Cuando pase el martes 10 de noviembre y quede el recuerdo de la visita de León XIV por Córdoba, comenzarán a consumirse frenéticamente los días hasta la última semana de marzo o la primera de abril, donde será fijada la fecha de la elección del próximo gobernador. Será un verano lleno de campaña y unas fiestas de fin de año a pura rosca de candidatos.
Los seis meses pasan rápido si hay que armar un frente electoral, aunar esfuerzos y labrar acuerdos; o muy lento si hay que llegar sin cisnes negros que compliquen a quienes gestionan poderes ejecutivos. En el Centro Cívico lo saben y después del femicidio de Agostina o del caso de “Hachazo” Villarreal piden antecedentes actualizados de todos los asesores, empleados y contratados.
También la oposición local depende de factores de gobierno que los hagan competitivos: los libertarios ya escucharon la frase que soltó Lule Menem entre algunos cordobeses, cuando dijo que “si en febrero estamos competitivos nuestra propuesta será pura —solo LLA— sino sólo habrá alianzas” mencionan las fuentes. Y mantenerse competitivos para el gobierno nacional es sostener los números de la economía bajo control —léase dólar e inflación— y conseguir que la macro derrame hacia el consumo y el bolsillo de las familias. Solo así Milei podrá transferir a un candidato propio el capital que solo él genera y distribuye.
¿Acaso el gobierno nacional puede perder imagen y solidez? Los últimos movimientos de Patricia Bullrich parecen atestiguarlo. La senadora posee un enorme talento para identificar las corrientes de poder y navegar con ellas y también una sensibilidad notable para separarse de proyectos que van camino al naufragio. Sus críticas por la ley de presupuesto tienen bases reales, pero su estrategia para constituirse en la candidata confiable del círculo rojo también.
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La ventaja de disponer de la lapicera para fijar la fecha de los comicios provinciales le otorga a Martín Llaryora la chance de planificar con anticipación. Aunque aún no se lanzó ninguna campaña, la mesa de arena de la estrategia ya tiene varios trazos. Intervenir en la interna familiar de las hermanas De la Sota, reunir a Schiaretti y Passerini en una inauguración, escuchar al ex mandatario al tiempo que lo hace con Juez, una figura de la oposición -entre otras cosas- le permite erigir un escenario donde la unidad sea no solo una exclamación.
Acercarse hasta la parroquia donde Natalia evocó la figura de su padre, José Manuel de la Sota, fue un gesto de acercamiento que revela la necesidad de tender un puente con quien cosechó casi 10 puntos en el 2025 y que, si cristaliza una oferta electoral para el año que viene, podría restar votos al cordobesismo que ganó ajustadamente en el 2023. “Son votos peronistas y kirchneristas que nunca se volcarán por una fórmula libertaria pero tampoco es bueno que tengan una representación que nos reste a nosotros”, confió un referente llaryorista.
Los gestos hacia Juan Schiaretti no fueron pocos y habrá varios más. El gobernador posee el dominio del PJ, la lapicera del Ejecutivo y el control de la caja, pero la marca del “Gringo” con una elevada imagen positiva hacen imprescindible su aval en cualquier armado de listas y planificación. Además, el cordobesismo, sus legisladores e intendentes asumen -como rasgo de la dinámica del poder local- la cultura de la conducción bicéfala. El principio de autoridad en el espacio demanda una cohabitación táctica que Llaryora comprendió que no puede esquivar. “No es un poder de veto, sino una especie de pauta de arbitraje”, dijo un observador.
En medio de una hiperactividad que asombra a sus colaboradores, Llaryora hizo una pausa para remarcar a sus asesores más cercanos la importancia de aprovechar la experiencia de Marcos Juárez. Las claves de aquel hito se basaron en formas clásicas del partido cordobés: la transversalidad para construir coaliciones amplias superando las identidades partidarias tradicionales -donde el valor no está en el sello sino en la capacidad de gestión y el territorio- y a la vez, un pragmatismo que borra las fronteras ideológicas y vertebra el discurso en la defensa del aparato productivo, respeto por reglas institucionales y superávit con obra pública.
Y por último, también, el juego entre el autonomismo de Córdoba como una “isla de gobernabilidad” liderada por un actor político alejado de las imposiciones de la órbita nacional. Esta señal de identidad se asocia al espíritu más rebelde del cordobés ante los factores externos y es un aglutinante social que siempre le rindió en 27 años en el poder.
La clave del gobernador lanzado a buscar su reelección es encarnar la evolución táctica de una fuerza que se reinventó en cada turno electoral y supo ofrecer al ciudadano provincial la idea de control y orden social. El cordobés valora la previsibilidad antes que los saltos al vacío y Llaryora está dispuesto a hacer todo lo que sea necesario en los próximos meses para que le renueven ese contrato tácito al partido.
