La 74ª entrega del Festival de San Sebastián, que transcurrirá del 18 al 26 de septiembre, incluyó en su competencia principal dos propuestas con una impronta narrativa contundente. Tanto Glaxo como Mis muertos tristes formarán parte de la Sección Oficial, lo que coloca a las producciones en el centro de la disputa por la Concha de Oro en un año marcado por la diversidad de lenguajes. Este espacio en el certamen español permite observar cómo la producción de la región sostiene un diálogo fluido con la industria internacional a través de estéticas muy personales.
En el caso de Benjamín Naishtat, el director se adentra en el universo de Hernán Ronsino para adaptar la segunda entrega de su trilogía pampeana. El guion, confeccionado por ambos, respeta la estructura de relato polifónico que caracteriza a la novela, permitiendo que la historia se despliegue en cuatro épocas distintas entre los años cincuenta y ochenta.
La trama reconstruye las grietas de la memoria y el peso de la traición en un pequeño pueblo bonaerense, donde el arribo de un expolicía y su esposa fractura una amistad de juventud. En este escenario, los ecos de la última dictadura militar conviven con las derivaciones de un crimen pasional, configurando lo que sus realizadores describen como una historia sobre el deseo y la venganza, ambientada en una época en la que todo un país perdió la inocencia” El reparto reúne a figuras como Lali Espósito, Marcelo Subiotto, Esteban Bigliardi y Esteban Lamothe.
Por su parte, Pablo Larraín propone una incursión en el terror dramático con Mis muertos tristes, un filme que amalgama personajes y situaciones de diversos cuentos de Mariana Enriquez. Con Mercedes Morán y Dolores Fonzi en los roles centrales, el relato se enfoca en Ema, una médica de 60 años capaz de percibir lo que ella llama «presencias». Ese equilibrio cotidiano se rompe con la aparición de su sobrina Julie, quien posee una conexión con el más allá mucho más intensa y física, arrastrando a todo un barrio a una convivencia perturbadora con voces del pasado. La película, que fue escrita por la propia Enriquez junto a Larraín, Guillermo Calderón y Anastasia Ayazi, obliga a la protagonista a confrontar sus propios fantasmas y los límites difusos entre la vida y el deseo.
Esta doble participación en la competencia mayor subraya la madurez de un cine que apuesta por el riesgo formal. Mientras Naishtat consolida un lenguaje de reconstrucción histórica austero y preciso, Larraín profundiza en la exploración de géneros híbridos, llevando el gótico rioplatense a una dimensión puramente visual. La presencia del director chileno en Donostia no es casual, ya que cuenta con un historial extenso en el certamen con títulos como Spencer, Tony Manero o No.
La producciones sobresalen además porque ambas películas competirán por la Concha de Oro junto a obras de cineastas de peso internacional como Mike Leigh, Nicole Garcia, Maha Harada, Hans Petter Moland y Yeşim Ustaoğlu, en la última edición del festival bajo la dirección de José Luis Rebordinos.
A esta fuerte impronta de las letras nacionales se suma un reconocimiento histórico para la actuación argentina. El certamen eligió a Ricardo Darín como figura principal de su cartel oficial, consolidando una relación de veinte años entre el actor y el evento que ya lo distinguió con el Premio Donostia en 2017. Con casi medio siglo de trayectoria y más de 40 premios, Darín se convierte en la novena personalidad de la cinematografía contemporánea en protagonizar esta imagen oficial, un honor compartido previamente por figuras como Isabelle Huppert o Cate Blanchett.
El diseño del póster, a cargo del estudio Wallijai, consiste en un collage basado en un retrato de 2024 realizado por el fotógrafo argentino Sebastián Arpesella. Bajo el eje temático de los oficios del cine, la imagen de Darín alude a la interpretación, mientras que otras secciones del certamen se asocian con el guion, el sonido o la dirección, integrando así toda la cadena creativa de la industria.
En definitiva, la cita en San Sebastián funciona como un reconocimiento a la capacidad de estas historias para sostener su identidad estética dentro del circuito de autor más exigente del mundo.
