Sudán, una guerra olvidada

La ONU la considera la mayor crisis humanitaria del planeta, pero la emergencia permanece relegada de la agenda internacional y mediática. En diálogo con Hoy Día Córdoba, el periodista Alfonso Masoliver analiza las causas del conflicto, sus consecuencias y los desafíos de informar desde África.

Sudán, una guerra olvidada

Millones de personas enfrentan la violencia, la hambruna y el desplazamiento forzado en una de las mayores tragedias humanitarias del siglo.

La peor crisis humanitaria no siempre es la que más relevancia mediática recibe. Este es el caso de Sudán: una emergencia que transcurre en segundo plano para la comunidad internacional y la agenda periodística, aunque la ONU considera esta crisis la más grave del planeta.

Ubicado en el norte de África, Sudán atraviesa una guerra civil desde hace tres años. Matanzas sistemáticas, violaciones, hambruna, enfermedades y desplazamientos masivos de población son algunas de las consecuencias del conflicto, cuya magnitud resulta difícil de dimensionar por la falta de cifras oficiales.

Pese a ello, algunas estimaciones ayudan a poner en contexto la tragedia: casi medio millón de personas habrían muerto de forma indirecta como consecuencia de la crisis humanitaria. A su vez, 24 millones de personas se encuentran en situación de hambruna y 12 millones tuvieron que dejar sus hogares.

En este marco, Alfonso Masoliver, periodista español especializado en África Subsahariana y conflictos en la región, dialogó con Hoy Día Córdoba acerca de las causas, el impacto y la atención que recibe la crisis en Sudán, así como de los desafíos de la tarea periodística en el continente africano.

Alfonso Masoliver, periodista especializado en África Subsahariana.

La guerra en Sudán tiene su origen en una lucha por el poder. Masoliver explica que, además de un componente económico, las élites enfrentadas se diferencian por cuestiones étnicas —unas se identifican como negras y otras como árabes—, en una sociedad donde el clan mantiene un peso determinante.

A su vez, las élites están vinculadas con el ámbito militar. De un lado se encuentran las Fuerzas Armadas de Sudán (SAF), el ejército regular del país, comandado por Abdel Fattah al-Burhan. Del otro, las Fuerzas de Apoyo Rápido (FAR), un grupo paramilitar dirigido por Mohamed Hamdan Dagalo, conocido como Hemedti. En este sentido, Masoliver sostiene: “El militar, por norma general, soluciona el conflicto por la vía de las armas”, una lógica que, en el caso de Sudán, derivó en una nueva guerra.

Para Masoliver, la guerra iniciada en 2023 no constituye un hecho aislado, sino que responde a una lógica que se ha repetido en la historia reciente de Sudán: en los dos conflictos anteriores también hubo disputas por el poder con tintes identitarios que terminaron resolviéndose por la fuerza. El último de esos enfrentamientos culminó con la división del territorio entre Sudán y Sudán del Sur: el primero, de mayoría musulmana; el segundo, de mayoría cristiana y con una importante presencia de religiones tradicionales. En ese sentido, el conflicto actual es una expresión más de una dinámica política y militar que atraviesa al país desde hace décadas.

Sin embargo, hay guerras más visibles que otras. La de Sudán es una de las menos visibilizadas en el mundo, aunque eso no significa que sea una tragedia menor.

Esa escasa visibilidad no es casual. Según Masoliver, se debe, en parte, a las dificultades para acceder al terreno.

“El acceso a la información es lo que determina qué se cuenta y qué no. Cuando un periodista extranjero quiere ir a Sudán, no puede, salvo a zonas muy concretas. La mayoría de los medios de comunicación no logran acceder a las fuentes en el terreno, y, sumado a la falta de conectividad en el país, todo esto hace muy difícil informar qué está pasando, explicó Masoliver, quien intentó ingresar al país en diferentes oportunidades y no pudo.

Historias que reflejan esa realidad no faltan. El periodista recordó que hace dos años ocurrió una masacre en la ciudad de Geneina que recién se conoció dos semanas después: las autoridades habían cortado el acceso a internet, la población local no tenía forma de comunicar lo que ocurría y los periodistas extranjeros no podían ingresar al país.

La violencia del conflicto sudanés alcanza niveles extremos de brutalidad. El periodista advierte que, si bien otras guerras reciben mayor atención internacional, la naturaleza de los hechos que ocurren en Sudán revela un grado de violencia que cuesta dimensionar. Para ejemplificarlo, compara la repercusión de un bombardeo con episodios de asesinatos directos y masivos contra la población civil.

Como consecuencia de esa violencia y de las dificultades para acceder al territorio, aparecen los denominados “no números”. Masoliver afirma que no se sabe realmente cuántas personas murieron porque no existe acceso a gran parte de las zonas afectadas para contabilizar a las víctimas. “La tragedia no se mide solo en los números accesibles, sino que el mero hecho de que no podamos saber lo que está ocurriendo en detalle es otra tragedia”, expresó.

Ser periodista en zonas de conflicto de África

A pesar de las dificultades, el periodismo busca abrirse camino en los márgenes y encontrar formas de seguir informando incluso en los contextos más adversos. “El periodista que va a estas zonas de guerra tiene mucha vocación y no es un vendido”, afirma Masoliver.

Sin embargo, no hay vocación ni profesionalismo que pueda ocultar la soledad y el sacrificio personal que implica este oficio, lejos de cualquier romantización. La distancia cultural, los bajos salarios y la falta de acompañamiento por parte de los medios también forman parte de esa realidad.

“Estuve 10 días detenido en una cárcel militar en Malí por ser periodista. Me sacaban encapuchado, me obligaban a quedarme en cuclillas en un patio por horas, una serie de cosas traumáticas. Cuando salí de la cárcel, escribí a la jefa del medio en el que trabajaba, le conté lo que había sucedido y su respuesta fue ‘bueno, me alegro que estés bien, ¿me escribes para mañana sobre Ruanda?’ La empatía es nula, el trato humano es inexistente”, relató.

Aun así, Masoliver encuentra un sentido profundo en el oficio: el vínculo emocional que se construye con el otro. “Cuando se te ha muerto un niño en brazos, eso te cambia la vida para siempre. No podés actuar como si no hubiese ocurrido. Vínculo emocional”, sostiene.

Para el periodista, ese vínculo no solo transforma a quien lo vive, sino que también refuerza la responsabilidad del oficio: “Cuando el periodismo sirve al poder, se convierte en propaganda o desinformación y pierde completamente su sentido, porque se posiciona en contra de a quien realmente debe servir, que es el pueblo”, afirma.

En ese sentido, Masoliver se define como patriota y considera que cuando la gente sabe lo que está pasando en el mundo, tiene menos posibilidades de ser manipulada. “Mi trabajo no es convencer a la gente que le importe un sudanés, es ofrecer información sincera para aquel que quiera estar informado”, resalta.

La historia del continente africano ha estado marcada por la dicotomía entre el hombre blanco salvador y el hombre negro salvaje. Desde luego, Masoliver señala que los africanos están cansados de ese discurso y de que un extranjero pretenda decirles qué hacer.

En esa línea, subraya que el rol del periodista es distinto al del activista: su responsabilidad es informar, no opinar. Desde esa perspectiva, el periodismo debe priorizar la comprensión de las realidades africanas por encima de los prejuicios y los estereotipos que todavía pesan en la visión sobre el continente.

Una guerra sin salvadores

Hay contextos donde la violencia se convierte en el lenguaje común y la guerra atraviesa la vida cotidiana de las sociedades. Así ha ocurrido a lo largo de la historia en distintos países y continentes; no se trata de una particularidad de Sudán ni de África. Sin embargo, este conflicto presenta una diferencia respecto de otros: los principales actores externos involucrados no son occidentales. En el continente africano aparecen Egipto, Chad y Etiopía, mientras que fuera de la región participan Irán, China, Rusia y Emiratos Árabes Unidos.

Para Masoliver, esa característica del conflicto sudanés pone sobre la mesa un cuestionamiento: ¿cómo sería el mundo si Occidente no participara de los conflictos? “Vemos que son guerras en las que la cobertura mediática es mínima y los abusos y las masacres son exagerados. En el caso de Israel, la presión mediática e internacional es muy fuerte porque Occidente está involucrado. En cambio, cuando no lo está, como ocurre en Sudán, nos encontramos con la peor crisis humanitaria del planeta y, me atrevería a decir, una de las peores del siglo”, sostiene.

“Aunque sea para aparentar, Occidente intenta minimizar impactos”, señala el periodista. En cambio, en los países totalitarios que están detrás de la guerra en Sudán, cualquier voz disidente que intente alzarse contra las injusticias que sus propias naciones financian puede terminar muerta.

“No queremos un mundo dominado por Occidente, pero tampoco queremos un mundo donde los Estados llevan a cabo masacres sistemáticas y vulneración de derechos humanos sin absolutamente ningún tipo de consecuencia”, afirma.

Pero la ausencia de una solución no solo está vinculada a los actores que intervienen en el conflicto, sino también a la incapacidad de la comunidad internacional para detenerlo. Masoliver recuerda que incluso Estados Unidos ha intentado impulsar una serie de conversaciones de paz en Arabia Saudita y Suiza, pero todas fracasaron.

En la misma línea, afirma que las Naciones Unidas tampoco disponen de las herramientas necesarias para detener la guerra, en un escenario internacional atravesado por el aumento de las crisis humanitarias y un presupuesto cada vez más insuficiente para hacerles frente. En efecto, lo que pueden hacer es condenar la guerra y las masacres, y eso es precisamente lo que han hecho.

Sin embargo, las condenas, las críticas o las sanciones, por sí solas, no son capaces de poner fin a los conflictos. Se trata de guerras internas y, en la práctica, no se puede obligar a un Estado soberano a detenerlas.

En este contexto, es muy difícil visualizar un escenario de paz a corto plazo en Sudán. Para Masoliver, al día de hoy, Sudán no tiene los mecanismos sociales ni políticos para garantizar una paz efectiva.

“La paz siempre llega y siempre se va en todas las partes del mundo. La respuesta nunca puede ser definitiva. Habrá paz y habrá guerra”, plantea.

Asimismo, Masoliver explica que muchas veces, cuando una guerra termina, da lugar a la represión, la dominación de unas élites sobre otras, la persecución y una serie de formas de violencia que no necesariamente reciben el título de guerra, pero que claramente tampoco constituyen una situación de paz. Para el periodista, habrá un vencedor y, probablemente, quien venza será abusivo con el perdedor, por lo que difícilmente pueda hablarse de una paz duradera.

El escenario es desalentador, y es difícil calificarlo de otra forma. Una población entera está expuesta a la violencia extrema, la hambruna y el desplazamiento forzado. Esa realidad constituye una tragedia por sí misma, pero también lo es la escasa visibilidad de un conflicto que ocupa un lugar marginal en la agenda internacional y periodística. El vínculo con el otro, al que hace referencia Masoliver, también se construye a partir de la sensibilización, que nos vuelve más humanos y más conscientes del mundo que habitamos. Y en ese mundo hay guerras olvidadas que también merecen ser recordadas.

Salir de la versión móvil