Aquel 24 de marzo -debían ser las 8 de la mañana- yo jugaba en el living de calle Tucumán. Veo entrar por el portón del garage a mi viejo con mi hermana mayor (que ya iba al secundario y cursaba a la mañana) y me dicen: “No hay clases porque hubo un golpe de Estado”. Recuerdo alguna edición extra de algún diario que al mediodía mostraba a los flamantes integrantes de la Junta Militar que gobernaba desde ese día el país. Después, con los noticieros y la radio a full, para enterarnos de lo que pasaba.
En casa siempre se consumían noticias (heme aquí). Mis viejos, que opinaban de todo, ese día los recuerdo callados. Pertenezco a una familia que formó parte de la inmensa “mayoría silenciosa” que avaló tácitamente el Golpe porque la subversión, porque Perón, porque este país necesita orden, porque la mar en coche… Ni imaginaron la violación sistemática de casi todos los derechos.
Afortunadamente, el tiempo cura esas heridas y los de la siguiente generación aprendimos la lección de no repetir ese error que cometimos por última vez hoy hace exactamente 50 años, que es “golpear la puerta de los cuarteles”. Su propia autocrítica -pasaron del algo habrán hecho al no sabíamos que iban a hacer semejantes atrocidades- ayudó a perdonarlos, pero siempre y cuando no vuelvan a alentar la interrupción del estado de derecho.
Si bien no soy ni fui un militante -más allá de simpatías o antipatías- soy consciente de que hubo una dictadura genocida. Y tengo claro – y no es poco- que nuestra democracia, a pesar de sus 42 años y monedas, a veces es un adolescente que insulta y no quiere aprender. Así y todo, sin ser psicólogo ni antropólogo, me parece que no cometer un grave error durante 50 años habla bien de nosotros; aunque cometamos muchos otros, ninguno tan importante. Depende de nosotros mejorarla, aunque cada vez a menos gente le importe.
Porque Democracia no es solo poder votar a nuestros gobernantes, es también el derecho a reclamar, a ejercer nuestros derechos, a disentir y a convivir en -relativa- paz. Y nada de eso estamos pudiendo lograr. Y como aquella generación del error del 76 ya prácticamente no está, entonces se convierten en nuestros graves errores.
