Lula: entre la recompensa y el desafío de volver a creer

Nacido en la pobreza extrema, obrero metalúrgico que perdió un dedo en una fábrica, líder sindical enfrentado a la dictadura, preso en 2018, participe de las principales disputas sociales y democráticas de Brasil. Luiz Inácio Lula da Silva cumple 81 años este 27 de octubre de 2026, apenas dos días después de protagonizar una de las remontadas electorales más significativas de la historia democrática brasileña. 

Lula: entre la recompensa y el desafío de volver a creer

Foto de archivo de Luiz Inácio Lula da Silva, 2026.

Lula nació el 27 de octubre de 1945 en Garanhuns, una localidad del estado brasileño de Pernambuco, en el nordeste del país. Fue el séptimo de ocho hijos de Aristides Inácio da Silva y Eurídice Ferreira de Mello, conocida como doña Lindu. Su infancia transcurrió en condiciones de extrema precariedad, en una familia campesina que dependía principalmente del trabajo de su madre para sobrevivir.

Más tarde, su padre abandonaría la casa en busca de empleo y terminaría formando otra familia en São Paulo. Así, es como a fines de 1952, cuando Lula tenía siete años, su madre emprendió el viaje hacia el sudeste brasileño con sus hijos. Recorriendo durante 13 días la distancia que separaba Pernambuco de São Paulo en la caja de un camión, un medio de transporte utilizado por numerosas familias migrantes de la época.

El desplazamiento no significó el fin de las dificultades. La familia se instaló primero en la costa paulista y después en la ciudad de São Paulo, donde vivió en condiciones modestas. La necesidad lo llevó a trabajar a sus 12 años desde lustrabotas y vendedor ambulante hasta empleado de una tintorería y cadete, entre otras ocupaciones. Dona Lindu insistió en que estudiara. Esa figura materna fue tan central en su vida que el cine la convirtió en casi coprotagonista de su biografía.

A los 14 años ingresó en una fábrica de tornillos y comenzó su formación como tornero mecánico en el Servicio Nacional de Aprendizaje Industrial (SENAI). Su incorporación al sector metalúrgico lo acercó a una realidad que, años después, sería determinante en su vida política, la de los trabajadores industriales, sus condiciones laborales y sus conflictos con los empleadores.

A los 18 años, mientras trabajaba en una fábrica metalúrgica, Lula sufrió un accidente laboral que le provocó la amputación del meñique de la mano izquierda. La lesión, que marcaría su vida, también lo enfrentó de manera directa a los riesgos y las condiciones en las que trabajaban miles de obreros brasileños. En aquellos años, su vida transcurría entre las exigencias de la fábrica y las dificultades económicas de su familia que conocía de cerca la precariedad.

A los 25 años, atravesó otro golpe personal, su primera esposa, Maria de Lourdes da Silva, murió durante el embarazo, junto con el bebé que esperaban, debido a complicaciones médicas.

Esas experiencias formaron parte de una etapa atravesada por la vulnerabilidad, aunque su acercamiento a la política sindical no fue una consecuencia automática de ellas. Fue a través de su trabajo y de los vínculos que construyó en el ámbito industrial que Lula comenzó a involucrarse en las demandas colectivas de los trabajadores. Su hermano mayor, José Ferreira da Silva, conocido como Frei Chico, que ya tenía participación sindical y militancia política, también contribuyó a acercarlo a ese universo.

En un contexto de bajos salarios, restricciones a la actividad gremial y dictadura militar, Lula empezó a comprender que muchos de los problemas que afectaban a los obreros no eran dificultades individuales, sino experiencias compartidas que requerían una respuesta colectiva.

De la fábrica al sindicalismo: el enfrentamiento con la dictadura

La incorporación de Lula al movimiento sindical comenzó a fines de la década de 1960, en el cinturón industrial del ABC paulista, una región que concentraba grandes fábricas automotrices y miles de trabajadores metalúrgicos. En 1975 asumió la presidencia del Sindicato de los Metalúrgicos de São Bernardo do Campo y Diadema, desde donde ganó notoriedad por su capacidad de organización y convocatoria.

Brasil estaba gobernado por una dictadura militar instaurada en 1964. En ese contexto, las reivindicaciones salariales y laborales no eran únicamente conflictos económicos, también se enfrentaban a un régimen que restringía las libertades políticas, intervenía organizaciones sindicales y reprimía la protesta.

Lula empezó a encabezar huelgas multitudinarias a fines de los años setenta, en las que los trabajadores reclamaban mejores salarios y condiciones laborales. En 1979, una de las principales paralizaciones reunió a alrededor de 150.000 metalúrgicos, según los registros históricos. La movilización puso en evidencia la capacidad de organización de los trabajadores industriales y convirtió al dirigente sindical en una figura nacional.

En 1980, durante una nueva ola de huelgas, Lula fue detenido junto con otros dirigentes sindicales y permaneció preso durante 31 días bajo la Ley de Seguridad Nacional. La dictadura buscaba debilitar la organización obrera, pero el encarcelamiento contribuyó a consolidar su imagen como referente de la resistencia sindical.

Ese mismo año participó en la fundación del Partido de los Trabajadores, junto con sindicalistas, intelectuales, militantes de izquierda y representantes de movimientos sociales. El PT nació con la intención de construir una alternativa política vinculada a las demandas de los sectores trabajadores, en un momento en que Brasil avanzaba lentamente hacia la apertura democrática.

En 1983, Lula también estuvo vinculado a la creación de la Central Única de los Trabajadores (CUT), una de las principales organizaciones sindicales del país. Tres años después fue elegido diputado federal constituyente por São Paulo, con la mayor cantidad de votos del país para ese cargo. Desde allí participó en los debates que desembocaron en la Constitución de 1988, que restableció derechos y garantías tras el período autoritario.

Conocida como la Constitución Ciudadana, la misma, consolidó las libertades políticas, la libertad de expresión y asociación, las garantías frente a los abusos del Estado y el derecho de los trabajadores a organizarse y hacer huelga. También amplió el reconocimiento de los derechos sociales, como la salud, la educación y la seguridad social. El nuevo marco constitucional buscó dejar atrás las restricciones de la dictadura y establecer que la ciudadanía, la dignidad humana y la justicia social debían formar parte de los fundamentos del Estado.

Para Lula, cuya trayectoria había comenzado en las fábricas y los sindicatos durante el régimen militar, esa transformación representó el escenario democrático en el que su movimiento obrero pudo convertirse en una fuerza política nacional.

Tres derrotas antes de la Presidencia

Lula se presentó por primera vez a las elecciones presidenciales en 1989, en los primeros comicios directos para elegir presidente después de casi tres décadas. Llegó a la segunda vuelta, pero perdió frente a Fernando Collor de Mello, un candidato que se había presentado como renovador y defensor de la modernización económica.

Volvió a competir en 1994 y 1998, y en ambas elecciones fue derrotado en primera vuelta por Fernando Henrique Cardoso, impulsor del Plan Real, que había estabilizado la moneda brasileña y ganado un amplio respaldo electoral.

Las derrotas obligaron al PT a revisar su estrategia. Lula amplió sus alianzas más allá de la izquierda tradicional, moderó aspectos de su discurso económico y buscó reducir la desconfianza de los sectores medios y empresariales. La campaña de 2002 combinó su identificación con las clases populares con una imagen de dirigente capaz de administrar el Estado y construir acuerdos.

En octubre de ese año venció al candidato oficialista José Serra en la segunda vuelta y obtuvo más de 52 millones de votos. Tenía 57 años cuando asumió la Presidencia, el 1 de enero de 2003. Su llegada al Palacio del Planalto representó un acontecimiento político e histórico, por primera vez, un dirigente surgido del movimiento obrero y de una familia extremadamente pobre, alcanzaba la jefatura del Estado brasileño.

La primera presidencia

Lula da Silva, el 1 de enero de 2003, cuando asumió su primera presidencia. Foto: AFP Imagen: 2/5.

El primer mandato de Lula, entre 2003 y 2006, comenzó en un contexto de dificultades económicas, desempleo y desigualdad social. Su gobierno mantuvo aspectos centrales de la política macroeconómica heredada de Cardoso, entre ellos el compromiso con el control de la inflación y la disciplina fiscal. Al mismo tiempo, colocó el combate al hambre y la pobreza entre sus principales objetivos.

Una de las iniciativas más importantes fue «Fome Zero» (Hambre Cero) un conjunto de políticas destinado a mejorar la seguridad alimentaria. En ese marco, en octubre de 2003 se creó el programa Bolsa Família, que unificó distintas ayudas económicas y estableció transferencias de ingresos a familias vulnerables, vinculadas al acceso a la educación y la salud.

El programa se convirtió en una de las principales marcas de su gobierno. Su alcance contribuyó a mejorar las condiciones de vida de millones de personas y a reducir la pobreza, aunque sus resultados también deben analizarse junto con otras variables, como el crecimiento económico, el empleo y la evolución de los salarios. 

La gestión también impulsó iniciativas como Luz para Todos, orientada a ampliar el acceso a la electricidad en zonas rurales, y políticas destinadas a fortalecer la agricultura familiar. En el plano educativo, el Programa Universidad para Todos (ProUni), creado en 2004, amplió el acceso a instituciones privadas de educación superior mediante becas para estudiantes de bajos ingresos.

El contexto internacional fue favorable, la expansión del comercio mundial y el aumento de los precios de las materias primas beneficiaron las exportaciones brasileñas. El crecimiento económico, el aumento del empleo y la expansión del consumo reforzaron la popularidad presidencial.

Sin embargo, el período también estuvo marcado por controversias. En 2005 estalló el escándalo conocido como Mensalão, relacionado con un esquema de pagos a legisladores para garantizar apoyo parlamentario al gobierno. El caso provocó una crisis política y alcanzó a figuras centrales del PT, aunque Lula logró sostener su posición y continuar en el poder.

La reelección de 2006 y un segundo mandato atravesado por la crisis mundial

Foto de archivo de Lula Da Silva como presidente en 2007, junto a su esposa.

Lula fue reelegido en 2006, tras derrotar en segunda vuelta a Geraldo Alckmin. Su segundo mandato, entre 2007 y 2010, profundizó varias de las líneas de la gestión anterior, con mayor inversión pública y una agenda de infraestructura más ambiciosa.

En 2007 lanzó el Programa de Aceleración del Crecimiento (PAC), destinado a impulsar obras de transporte, energía, saneamiento y vivienda. También se expandieron las políticas de valorización del salario mínimo, el crédito y la transferencia de ingresos, que contribuyeron a ampliar el mercado interno.

El período estuvo marcado por un crecimiento económico significativo y por una mayor presencia internacional de Brasil, que buscó fortalecer sus vínculos con otros países emergentes y ampliar su participación en los asuntos globales.

La crisis financiera internacional de 2008 puso a prueba ese modelo. El gobierno aplicó medidas para sostener el consumo y la actividad económica, entre ellas incentivos fiscales y estímulos al crédito. Brasil sufrió los efectos de la crisis, pero consiguió recuperar el crecimiento después de la contracción de 2009.

La expansión económica y la mejora de indicadores sociales consolidaron la popularidad de Lula. En 2010 apoyó la candidatura de Dilma Rousseff, su ministra y sucesora política, quien ganó las elecciones y garantizó la continuidad del PT en la Presidencia.

Pero el balance de aquellos años no está exento de discusiones. Mientras sus defensores destacan la reducción de la pobreza y la ampliación de oportunidades, sus críticos cuestionan la continuidad de políticas económicas favorables a los mercados financieros, las limitaciones de la transformación industrial y los casos de corrupción que afectaron al partido. La experiencia de Lula no puede reducirse, por lo tanto, ni a un relato de éxito sin contradicciones ni a una explicación que ignore sus efectos sociales.

La tercera presidencia: reconstruir el Estado y recuperar la agenda social

Foto de archivo del retrato oficial como presidente, 2022.

En 2022, Lula regresó a la competencia presidencial y derrotó a Jair Bolsonaro en una segunda vuelta muy ajustada. Obtuvo más de 60 millones de votos y volvió al Palacio del Planalto el 1 de enero de 2023, tras doce años fuera de la Presidencia.

La elección se desarrolló en un país profundamente dividido. La administración de Bolsonaro había estado marcada por fuertes disputas en torno a la pandemia, el medioambiente, las políticas sociales y las instituciones democráticas. Lula articuló una coalición amplia, que reunió a sectores de izquierda, centro y dirigentes que anteriormente habían sido adversarios del PT.

Su tercer mandato, iniciado en 2023, colocó nuevamente el combate al hambre y la reconstrucción de las políticas públicas entre sus prioridades. El gobierno relanzó Bolsa Família con cambios en los beneficios, reforzó las iniciativas de seguridad alimentaria y recuperó programas de protección social. En 2025, Brasil volvió a salir del Mapa del Hambre de las Naciones Unidas, un resultado al que contribuyeron la recuperación de los ingresos, el empleo y distintas políticas de alimentación y asistencia.

En materia ambiental, su administración reactivó acciones de combate a la deforestación de la Amazonia y buscó recuperar el protagonismo internacional de Brasil en las negociaciones climáticas. También intentó ampliar las relaciones diplomáticas con América Latina, África, Europa y Asia, con una política exterior que reivindicó la autonomía brasileña.

Sin embargo, en el tercer mandato, el gobierno debió negociar con un Congreso en el que la derecha y los sectores conservadores conservan una importante capacidad de presión. Las restricciones fiscales, la seguridad pública, el costo de vida y las dificultades para construir consensos limitaron su margen de acción. También persistieron controversias políticas y económicas, incluidas las relacionadas con la política energética y la explotación petrolera.

Uno de los hitos laborales de su tercer mandato llegó en octubre de 2026, cuando el Congreso brasileño promulgó una enmienda constitucional que reduce la jornada máxima de trabajo de 44 a 40 horas semanales, garantiza dos días de descanso remunerado y prohíbe la reducción salarial como consecuencia de la medida. La reforma, respaldada por Lula, en la que los trabajadores cumplen seis días de actividad por uno de descanso. Su implementación será gradual, inicialmente, la jornada se reducirá a 42 horas semanales y, al cabo de doce meses, alcanzará el límite de 40 horas.

Ministério do Trabalho e Emprego

La aprobación adquirió un significado particular en la trayectoria de un presidente que comenzó su vida laboral en una fábrica y construyó su carrera política en el movimiento sindical. Más allá de su impacto sobre millones de trabajadores, la reforma volvió a colocar en el centro del debate una cuestión histórica del mundo del trabajo. Cuánto tiempo de la vida debe quedar subordinado a la producción y qué lugar ocupan el descanso, la familia y el bienestar en la organización económica.

Lula presentó la iniciativa como una conquista para quienes sostienen cotidianamente la economía brasileña, aunque sus efectos concretos dependerán también de su aplicación y de las condiciones laborales de cada sector.

Lula volvió a gobernar, pero ya no en el mismo escenario que había acompañado sus primeras dos presidencias. La sociedad brasileña se encontraba más polarizada, las redes sociales habían transformado las campañas y la oposición conservadora mantenía una base electoral consolidada.

Operación Lava Jato: la condena

La trayectoria de Lula dio un giro decisivo con la Operación Lava Jato, una investigación iniciada en Brasil en 2014 que expuso una extensa trama de corrupción vinculada a contratos de Petrobras, la petrolera estatal, y a grandes empresas constructoras. En ese contexto, Lula fue acusado de recibir beneficios indebidos a cambio de favorecer los negocios de una de esas compañías.

El caso más conocido fue el de un departamento tríplex en Guarujá, que, según la fiscalía, la constructora OAS habría destinado al expresidente como parte de esos beneficios. Lula negó las acusaciones y sostuvo que el inmueble nunca había sido de su propiedad ni había recibido ventajas ilícitas.

En 2017, el entonces juez Sérgio Moro lo condenó por corrupción pasiva y lavado de dinero. La sentencia fue confirmada en segunda instancia y, en abril de 2018, Lula ingresó en prisión. Permaneció detenido durante 580 días, lo que le impidió competir en las elecciones presidenciales de ese año, en las que se impuso Jair Bolsonaro.

Su liberación llegó en noviembre de 2019, luego de que el Supremo Tribunal Federal (STF) modificara el criterio que permitía ejecutar una pena de prisión antes de que se agotaran las instancias de apelación. Sin embargo, el cambio no anuló por sí mismo las condenas. Ese paso se produjo en 2021, cuando el máximo tribunal determinó que los tribunales de Curitiba no tenían competencia para juzgar las causas contra Lula, al considerar que no correspondían a su jurisdicción. Posteriormente, también confirmó la parcialidad de Moro en el proceso del tríplex.

Como consecuencia, las condenas quedaron anuladas y Lula recuperó sus derechos políticos, lo que le permitió volver a presentarse a elecciones. La decisión judicial no equivalió a una absolución basada en un examen definitivo de todas las acusaciones, los procesos quedaron invalidados por razones jurisdiccionales y por las irregularidades vinculadas a la imparcialidad judicial. Algunos de esos casos prescribieron posteriormente, por lo que ya no podían volver a juzgarse.

La cuarta victoria: una remontada contra los pronósticos

La campaña de 2026 volvió a poner a prueba su capacidad para reconstruir una mayoría. En la primera vuelta del 4 de octubre, Flávio Bolsonaro obtuvo el 47,03 % de los votos válidos, mientras Lula alcanzó el 45,16 %. El resultado ubicó al presidente en una posición desfavorable de cara al balotaje y alimentó la expectativa de un triunfo de la derecha.

La campaña cambió entonces de ritmo. La movilización de militantes y organizaciones sociales volvió a ocupar las calles, mientras la estrategia digital adquirió una dimensión decisiva. Uno de los instrumentos más visibles fue el canal de WhatsApp conocido como “Ejército de Lula”, impulsado por el diputado André Janones, que superó los diez millones de integrantes antes de la segunda vuelta, según la cobertura de la Agencia Brasil. 

El objetivo fue ampliar la circulación de mensajes favorables a Lula, movilizar a quienes no habían votado en la primera ronda y reforzar la presencia de la campaña en los espacios digitales donde se disputaba buena parte de la conversación política.

La participación electoral también aumentó. En el balotaje, la abstención cayó al 19,22 %, frente al 21,08 % de la primera vuelta. Lula consiguió 64.256.232 votos y superó por más de 4,4 millones a Flávio Bolsonaro. Fue la primera vez en la historia democrática brasileña que un candidato presidencial que había quedado segundo en la primera vuelta consiguió revertir el resultado y ganar en la segunda.

La confrontación entre ambos candidatos incluyó debates televisivos que buscaron definir el sentido de la elección. Uno de los episodios más comentados giró en torno a la expresión “nueve dedos”, utilizada para aludir a la lesión que Lula sufrió cuando trabajaba en una fábrica. El mandatario aprovechó el ataque para reivindicar su pasado obrero y convertir una agresión personal en una apelación a su trayectoria laboral.

La victoria también se apoyó en la recuperación de una identidad política construida durante décadas, la del dirigente que afirma representar a quienes históricamente quedaron al margen de las decisiones económicas y políticas. Sin embargo, el resultado no supone que Brasil haya dejado atrás su polarización. La fuerza electoral de Bolsonaro y sus aliados demuestra que la derecha conserva una presencia importante y que el nuevo gobierno deberá gobernar para una sociedad dividida.

El desafío de volver a creer

Lula llega a su cuarto mandato con una historia que parece desafiar el desencanto político de la época. La del obrero que convirtió la lucha colectiva en una carrera política, atravesó derrotas y persecuciones y volvió a conquistar la confianza del pueblo brasileño. Su regreso es, en ese sentido, la recompensa de nunca dejar de creer y persistir, pero también el desafío de demostrar que la esperanza puede traducirse en derechos concretos.

Es así entonces cómo la esperanza que encarna Lula refiere mas que una cercanía a la justicia social, va más allá de distribuir la riqueza. Implica que quienes la producen puedan vivir dignamente, acceder a la salud y la educación, disponer de tiempo para sí mismos y participar de los beneficios del desarrollo.

Entonces en una época en que esos derechos vuelven a discutirse como si fueran privilegios, la verdadera recompensa que nos da esta esperanza es algo tan simple como valioso. Volver a creer, contra todo pronostico incluso, que puede haber otra alternativa.

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