres años, no alcanzó para cambiar la historia.
De todos modos, el ciclo de Dave Rennie recién comienza y Nueva Zelanda mostró señales de recuperación. Con Cameron Roigard como uno de sus principales conductores, recuperó parte de su tradicional juego dinámico y de movimiento de pelota.
El próximo gran capítulo podría darse en Australia 2027. El sorteo del Mundial determinó que Sudáfrica y Nueva Zelanda podrían cruzarse en los cuartos de final si cumplen con los pronósticos en la fase de grupos y los octavos.
A poco más de un año de la Copa del Mundo, los Springboks volvieron a dejar un mensaje contundente: siguen siendo el equipo a vencer.
