Hoy, 18 de mayo, Argentina celebra el Día de la Escarapela, ese pequeño distintivo celeste y blanco que, con modesta elegancia, representa la identidad nacional. Pero pocos conocen que el objeto que hoy se luce en actos patrios y uniformes escolares guarda una historia que arranca mucho antes que la Revolución de Mayo, en las ruidosas plazas de la Europa medieval.
Porque la escarapela no nació en el Cabildo ni en tiempos de la Revolución de Mayo. Su origen se remonta a siglos antes, en las plazas bulliciosas de la Europa medieval, donde artistas callejeros, mercaderes y sacamuelas competían por atraer público entre gritos, música y promesas milagrosas.
De los charlatanes medievales al símbolo patrio
En ciudades como Venecia, durante carnavales que podían durar meses, las calles se llenaban de personajes extravagantes: magos, titiriteros, músicos y vendedores de “elixires mágicos” que aseguraban curar desde el dolor de muelas hasta el mal de amores. Entre ellos estaban también los famosos barberos cirujanos, especialistas en cortes de pelo… y en arrancar dientes sin demasiada anestesia.
Para distinguirse entre la multitud, estos personajes usaban cintas, moños y distintivos de colores fuertes. Era publicidad medieval: cuanto más vistoso el atuendo, más posibilidades de conseguir clientes. Así comenzaron a popularizarse las escarapelas y bandas de colores como signos de identificación rápida.
De hecho, una de esas tradiciones sobrevivió hasta hoy: el clásico poste espiralado rojo, blanco y azul de las barberías modernas proviene justamente de aquellos antiguos barberos europeos. Sí, la historia de la escarapela tiene un inesperado primo peluquero.
Y no es la única curiosidad. La palabra “charlatán” viene del italiano ciarlatano, derivado de ciarlare, que significa “parlotear”. Algo bastante reconocible en cualquier feria… o en ciertos debates televisivos actuales.
El color como identidad: de la feria a la patria
Con el paso de los siglos, aquellas cintas dejaron de ser solo adornos comerciales y comenzaron a utilizarse en la política y en la guerra. Los ejércitos europeos adoptaron colores distintivos para reconocerse en batalla y diferenciar aliados de enemigos.
La idea cruzó el Atlántico y llegó también al Río de la Plata, donde los movimientos revolucionarios empezaban a cuestionar el dominio español. En ese contexto, los patriotas necesitaban un símbolo visible que los identificara.
Así apareció la escarapela celeste y blanca.
La versión más difundida sostiene que fue impulsada por Manuel Belgrano, quien ya utilizaba esos colores en las tropas revolucionarias. El Primer Triunvirato oficializó la escarapela nacional en febrero de 1812, aunque la tradición patriótica argentina recuerda cada 18 de mayo como el Día de la Escarapela, una fecha instalada en el calendario escolar desde el siglo XX.
Hay debates históricos sobre el verdadero origen de los colores: algunos investigadores sostienen que ya eran utilizados por milicias criollas durante las Invasiones Inglesas; otros los vinculan con los colores de la Casa de Borbón española. Y después está la explicación más romántica, y probablemente la favorita de cualquier acto escolar: el celeste y blanco inspirados en el cielo y las nubes.
Además un dato para destacar es que Argentina es el único país del mundo donde la escarapela es considerada el primer símbolo patrio, anterior incluso a la bandera nacional. En el resto de los países que la usan, ocupa un lugar secundario o ceremonial frente a los emblemas constitucionales clásicos.
Un símbolo humilde que sobrevivió a todo
La escarapela tiene algo que otros símbolos patrios no siempre logran: cercanía. No impone solemnidad. No necesita discursos largos ni mástiles gigantes. Cabe en una mano, cuesta poco y aparece en la infancia de casi cualquier argentino.
Está en las fotos escolares, en los actos bajo frío polar, en las maestras acomodando moñitos torcidos y en las madres diciendo “quedate quieto que te la prendo bien”. Es probablemente el símbolo patrio más cotidiano de todos.
Y aunque hoy se use sobre todo en mayo y junio, durante muchos años fue una marca política y militar de enorme importancia.
De las plazas medievales al aula argentina
Lo que comenzó como un recurso de los vendedores ambulantes para hacerse ver entre la multitud terminó transformándose, a través de los siglos, en uno de los símbolos más emotivos de la identidad nacional. Un recorrido que va del ruido de las ferias europeas a los actos silenciosos de los colegios argentinos, donde cada alumno luce en su guardapolvo ese pequeño círculo de tela que condensa, sin saberlo, siglos de historia compartida.
La escarapela no es solo un adorno. Es, en su humilde forma redonda, un nudo entre el pasado y el presente: el mismo impulso humano de reconocerse entre los propios que llevaba a los comerciantes medievales a teñir sus cintas de colores, y que hoy hace que millones de argentinos digan, con ella en la solapa, «yo soy de aca».
