Bad Bunny: lo latino es migrar

No se trató solo de música, sino de la puesta en escena de una pertenencia, en un contexto atravesado por el retorno de una retórica antiinmigrante promovida por Donald Trump.

Bad Bunny

La aparición de Bad Bunny en el Super Bowl fue discutido estos veinte días como una intervención simbólica en el corazón del mundo estadounidense. No se trató solo de música, sino de la puesta en escena de una pertenencia, en un contexto atravesado por el retorno de una retórica antiinmigrante promovida por Donald Trump.

La escenografía funcionó como un collage de escenas de lo que suele asociarse a lo latino: una plantación de caña de azúcar, niños durmiendo en dos sillas, como sucede al final de una fiesta, la casa típica puertorriqueña de concreto, entre muchas otras imágenes. Bad Bunny pretendió trazar con esos elementos un mapa simbólico en el que quiso conectar el pasado colonial de la isla con la vida cotidiana de la diáspora, tejiendo una narrativa sobre lugares comunes y pertenencia. Aunque muchas veces esa imagen estereotipada, basada en el calor, el coco y el perreo, sea bastante fácil de digerir para los mismos a los que se quiere criticar.

El show dejó expuesta una tensión que atraviesa a Puerto Rico desde hace décadas. A la crítica explícita del vínculo colonial con Estados Unidos se sumó la participación de Ricky Martin cantando “Lo que le pasó a Hawaii”, una advertencia sobre el riesgo de seguir el mismo camino que el estado insular estadounidense. Sin embargo, fuera del relato simbólico, los datos electorales cuentan otra historia. En el plebiscito celebrado en 2024, casi el 60 % de los boricuas optó por convertirse en un estado de Estados Unidos, el 30 % eligió la soberanía en libre asociación y apenas el 11 % apoyó la independencia. La distancia entre el imaginario cultural y las decisiones políticas resulta, cuanto menos, incómoda.

Es que América Latina no se explica solo por sus fronteras geográficas. Una parte decisiva de su presente se juega en las remesas enviadas por migrantes, en su mayoría jóvenes, y en el reflejo que esos desplazamientos proyectan sobre los países de origen. En 2022, más de 43 millones de latinoamericanos y caribeños vivían fuera de sus países, tratándose del movimiento migratorio más grande de la historia. Ser latinoamericano hoy, implica formar parte de comunidades dispersas, atravesadas por la experiencia del desarraigo.

El show de Bad Bunny, con todo su simbolismo, puso en escena esa ambigüedad. Transmitió lo latino como una especie de experiencia compartida, pero chocó con realidades políticas que no siempre se alinean con el relato cultural. Puerto Rico, quizá como ningún otro territorio, encarna esa paradoja: políticamente atado a Estados Unidos e inclinado a convertirse en el estado 51 y culturalmente atravesado por el temor a perderse a sí mismo.

Incluso Simón Bolívar vivió en carne propia las fuerzas opuestas que, con el paso del tiempo, terminarían fragmentando a América Latina. Por un lado, formuló su gran aspiración: el Congreso Anfictiónico de Panamá de 1826, donde imaginó una sola entidad política continental. Por otro, las guerras de independencia consolidaron la idea de que cada territorio debía afirmarse como nación autónoma. La unidad soñada resultó inviable: una vez roto el lazo común con España, las aristocracias locales buscaron diferenciarse entre sí y adoptaron rápidamente el nacionalismo europeo, con su carga de exclusiones, relatos oficiales y rituales patrióticos.

¿Qué sobrevive hoy del proyecto americano que imaginó Bolívar? Apenas fragmentos: una herencia católica difusa, el español como lengua predominante, rastros de culturas indígenas, ciertas formas institucionales y un conjunto de democracias atravesadas por múltiples tensiones, entre las cuales la desigualdad sigue siendo la más persistente. Pero, por encima de todo, persiste la migración como experiencia estructurante.

Frente al nacionalismo estadounidense, los migrantes indocumentados contraponen una afirmación de sus raíces que va más allá de lo emotivo y encierra una toma de posición política: no se trata de inferioridad, sino de diferencia.

Ser latino, entonces, no remite a una identidad folclórica ni a una postal exótica, sino a una experiencia migratoria compartida. Bad Bunny intentó condensar esa dispersión en una identidad común, pero lo cierto es que no puede hablarse de “lo latino” como sujeto colectivo. No hay allí una cultura única, ni una historia compartida homogénea. Hay, en cambio, una experiencia actual común que coincide -y no siempre del mismo modo- en migrar.

 

Salir de la versión móvil