Para muchas familias argentinas, recurrir al financiamiento ya no se limita a comprar un electrodoméstico, sacar algo en cuotas o adelantar un consumo. También se convirtió en una forma de llegar a fin de mes y sostener los gastos cotidianos. Durante el primer trimestre de 2026, el 58,7% de los hogares urbanos utilizó alguna modalidad de financiamiento, según un relevamiento de la Fundación Encuentro realizado sobre datos de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH).
El dato adquiere otra dimensión cuando se lo cruza con la evolución de la morosidad. El último registro oficial disponible del Banco Central de la República Argentina (BCRA) ubicó en junio en 12,8% la irregularidad de los préstamos a las familias. Para julio, un cálculo de la consultora 1816 realizado sobre la Central de Deudores del BCRA estimó que los atrasos superiores a 90 días treparon al 12,94%, desde el 12,77% de junio.
El escenario, por lo tanto, combina dos movimientos que merecen ser observados en conjunto: el crédito tiene una presencia extendida en la economía doméstica y, al mismo tiempo, aumenta la dificultad para cumplir con las obligaciones asumidas.
Pedir prestado para llegar a fin de mes
La dimensión más significativa aparece cuando se observa para qué se utiliza el financiamiento. Un informe de Agustín Salvia e Iñaki González para el Observatorio de la Deuda Social Argentina de la Universidad Católica Argentina (ODSA-UCA) mostró que, durante el tercer trimestre de 2025, el 27,4% de los hogares urbanos había pedido dinero prestado a familiares, amigos, financieras u otras fuentes para afrontar gastos habituales.
No se trata necesariamente del mismo fenómeno que registra la Fundación Encuentro: los estudios utilizan períodos e indicadores diferentes. Pero el cruce permite observar una misma tensión. Una proporción considerable de familias no solo utiliza mecanismos de financiamiento, sino que en los sectores más vulnerables el préstamo aparece asociado directamente con la posibilidad de sostener el consumo y los gastos corrientes.
Entre los hogares pobres, el 44,4% recurrió a préstamos para cubrir gastos habituales, frente al 22,4% de los hogares no pobres. Y la distancia se amplía al observar el nivel socioeconómico: el recurso al dinero prestado pasa del 11,8% en el estrato medio-alto al 23,2% en el medio-bajo, 32,5% en el bajo y 47,5% en el muy bajo.
Una frontera cada vez más estrecha
El vínculo con la situación económica también resulta marcado. El 49,2% de los hogares que manifiestan estrés económico —porque consideran que sus ingresos no alcanzan para cubrir las necesidades básicas— recurrió a dinero prestado, contra el 13,3% de aquellos que no atraviesan esa situación. Entre quienes combinan pobreza y estrés económico, la proporción llega al 55,8%.
La Fundación Encuentro, por su parte, registró una mayor utilización del financiamiento entre hogares con menores (62,8%) que entre aquellos sin niños (52,7%). También detectó una diferencia según la situación laboral: el 71,1% de los hogares con un trabajador asalariado formal recurrió a alguna modalidad de financiación, frente al 55,8% de los hogares con empleo informal.
La fotografía que surge de ambos relevamientos no permite afirmar que todo crédito sea una señal de deterioro. Pero sí muestra una frontera relevante: cuando el financiamiento pasa de facilitar una compra a cubrir alimentos, servicios u otros gastos habituales, la capacidad de los ingresos para sostener la economía familiar queda más expuesta.
Este escenario permite dimensionar la evolución reciente de la morosidad y vuelve a poner en el centro la capacidad de pago de los hogares. El problema, entonces, no pasa únicamente por cuánto financiamiento utilizan las familias, sino por qué lugar ocupa dentro de su presupuesto mensual. Cuando pedir prestado deja de responder a una necesidad puntual y se convierte en un recurso recurrente para afrontar los gastos habituales, el financiamiento pasa a cumplir otra función: sostener una economía familiar que ya no alcanza con los ingresos corrientes.
