“O lo das todo o te volvés a casa. Una victoria es una victoria”, escribió Joanna Wietrzyk en Instagram después de ganar una competencia de Hyrox en Pekín. A primera vista podría parecer la típica frase de una atleta que obtuvo una victoria pírrica. Pero lo que ocurrió fue un poco más complejo. Wietrzyk, empezó a sentirse mal durante la competencia y sufrió un episodio de incontinencia intestinal. Cualquier otro habría pensado en abandonar. Sin embargo, eligió seguir adelante usando los equipos y las colchonetas que compartía con el resto de los participantes, mientras el episodio se hacía cada vez más visible.
Lo más interesante de esta historia, más allá de lo escatológico, es lo que hay detrás de esa decisión de continuar aun cuando todo indica que sería razonable detenerse. Nuestra manera de vivir nos empuja a seguir un poco más. No es una idea nueva, pero buena parte de nuestra cultura parece construida sobre la obligación de superarnos constantemente.
Los grandes ideales políticos, religiosos y filosóficos, aunque partan de lugares muy diferentes, comparten una lógica: la promesa de elevar al individuo por encima de su existencia cotidiana y conducirlo hacia una forma de vida superior. Detrás de esas promesas aparece siempre la idea de que la vida tal como es no resulta suficiente y que, por lo tanto, debemos transformarla.
Una consigna atraviesa ideologías muy diferentes: “Siempre se puede”, “querer es poder”. Las grandes marcas de ropa deportiva usan este mismo razonamiento. Todos esos discursos parten de la convicción de que el ser humano tiene la capacidad, y casi también el deber, de superarse a sí mismo. El individuo debe dejar atrás lo que es para convertirse en algo mejor. Es el mismo fervor de transformación inducido por otra voz que repite de manera obstinada que tenés que cambiar tu vida.
En esa permanente insatisfacción con el presente, la vida se organiza como si fuera un entrenamiento. Lo que ayer era suficiente hoy parece poco; lo conseguido deja de disfrutarse porque enseguida se transforma en el punto de partida para una nueva exigencia. Nos enseñaron que rendirse es perder y que detenerse es una forma de fracaso.
Hemos aprendido tan bien a superar nuestros límites que casi hemos olvidado que los límites también forman parte de la vida. Ir al baño, por ejemplo, es uno de ellos.
