Todos los 7 de septiembre, el calendario argentino recuerda a quienes trabajan el metal, dan forma al hierro y sostienen con sus manos buena parte de la industria nacional. La fecha, no es casual y nos recuerda el nacimiento, en 1784, de fray Luis Beltrán, el religioso mendocino que se convirtió en una de las piezas clave, y menos recordadas, de la independencia sudamericana.
Un fraile con vocación de artesano
Beltrán ingresó de joven al Convento de San Francisco, en Mendoza, donde además de formarse en teología se interesó por la física, la mecánica y las ciencias aplicadas, un terreno poco habitual para un hombre de sotana en esa época. Su curiosidad por el mundo material lo llevó, tiempo después, a convertirse en capellán de las tropas independentistas en Chile, donde debió reponer un arsenal destruido tras una derrota militar. Ese episodio reveló una habilidad que definiría el resto de su vida.
Derrotados los patriotas chilenos en 1814, Beltrán cruzó la cordillera hacia Mendoza cargando consigo sus instrumentos de trabajo. Allí lo esperaba José de San Martín, que preparaba en secreto al Ejército de los Andes y necesitaba, más que soldados, técnicos capaces de fabricar de la nada lo que la guerra exigía.
El taller que hizo posible el cruce de los Andes
En el campamento de El Plumerillo, Beltrán organizó una verdadera fábrica de guerra. Cientos de artesanos trabajaban en turnos rotativos bajo su dirección, fundiendo campanas de iglesia y ollas domésticas para transformarlas en cañones, fusiles, balas y granadas. También diseñó puentes colgantes, grúas y pontones pensados para vencer los abismos de la cordillera. San Martín llegó a llamarlo «el Vulcano de los Andes», en referencia al dios romano del fuego y la forja, por la intensidad con la que dirigía aquellos talleres.
El historiador Bartolomé Mitre lo describió como un hombre que se hizo matemático, artillero, carpintero, herrero y médico casi por pura intuición y observación, aplicando sus capacidades naturales a cada oficio que la circunstancia le exigía dominar.
Su aporte no quedó solo en la retaguardia. Participó como artillero en Chacabuco y Maipú, y más tarde continuó su labor técnica junto a las tropas de Bolívar en Perú, donde volvió a montar talleres de producción bélica a un ritmo extenuante.
Un héroe olvidado
Los años de guerra y de exigencia permanente fueron minando su salud. Tras un episodio de fuerte tensión con Bolívar, Beltrán atravesó una profunda crisis anímica que lo llevó a un intento de quitarse la vida, del que pudo ser rescatado a tiempo. Se recuperó, volvió a cruzar la cordillera y todavía alcanzó a combatir contra Brasil, aunque su cuerpo y su ánimo ya no eran los mismos. Murió en 1827, a los cuarenta y tres años, pobre y nuevamente convertido solo en sacerdote, habiendo renunciado a las armas en sus últimos días.
De los talleres de El Plumerillo a las escuelas técnicas de hoy
Más de dos siglos después, la figura de Beltrán sigue siendo una referencia para la formación técnica argentina. Así lo sostiene el profesor Joaquín Yfran Acosta, docente de historia en la Escuela Técnica «Fray Luis Beltrán» de Corrientes Capital, que este año celebra su 50° aniversario. Para el docente, el fraile representa la síntesis de una idea de nación en la que el saber práctico y el compromiso con la comunidad van de la mano: «aprender haciendo, construir con inteligencia y servir con compromiso», en sus palabras.
Esa tradición, señala, se proyectó en el siglo XX a través de las escuelas de artes y oficios y, más tarde, del Consejo Nacional de Educación Técnica, creado en 1959, cuando el país entendió que la soberanía también se construye con herramientas y talleres.
Por eso, cada Día del Trabajador Metalúrgico no solo se homenajea una fecha de nacimiento: se recuerda a un hombre que convirtió el fuego, el hierro y el ingenio en instrumentos de libertad, y cuyo legado sigue vivo en cada taller donde alguien aprende un oficio para ponerlo al servicio de los demás.
