Empieza el otoño, indiscutiblemente la estación con mejor clima en Córdoba. Es el momento del año más celebrado para tenistas, golfistas y nostálgicos, y también cuando las sierras eligen su mejor paleta de colores ilustrando con verde, amarillo y ocre, lo que pasa dentro nuestro. Ahora es cuando los recuerdos aún poseen follaje, la memoria persiste perenne, y una multitud de hojas hacen su melancólica danza descendente para descansar y fundirse con la tierra húmeda. Los últimos chaparrones se esmeran en limpiar el paisaje y, al despejar el firmamento, dejan un viento con perfume triste que se lleva los gritos de las cotorras.
Una moto hace ruido y corta el atardecer con la amenaza de la parte más angustiante del año. Repentinamente la ciudad se yergue por delante y la naturaleza, huidiza, se pierde en el horizonte. El asfalto no tiene contemplación con los melancólicos que eligen transitar por las veredas rotas en busca de ayuda. Para ellos dejamos acá, entonces, tres lugares para combatir la nostalgia otoñal.
Planta Baja es un pequeñísimo winebar en Duarte Quirós al 800. Al ingresar, inmediatamente sentís que te estaban esperando. Matías te va a dar un abrazo en cada copa, una explicación en cada sorbo, y la untuosidad de los quesos serán el fiel reflejo del amor a la vida. Allí donde las picadas no pican, en ese templo de adoración a la boca -el más sensual de nuestros órganos-, cuando lleguen las empanadas de brie, osobuco, hongos con almendras, o cordero, podrás escuchar la sinfonía de cariño sobre el platito.
Es tema de debate cómo se sostiene este proyecto que comercializa calidez y comprensión, en lugar de productos. Sofisticado pero no pretencioso, empapelado con cientos de botellas de vino que esperan contener al visitante con su contenido, no hay tristeza que pueda resistir un atardecer en Planta Baja.
En Salta Calma, el bar del Parque Sarmiento que se ubica al fondo de la Deodoro Roca, cerca del Dante, se aceptan personas en calzas o sudadas porque la etiqueta de este bar y restorán recibe todo tipo de gimnastas, fitness, fullness, glotones, transpirados o recién bañados.
Allí donde el Parque cumple con la promesa otoñal de poner todos los pantones a disposición del comensal, aparecen filtraciones de esperanza porque cada brote es un ciclo de la naturaleza que se inicia al amanecer. Pasan dos gorditos haciendo un esfuerzo terrible por completar 5 km, el Superpark rechina a lo lejos un quejido en blanco y negro añorando tiempos pasados, y un pochoclo medio añejado le presume a la última manzana caramelizada del carrito. En tu mesa acaban de presentar la tabla del mundo, un viaje a la gula sin retorno, regado por jugos que maridan con la vegetación imperante. Inspirás y te sentís franca y frescamente bien.
No hay abatimiento ni resaca sabática que pueda frenar la maravillosa oportunidad de observar la coincidencia entre el sol del otoño y sus hijos dorados, los productos de la feria agroecológica de la UNC. Es sábado a la mañana, coordenada temporal señalada para la encantadora experiencia de tomarse un recreo, dejar que el mundanal ritmo se enrosque sobre sí mismo, e integrarse a la lógica comunitaria y orgánica de la feria.
Las personas se deslizan por el espacio, muy conectadas entre sí, bajo un sol que irradia atemporalidad -como si se tratara de un homenaje a Juan Rulfo-. Hay de todo: verduras, panificación, huevos, libros usados y poemas nuevos, mermeladas y todo tipo de preparados artesanales. Pero lo que más abunda es la energía positiva.
En la cola de los panes Dagan (por favor no se los pierdan), un ciego tararea detrás de mí, con dulzura, una canción que conozco perfectamente, acompañada con el rumiar de una juguera impulsada por una bicicleta que parece extraída de la película Mad Max.
Me sobresalta un “¡dale dale, soltá la segunda!” y corcovea una renoleta que estaba siendo, no empujada, sino “alentada” a salir en leal búsqueda de más productos para vender. Son las 11:30 y todavía tenés tiempo de mezclarte entre la luz, de sorprenderte con el tamaño de las zanahorias o de corroborar, una vez más, que las mejores rúculas ya fueron vendidas. Metés en la bolsa de tela dos raciones de yerba barbacuá -cuya potencia estimulante supera a la metanfetamina- y, de sólo pensar en ella, se acelera el ritmo de unas panderetas que baten las chicas allá, donde se hace capoeira bajo la sombra.
Ya de salida, dispuesto, a bajar a la ciudad, intentás descifrar el color de unos vehículos bañados en capas y capas de óxido. Te saluda una pareja que acaba de comprar unas aceitunas del tamaño de una ciruela y tropezás con el mediodía. Se almorazará ensalada y al otoño le pondremos aceite de oliva recién comprado.
El ciclo de la vida promete dar toda la vuelta y hacerse eco de las últimas palabras de Harry Houdini “si es de algún modo posible, volveré”. A diferencia del mago, sabemos que nos esperan muchas más primaveras, vinos, y veranos más.