Hay algo profundamente británico en la manera en que el Reino Unido enfrenta su propia crisis. Durante siglos construyó su poder mediante un equilibrio entre fuerza, pragmatismo y capacidad para convertir conflictos territoriales en instituciones. Ahora esas mismas instituciones empiezan a ser utilizadas por las naciones que forman el Estado para cuestionar la autoridad de Londres.
La escena de Cardiff tiene una importancia que excede ampliamente la reunión de tres dirigentes nacionalistas. John Swinney por Escocia, Rhun ap Iorwerth por Gales y Michelle O’Neill por Irlanda del Norte participaron de una declaración conjunta que reclama el derecho de sus naciones a decidir su futuro constitucional y exige al Gobierno británico prepararse para eventuales cambios. Los tres espacios tienen historias diferentes y sus proyectos políticos tampoco son idénticos. Sin embargo, por primera vez convergen en una posición común frente a Westminster.
El episodio tiene algo de paradoja histórica. El Reino Unido nació como una construcción política destinada a concentrar poder. El Act of Union de 1707 unió los reinos de Inglaterra y Escocia bajo un único Parlamento en Westminster. La unión respondió a intereses políticos, económicos y estratégicos concretos: los escoceses buscaban acceso a los mercados coloniales ingleses tras el fracaso de la expedición de Darién; Inglaterra quería garantizar la sucesión protestante y evitar que Escocia pudiera convertirse en una potencia hostil o aliada de Francia. El nuevo Estado comenzó a existir el 1 de mayo de 1707. Gales había sido incorporado mucho antes al reino inglés e Irlanda ingresaría formalmente a la unión en 1801. Tras la partición de la isla en 1921, el nombre del Estado cambiaría nuevamente al actual Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte.
Durante los siglos XVIII y XIX, esa estructura produjo uno de los mayores fenómenos de concentración de poder de la historia moderna. La unión permitió a Londres proyectarse sobre Europa, dominar los mares, construir un imperio planetario y convertir a Gran Bretaña en el centro de una economía industrial y financiera de dimensiones inéditas. El problema comenzó cuando ese poder dejó de ser suficiente para mantener intacta la arquitectura política que lo había producido.
La crisis del Imperio británico después de la Segunda Guerra Mundial fue también una crisis de identidad. La pérdida de India, la descolonización de África, la independencia de los dominios y la crisis de Suez en 1956 mostraron que Londres había dejado de ser una potencia capaz de actuar unilateralmente. La alianza con Washington se convirtió en una condición fundamental de la política exterior británica y Europa comenzó a ocupar un lugar cada vez mayor en la estrategia económica del país. La entrada en la Comunidad Económica Europea en 1973 representó una adaptación a esa nueva realidad, aceptando compartir parte de su soberanía continental precisamente cuando todavía intentaba conservar una imagen de potencia mundial autónoma.
La otra gran transformación llegó con la descentralización política. Tony Blair y el Labour entendieron durante los años noventa que la supervivencia de la Unión requería modificar la relación entre Westminster y las naciones que la componían. Los referendos de 1997 abrieron el camino a la creación del Parlamento escocés y de la Asamblea galesa, mientras que el Acuerdo de Viernes Santo de 1998 estableció una arquitectura diferente para Irlanda del Norte. Las nuevas instituciones comenzaron a ejercer sus competencias en 1999.
La devolución de competencias pretendía fortalecer el Reino Unido mediante una distribución más flexible del poder, pero terminó creando algo distinto: Escocia, Gales e Irlanda del Norte adquirieron instituciones políticas propias capaces de desarrollar identidades nacionales dentro de un mismo Estado. Westminster continuó conservando las competencias fundamentales, entre ellas defensa, política exterior y aspectos esenciales de la Constitución.
El crecimiento del SNP transformó ese equilibrio. En 2014, David Cameron aceptó un referéndum que parecía resolver durante una generación la cuestión escocesa. El 55% de los escoceses votó por permanecer en el Reino Unido y la derrota independentista parecía cerrar el capítulo. Sin embargo, el referéndum de 2016 produjo una fractura territorial mucho más profunda de lo previsto. El Reino Unido votó por abandonar la Unión Europea, pero Escocia votó por permanecer con un 62%, e Irlanda del Norte también votó mayoritariamente por el Remain. Londres decidió que la soberanía popular debía interpretarse a escala del Reino Unido entero; Edimburgo respondió que una decisión de esa magnitud no podía ignorar la voluntad expresada por una nación constituyente.
El argumento central del Brexit había sido recuperar soberanía, pero para Escocia el resultado fue el contrario: una mayoría escocesa votó por conservar una relación con Europa y terminó fuera de la Unión porque así lo decidió una mayoría en Inglaterra y Gales. La cuestión constitucional adquirió una dimensión nueva sobre los límites de la soberanía británica ante varias comunidades nacionales con preferencias políticas diferentes.
La arquitectura de la devolución tampoco ofrecía una respuesta satisfactoria. En 2022, la Corte Suprema británica estableció que Holyrood no podía convocar unilateralmente un referéndum de independencia sin una Section 30 Order acordada con Londres, mecanismo que Westminster se niega a repetir desde 2014. Swinney intenta transformar esa disputa en un mecanismo jurídico, mientras el Gobierno sostiene que la cuestión está fuera de agenda. El enfrentamiento llega así al corazón de una Constitución que carece de un texto único y codificado.
La crisis territorial ocurre además cuando el poder británico atraviesa una etapa diferente de su historia. El Reino Unido continúa siendo miembro permanente del Consejo de Seguridad, potencia nuclear, centro financiero global y aliado militar de Estados Unidos. Su declive no significa desaparición; significa que la distancia entre sus capacidades actuales y el poder que alguna vez concentró es cada vez mayor.
