La información publicada en medios de prensa o redes sociales cada vez más poderosas, parece dar cuenta de un mundo diferente al cual nos cobijó desde que nacimos. Lo que durante años se presentó como un piso ético incuestionable hoy parece apenas un acuerdo descartable. La escena se repite en distintos países: democracias sin sustancia, políticos cada vez más agresivos, consensos básicos que se evaporan y sociedades dispuestas a aplaudir decisiones que hasta hace poco habrían generado rechazo o vergüenza.
En Estados Unidos, millones de personas celebran las políticas migratorias de Trump y encuentran en su estilo directo, sin filtros, una señal de fortaleza. El jefe de la Casa Blanca que acaba de invadir a Venezuela, divide el mundo entre los que son países de mierda y los que no (textual cuando se refiere a la inmigración). En Europa y en América Latina, se avanza, o se erosiona desde afuera, con una lógica similar: desprecio por las instituciones, hostilidad hacia el pluralismo y fascinación por la fuerza como método.
No se trata sólo de ideas conservadoras o de un giro a la derecha en el sentido clásico. Lo que está en juego es algo más profundo: el cuestionamiento de los acuerdos que hicieron posible la democracia liberal después de la Segunda Guerra Mundial. La descalificación reemplaza al argumento. El insulto funciona mejor que la razón.
En nuestro país, la diputada oficialista Lilia Lemoine lo sintetiza mejor que nadie con esta frase reciente: “Los Kukas no son waterproof, los tiran de los aviones y no saben nadar”. En las últimas horas, el canciller argentino Pablo Quirno retiuteó un comentario en contra del gobernador Axel Kicillof, haciéndose cargo de llamarlo “enano comunista” por cuestionar la legalidad de la operación norteamericana en Caracas. Etiquetas que cumplen una función precisa: clausurar cualquier discusión. Cuanto más obsceno y violento es el discurso, más auténtico parece para sus seguidores.
La pregunta inevitable es hasta dónde la agresividad verbal o gestual encuentra respaldo. Las explicaciones abundan: la frustración socioeconómica, el desgaste de la globalización. Todo eso cuenta, pero hay un elemento menos comentado que ayuda a entender el fenómeno: la radical mutación de la representación política.
La democracia representativa nunca fue tan horizontal como pensamos. Tradicionalmente fue atravesada por una lógica elitista. Se esperaba que los representantes fueran más capaces, más preparados, incluso moralmente superiores al ciudadano común. Que tuvieran un patrimonio (pensemos en la renta anual en pesos fuertes establecida por la Constitución como requisito para ser senador nacional). A lo largo del siglo XX, con la expansión del voto y la aparición de los partidos de masas, esa distancia se acortó, pero no desapareció. Los líderes seguían ocupando un lugar central, respaldados por partidos fuertes, medios de prensa afines, redes de la sociedad civil influyentes y cierta deferencia social hacia la política profesional.
Ese esquema hoy está en crisis. Cada vez más personas rechazan cualquier forma de intermediación. No aceptan el rol de formadores de opinión que la constitución y la ley asigna a los partidos políticos. Tampoco toleran que los medios tradicionales fijen la agenda. La figura del dirigente que “sabe más” o “posee la experiencia” les genera desconfianza.
Aparece otra demanda, que genera una nueva estirpe: líderes que no se diferencian tanto del electorado o en todo caso expresen aquello que ellos no pueden expresar (o hace tiempo ningún representante atiende); que no pretendan explicar detalles hasta el hartazgo (y callar muchas cosas que merecen ser justificadas); que mezclen más la teoría con propuestas de impacto (aunque éstas finalmente no se lleven a cabo); que hablen como se habla en la calle y actúen sin pedir permiso.
De ahí el éxito de dirigentes provocadores y orgullosamente poco entendidos en las viejas (y malas) artes de la política. No se les exige coherencia ni preparación, sino interpretación directa de los pedidos de su base. El político ideal ya no es el estadista, sino el ejecutor de los humores públicos. Alguien que haga lo que “la gente quiere” sin filtros, sin matices y sin contemplaciones.
El efecto inmediato de este modelo es la destrucción de los consensos mínimos que hacían posible la convivencia democrática. Negociar pasa a ser sinónimo de traicionar. Dialogar con el opositor es visto como una claudicación ante un sistema corrupto. La política se transforma así en una competencia por demostrar quién representa mejor la bronca, el resentimiento o la pulsión punitiva de los propios.
Este fenómeno no es exclusivo de la política. Forma parte de un proceso más amplio de desintermediación que atraviesa toda la vida social. La misma desconfianza que hoy pesa sobre los partidos se extiende a los medios, a los expertos, a las instituciones. Preferimos las redes sociales a los diarios, la opinión de otros usuarios al juicio de especialistas, las soluciones alternativas o directamente la ausencia de solución, a la intervención de autoridades establecidas.
Cuando un jefe de Estado posa junto a todo su gabinete mostrando un libro que desarrolla ideas como “(…) El proxeneta realiza la necesaria función de intermediario, y, al hacerlo, cuanto menos, está siendo más honorable que muchos otros intermediarios, como los agentes bancarios, de seguros, o de bolsa” (Walter Block, Defendiendo lo Indefendible, Capítulo I) y sólo se cosechan aisladas opiniones críticas en torno al asunto, sin duda estamos adentrándonos en un tiempo indescifrable.
A diferencia de otros ámbitos, la política no puede funcionar sin algún tipo de mediación. El sistema constitucional, institucional y legal, no puede prescindir de la representación sin caer en el contrasentido. En ese vacío prosperan los nuevos políticos, que ofrecen una ilusión de contacto directo entre líder y pueblo.
El resultado es una política cada vez más violenta, más inestable y más riesgosa. Tal vez muchos sientan que están ganando en autonomía individual; lo que seguro estamos perdiendo es la capacidad de convivir sin estar permanentemente al borde del conflicto.
