La obra «Los Delirios de… ¿Quién?», producida por Aloja Producciones, ha elegido el escenario de La Rústica (Liniers 82) para desplegar una vez más el ambicioso proyecto pero en esta ocasión fragmentada en una serie de tres episodios consecutivos. Bajo la dirección y visión de Paula Gonzáles, la propuesta escapa de la biografía lineal para adentrarse en la mitología física de una banda que atravesó la cultura del rock.
El ciclo, bautizado como «Jueves de Puticlub», propone un formato inusual para las tablas cordobesas. En lugar de una función única y cerrada, la historia se narra en entregas, aprovechando la atmósfera íntima del bar para transformar a los espectadores en parte fundamental del paisaje. Con un elenco multitudinario que oscila entre los 18 y 21 intérpretes, la obra se presenta como un homenaje vivo y ritualístico que busca, en palabras de su directora, dar una imagen de lo que el fenómeno ricotero significó para el inconsciente colectivo.
La «cultura del caos»
La decisión de dividir la obra en tres actos (los jueves 14, 21 y 28 de mayo a las 21:30) responde tanto a una necesidad logística como a un desafío narrativo. En un espacio de aforo reducido, la fragmentación permite que la densidad del relato respire. Según explica Paula, la idea nació de una adaptación al clima y al espacio de La Rústica: «Es un desafío para nosotros y va a ser toda una experiencia. Y quien pueda ver las tres partes, habrá que ver cómo procesa toda la información».
La pieza no se apoya en imitaciones ni en una cronología oficial. Fue más bien la propia figura del Monarca el disparador: «hubo un momento en el que me di cuenta que el personaje de Patricio Rey era altamente teatral», asegura la directora. A partir de allí, se inició un proceso de años para tejer un hilo dramático utilizando exclusivamente la discografía de la banda:
“Con los Redondos, además, es imposible no atravesar lo social, la poética y también la fantasía, ese misterio y esa mística que siempre los rodeó. Todo eso fue dando forma a la obra. Y para contar esa historia me di cuenta de algo: ellos ya lo habían dicho todo en las canciones. Entonces el trabajo fue, durante varios años, tomar temas de su discografía y construir un hilo dramático que narrara su propia historia”.
Pero el resultado es una estética que abraza la imperfección y el desorden controlado, lo que Paula define como «la cultura del caos que tiene que ver con el rock», rechazando modernizaciones innecesarias o proyecciones tecnológicas que diluyan la magia del teatro.
De la liturgia del pogo al escenario
En el universo de los Redondos, el público nunca fue uno más, y en «Los Delirios…» esa premisa se mantiene a rajatabla. La obra integra a los presentes en el mismo plano escénico que los actores. Para Paula, la presencia de la gente es una constante inevitable: «no es necesariamente inmersiva (expresa posicionándose en la mirada del público) porque en algún momento entro a escena, sino que soy parte. El público ha sido la otra mitad del fenómeno». En esta puesta, el espectador es invitado a ser parte del escenario redondo, muchas veces interviniendo de forma espontánea, algo que el elenco recibe con gratitud como una validación de la fibra emocional que la obra intenta tocar.
El espacio de La Rústica potencia esta mística. Al ser un bar de rock, el ambiente ya viene cargado de una predisposición sensorial que el teatro convencional a veces congela. En la lógica de la obra, el espacio no es un dispositivo escénico neutro sino una condición dramatúrgica. La elección de La Rústica y de otros ámbitos similares responde a una búsqueda deliberada de atmósferas que remiten a una tradición cultural específica: la del barrio, el club y la previa de algún recital.
“Es ir en busca del ambiente. Al igual que también hemos ido pasando por lugares que si bien son más grandes, pero también consideramos que son parte, los clubes de barrio. De repente el ante año pasado lo hicimos en el club de Racing. Hay una fecha que estamos buscando hace rato que ojalá que se dé, no voy a decir dónde, pero vamos siempre tratando de que las cosas estén por como se han dado, no inventar nada nuevo, sino como que todo tiene que ver con todos los lugares también y por supuesto que bares de rock en El Abasto, y bueno, qué mejor”.
En esa línea, la directora también lo concibe como una continuidad de puesta más que como una fijación de escenario: los espacios no funcionan como unidades cerradas sino como variaciones de un mismo territorio escénico, donde el público no ingresa a una sala tradicional sino a una situación viva, en permanente estado de representación.
Ese criterio también se traslada a la previa del espectáculo, entendido como parte del dispositivo teatral. La antesala deja de ser espera para convertirse en umbral performático, una instancia donde el acontecimiento comienza a activarse antes de entrar a escena.
Los personajes
En palabras de Paula, la obra se convierte en un regalo transgeneracional donde conviven quienes vieron a la banda en sus inicios con jóvenes que apenas conocen su leyenda, todos unidos por personajes de la cosmogonía ricotera como Luzbelito o la Bella Señora, cuyas representaciones quedan abiertas a la interpretación de cada cabeza.
En ese sentido, la directora sostiene que la pieza no busca fijar una única representación sino habilitar múltiples lecturas. “El mismo Patricio Rey, por ejemplo, ¿cómo te lo imaginás? Hay quienes lo ven pelado y con anteojos, otros como un burgués, un tranza… hay muchas versiones, y todas son válidas. Lo que pasa con Los Redondos es que cada cabeza, cada oído, construye su propio universo”, expresó en la conversación.
Hacer arte con el arte
Uno de los momentos más significativos en la gestación de esta pieza fue el encuentro cara a cara con la historia. Paula y parte del equipo lograron entregarle un pendrive con la filmación de la obra a Skay Beilinson y la Negra Poly durante una presentación en San Francisco. La reacción de los pilares del mito fue de una curiosidad amorosa; Poly incluso se interesó por detalles técnicos de la interpretación de su propio personaje en escena. Este respaldo informal refuerza la premisa de la obra: «la idea, con toda humildad, es hacer arte con el arte que nos dejaron. Entonces, desde ahí es un humilde homenaje y es para todos y es para ellos también, por supuesto».
Sin embargo, la propuesta de Aloja Producciones se aleja de la nostalgia paralizante para proponer una visión transpersonal y poética de la separación de la banda y su impacto cultural. No se busca la verdad histórica, sino alimentar un poco más esa fantasía y mito sobre los hechos, tomando licencias artísticas para mostrar, por ejemplo, cómo se pelearon el Indio y Skay desde la óptica del teatro.
Para quienes deseen ser parte de este fragmentado ritual, las reservas se pueden adquirir comunicándose al número 3543 698943. Las entradas son con contribución voluntaria (a la gorra), pero debido a que el espacio es reducido y el cupo está limitado a 70 personas. La experiencia promete ser una odisea cambiante, un espacio donde, como en los viejos recitales, la ceremonia empieza desde el momento en que se decide ir y se empieza a palpitar la espera en la vereda.
